Abril

Martes 29 de diciembre de 2015
"La poesía pone al lenguaje en un lugar muy extremo. Lo pone en el lugar de la incertidumbre". Carlos Batilllana presenta la última entrega de su poesía seleccionada, con un poema de Estela Figueroa.
Selección y notas de Carlos Battilana.
Foto: cortesía de Las elecciones afectivas
Elijo un poema de Estela Figueroa: “Abril”. Podría haber elegido algunos otros: “Motivos”, “Sol de otoño”, “Caminando bajo la llovizna en una noche de junio”. ¿Qué me gusta de la poesía de Figueroa? La transparencia. ¿Qué significa transparencia en poesía? Un lenguaje instrumental que designa objetos, personas, que cuenta historias y que, al mismo tiempo, habla de sí mismo.
Los poemas de Figueroa narran historias, generalmente ínfimas, que se asocian a una anécdota personal: una caminata nocturna, una visita a un amigo, un recorrido por un álbum de viejas fotografías. Sin embargo, en ese relato de historias mínimas, las palabras del poema no dejan de interrogarse sobre sí mismas. Es cierto que varios de sus poemas hablan del oficio poético. No es por eso que las palabras adquieren carácter autónomo. En la poesía de Figueroa cada vocablo se usa en función de la pequeña historia que se cuenta, pero al leer sus textos se percibe -casi de manera física- el valor de cada palabra, como si ellas fueran leves materias, o como si los vocablos del poema no sólo nombraran una anécdota, sino que la acompañaran a través de su propio peso. Los poemas de Figueroa van desencadenando, de manera inesperada, una reflexión tremenda, objetiva y atroz.
A la manera de una luz oscura y un poco insondable, estos poemas remiten a la sencillez de los vocablos (el mecanismo complejo de la sencillez), una categoría estética que se construye cuando los vocablos han pasado por un potente grado de combustión y regresan a su carácter comunicativo. En el poema “Abril”, la mayoría de los verbos del poema se hallan en pretérito. El poema cuenta una historia sobre un bolso que se rompió y sobre su contenido (recibos de sueldo, monedas, documentos, boletos de ómnibus, una carta de ultramar, etc). Progresivamente percibimos que el bolso del que se habla -“el bolso viejo”- se transforma en el “bolso de la vida”. Allí descubrimos que la sucesión de hechos que se narra, en su parca precisión, va desmadejando una suerte de plegaria final, casi una oración profana que tiene mucho de ternura y de piedad: “sé benévolo”. En función de ese final, el poema da cuenta del amor lejano. El poema designa un objeto concreto y, a través de él, quiere decirnos algo más. Es paradójica esta escritura: cuanto más las palabras afirman su precisión, el sentido más se expande, en una especie de oscilación entre la acepción literal y el enigma de la imagen.
Abril
El año pasado
por este mes
me compré un bolso
que tenía muchos compartimientos.
Me acompañó un año.
El año más atroz de mi vida.
Pero para qué extenderse
en una descripción de situaciones
que reclaman olvido.
Este año el cierre se rompió
y compré otro.
Ya sin compartimientos
y del mismo color.
Pasaron unos días
hasta que llegó el momento de la ceremonia.
Sobre la colcha floreada de mi cama
vacié el bolso viejo.
Todos sus compartimientos.
Aparecieron recibos de sueldo
propagandas de distintos comercios
remedios
boletos de ómnibus
una libreta en blanco
mi documento de identidad
monedas
y una carta enviada desde Madrid
donde un joven me escribe
que momentáneamente está allí
que todas las noches
piensa en mí que
fue una pena que
sabré de él por
otra carta o…
He orado
por él
por mí.
Bolso de la vida:
sé benévolo.
a