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Un pequeño cuento para Zhang Deng

Uno de los relatos que forman parte de la antología de narrativa china actual editada por Adriana Hidalgo, Después de Mao.

Por Zhu Wen. Traducción y notas de Miguel Angel Petrecca.

El hexagrama 59 de El libro de los cambios, “la inundación”, muestra el viento moviéndose sobre el agua y representa, como casi todo en este libro, un signo ambivalente: la inundación destruye pero también regenera, borra fronteras, elimina lo viejo y lo rígido, y permite el surgimiento de lo nuevo. Alrededor de Zhang Deng, el joven e inexperto protagonista de este cuento, todo el mundo se prepara para la mayor inundación del siglo. Zhang Deng en cambio es escéptico o, en todo caso, tiene otras cosas de las que preocuparse y otras lecciones que aprender. No basta con haber aprendido a aceptar la contradicción. También es necesario aprender a actuar contradictoriamente o a lograr un equilibrio entre el impulso y el autocontrol, por lo pronto. Y descubrir que existe siempre un resto que permanece fuera de control. De ahí que este sea un cuento acerca de aquello que se espera y no llega, y de lo que llega cuando menos se lo espera.*

La poca experiencia que había acumulado en su vida le había bastado a Zhang Deng para darse cuenta al menos de algo: que el mundo siempre te da dos cosas contradictorias. La tarea de uno es intentar equilibrarlas y resolver la contradicción para construirse de esta forma una vida. Cada etapa tiene sus propios problemas, bien concretos, nada triviales. Por supuesto, también había días en los que no percibías ningún problema, días que no te daban nada pero tampoco te obligaban a soportar nada. Esos eran también los más agotadores, no dejaban ningún rastro en la memoria. Sólo podías dormir y soñar para hacer que el tiempo pasara.

Llovía torrencialmente desde hacía un mes y el gobierno ya había comenzado a movilizar todos sus recursos para enfrentar el riesgo de las inundaciones. Desde diversas partes llegaban informes sobre la situación catastrófica de las zonas más bajas. Se decía que las lluvias habían provocado la crecida más peligrosa de los últimos cien años, y todo el mundo sentía que había llegado el momento de preocuparse, aunque nadie sabía bien cómo. Zhang Deng era un joven de poco cabello. Al igual que muchos otros miembros de la Liga de la Juventud del Partido, se inscribió como voluntario en las Brigadas Juveniles de Emergencia, lo cual implicaba hacer la guardia nocturna una vez por semana en el Cuartel General de Prevención de las Inundaciones. Aunque no creía en la inundación (y los hechos parecían avalarlo), la actividad no le disgustaba. Era sólo un puñado de jóvenes con exceso de energía atendiendo el teléfono y jugando a las cartas bajo la luz de una lamparita de 100 watts. Cada vez que salía al baño, llevaba una linterna de cinco pilas para dar una vuelta por la orilla, luego volvía a jugar a las cartas, o se tiraba a dormir sobre el catre metálico. En general, sin embargo, no les gustaba dormir, porque el Cuartel General estaba instalado en unas barracas temporarias, atestadas de mosquitos; había tantos que escupiendo en cualquier dirección uno podía estar seguro de darle a alguno. Tampoco servía prender el espiral: si te acostabas, los mosquitos se abalanzaban sobre tu cuerpo, te llevaban de vuelta a la mesa y no te quedaba otra que aguantar despierto. Sólo ahí los mosquitos no te molestaban (lo cual era algo extraño). Por eso, lo mejor era seguir jugando a las cartas. A la medianoche, venía la colación. En general, carne y cerveza, y si no había carne, entonces patas de pollo o pescado. Cuando terminaban de comer seguían jugando. Jugaban la otra mitad del turno, hasta la hora del desayuno, que era traído (al igual que la colación) por otros miembros de las Brigadas de Emergencia, al parecer menos afortunados que ellos. El desayuno consistía en sopa de arroz, pan frito, huevos y bastones de zanahoria con picante. En principio, luego de desayunar ya estaban libres para volver a casa a dormir, y además de día ya no se trabajaba, eso seguro.

Zhang Deng era más bien introvertido y nervioso, pero durante el tiempo en la Brigada aprendió no pocas jugadas de póker y comenzó a tomarle el gusto ese tipo de vida. Los miembros del equipo venían todos de diferentes trabajos y no tenían relación entre sí; era como si se hubieran reunido ahí para jugar a las cartas. A medida que interactuaba con los otros se fue relajando e incluso comenzó a ser capaz de hablar por iniciativa propia. Hablaba alto a propósito y eso le generaba excitación. Cuando eran muchos por lo general no le tocaba jugar, sólo podía quedarse observando a un costado de la mesa, pero aun así su interés no decaía y festejaba con entusiasmo las victorias de los otros. Se daba cuenta cuando alguien jugaba bien, y al hacerlo se ponía contento. Una de esas veces, en medio del alboroto, aprovechó para manotear un cigarrillo de la mesa. Ese cigarrillo era gratis. Cada noche, sobre la mesa, había siempre dos cajas: fumaban todos de ahí y cuando se terminaban esas dos cajas se terminaba el tabaco. Encendió tosiendo el cigarrillo, sosteniéndolo rígidamente entre el índice y el medio, y lo fumó entero, al borde de las lágrimas. Nadie se dio cuenta entonces, pero ese fue el primer cigarrillo de Zhang Deng: un cigarrillo amargo y áspero. No le había producido el más mínimo placer.

Zhang Deng se ofreció a hacer la ronda por el dique así los demás podían seguir jugando. Se puso el piloto militar, se calzó las botas de lluvia altas hasta las rodillas, y agarrando la linterna se dirigió trotando hacia el dique. Las pilas eran nuevas y la linterna proyectaba un haz de luz sólido y potente. Apuntó varias veces al cielo, notando por primera vez, con sorpresa, cuán lejos podían llegar los ojos. Por supuesto, no se olvidó de echar un vistazo a la regla enclavada en el agua. La superficie aparecía perfectamente tranquila, casi al mismo nivel que las defensas. Este viejo río nunca había corrido tan ancho como hoy. No llovía, y el aire estaba fresco y fragante. Se sacó la capucha para mover libremente la cabeza. La luna y las estrellas estaban veladas, pero se podía ver bien el paisaje y las cosas alrededor. Desde lejos, en forma intermitente, llegaban ladridos de perros y el cacareo de gallos. Ya no pudo contenerse. Se colgó la linterna al hombro y comenzó a correr por el borde del dique, mientras abría los brazos y gritaba salvajemente hacia el río.

Fue así como se produjo su expulsión del grupo. El grito causó un alboroto y una alarma que no había imaginado; la reacción de los que se encontraban adentro jugando a las cartas fue inmediata; al instante, en medio de un tumulto de voces, los focos se habían encendido todo a lo largo de la línea de defensa. Cinco minutos más tarde, los jefes del Cuartel General ya estaban en el lugar y, tras deliberar brevemente, decidieron en el acto su expulsión. Al mismo tiempo, la unidad de Zhang Deng sería informada de lo sucedido para que le aplicara la amonestación correspondiente.

El hecho reforzó aún más su convicción de que la gran inundación no ocurriría. Tras recibirse de la escuela industrial del distrito, con diecisiete años recién cumplidos, fue asignado a una estación de bombeo ubicada en una zona tranquila. Las oficinas habían sido construidas en un paraje apartado, sobre una pequeña montaña, aunque el término montaña era excesivo, pues se trataba de una modesta colina. Sobre la colina había todo tipo de árboles, además de un pequeño vivero. Al terminar la jornada de trabajo, sólo quedaba Zhang Deng en la estación de bombeo. Como su casa quedaba lejos, no tenía más opción que dormir ahí en una de las oficinas, la última de la hilera.

Al principio, se regocijó secretamente de tener que vivir en ese entorno; nadie le prestaba atención en la estación de bombeo, ya que todavía era un niño, y además se encontraba a mayor altura que las casas de la zona: Zhang Deng pensó que, mientras estuviera ahí, no tenía por qué temer la gran inundación. Después de trabajar, y siempre que no lloviera, con frecuencia se deslizaba ladera abajo en bicicleta, pasaba algunas curvas y llegaba hasta la orilla del río. A veces se arrojaba al agua desde algún lugar cerca del puente metálico y nadaba. El agua rozaba ya la panza del puente. Cerca de ambas orillas aparecía turbia, pero en el medio del río estaba aún transparente, y Zhang Deng nadaba feliz. Por miedo a la inundación, la gente parecía haber olvidado que ese era justamente el momento del año ideal para nadar. Él no lo había olvidado. En cuanto su piel entraba en contacto con el agua, el peligro le parecía aún más lejano. Extrañaba un poco los días con la Brigada de Emergencia, pero se consolaba pensando que para ese entonces el grupo tal vez ya se habría disuelto, pues de tanto prevenir la inundación el peligro parecía haber desaparecido. Metido en el agua pensó eso y se sintió mejor. Luego levantó la cabeza y vio de golpe dos piernas blanquísimas de un lado del puente. Una muchacha vestida con una falda azul floreada, inclinándose sobre la baranda, miraba absorta la superficie del agua. Le daba pudor seguir nadando pero tampoco tenía el coraje suficiente para salir, y en su confusión tragó sin querer un poco de agua. La muchacha se rio, tapándose la boca con la mano. Se podía ver que era de la ciudad, pero menos afectada que las muchachas de ciudad. Al parecer no planeaba moverse de ahí, y Zhang Deng se encontró en medio del río sin saber qué hacer. Descubrió de repente que no podía nadar, comenzó a hundirse y volvió a tragar agua. Luego, cada vez más agitado, nadó desesperadamente con manos y pies, tratando de alcanzar la orilla. Fue entonces cuando se dio cuenta de la anchura del río. Era tan ancho que las orillas le parecieron inalcanzables.

Esa noche en la estación de bombeo, Zhang Deng continuaba turbado. En su cabeza surgía todo el tiempo la muchacha con su sonrisa. Sentía que una vaga excitación se apoderaba de él, y que el cuerpo le ardía. Los días siguientes, después del trabajo, se dirigió hasta al puente, incluso con lluvia, pero no volvió a encontrársela. En cambio, descubrió sorprendido que el nivel del río había subido. Tal vez fuera sólo una impresión, pero en todo caso se advirtió que debía estar alerta, porque en su vida habían aparecido dos cosas: una era el agua y la inundación; la otra era esa muchacha cuyo nombre desconocía. Debía investigar en detalle y manejar la relación entre ambas. Su experiencia le había enseñado la necesidad de control. Por el momento, era mejor no ir al puente. Luego de la jornada de trabajo se quedaba en la estación de bombeo: se cocinaba, comía, escribía un diario y dormía. Una noche, poco después, tuvo un sueño. Soñó que andaba en bicicleta, deslizándose, deslizándose. Iba cuesta arriba pero aun así se deslizaba, y deslizándose llegó hasta el puente. La chica, vestida con la misma falda azul, se apoyaba sobre la baranda. Zhang Deng, sintiéndose totalmente desinhibido, pedaleó hasta quedar detrás de ella y frenó con un pie. Tocó la bocina varias veces, luego le dijo: perdona, me he enamorado de ti. La chica giró la cara hacia él y se rio, cubriéndose la boca con una mano. En ese momento Zhang Deng se despertó con ganas de ir al baño. Siguió saboreando, confusamente, el sueño hermoso, tal vez demasiado hermoso, que acababa de tener. Se sentó sobre la cama, listo para levantarse. Entonces, inesperadamente, se encontró con ambos pies en el agua.

En este punto, tratemos de imaginar, a través de Zhang Deng, a su padre. Diez años atrás se había separado abruptamente de la madre de su hijo para ir en busca de una vida nueva. Era un profesor de física con un deseo sexual alto y una mente rápida para los números. La madre de Zhang Deng no volvió a casarse, y lo crió en base a un poco de tierra y unas gallinas. Zhang Deng tenía, de hecho, el apellido de la madre, ya que su padre se apellidaba Li. Li Muren era su nombre completo. Cuando comenzó a trabajar, Zhang Deng le envió una carta a su padre junto con unas fotos. Había sido una idea de su madre, y no recibió respuesta. Durante la Revolución Cultural, al igual que otros jóvenes educados, Li Muren se había ido al campo a aprender de los campesinos. Era de naturaleza reservada y se consideraba como alguien fuera de lo común. Su segunda mujer era una ginecóloga, de personalidad extrovertida. Lo educó, lo hizo conocer y empezar a aceptar que estaba destinado a una vida ordinaria. En el recuerdo de Zhang Deng, su padre era un hombre flaco y de rostro sombrío, con anteojos de carey. No podía imaginarse que Li Muren se había convertido en un hombre gordo y pragmático, que resoplaba igual que un elefante al subir las escaleras. Este hombre obeso sufría, además, de terribles hemorroides que lo obligaban a permanecer sentado durante horas en el inodoro. Todavía tenía un deseo sexual alto y había seguido sin adquirir la costumbre de leer los diarios o de preguntar por las noticias. Ese día, en el baño, agarró al azar un diario de los que se usaban para envolver el desinfectante. Era una edición de varios meses atrás del Vespertino del Yangtze. Tenía una nota sobre una gran inundación que había afectado a la zona de Changchong: los primeros cálculos daban 219 muertos, se desconocía el paradero de 134 personas, 2794 casas habían sido destruidas, las comunicaciones y caminos habían quedado interrumpidos por 16 horas, un alto funcionario del gobierno central se había acercado para expresar su preocupación y sus condolencias. Li Muren sintió que un sudor frío le cubría todo el cuerpo y se apresuró a subirse los pantalones. Estuvo medio día dando vueltas, hasta que finalmente hizo una llamada a Changchong. No tuvo demasiadas dificultades en ubicar a Zhang Deng, que todavía trabajaba en la estación de bombeo. Le manifestó su preocupación con un par de preguntas apresuradas, y sólo entonces logró tranquilizarse.

No dejo de preguntarme qué habrá pensado o sentido Zhang Deng al recibir la llamada de su padre. Yo mismo tengo, a veces, una sensación semejante a la que debe haber tenido él entonces. El mundo se parece por momentos a ese padre descuidado, que avanza resoplando igual que un elefante.

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