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"Gloria", Edgardo Zotto

Tercera entrega de la serie curada por el autor de Velocidad crucero. Presenta poemas de Edgardo Zotto: "Un acto de voluntad por estar en la belleza".

Selección y notas de Carlos Battilana.

Un amigo me regala los últimos dos libros de Edgardo Zotto. Es de noche. Estoy en la estación Chacarita, en la pizzería Imperio. Son las 3 de la mañana y espero el tren de las 4:25. Estoy cansado. Pero no fundido. Y sé que tengo los libros de Edgardo. Leo, entonces, y el cansancio realmente se va, se desvanece. Escucho la voz de Edgardo leer sus poemas. Sonreír con su optimismo de fondo, y su suave ironía por las preocupaciones diarias. Leo el libro que ordenó Sonia Sacarabelli, esos poemas que acompañaron a Edgardo en su cama, y que escribió, soñándolos.

Son los poemas de Diario del colapso, cuyo título cambió por Diario del regreso. El cambio favorece el tono general del libro. La cabeza de Edgardo está vendada, trepanada. Lo acompañan sus hijas, su esposa. También la evocación de su perro Ulises, al que le escribe una “no elegía” (“A mis amigos que me lo recuerdan,/ les digo que no me dejen escribir/ una elegía para Ulises./ Para mí es y será/ la alegría y el entusiasmo.”). Se ayuda a sí mismo con la poesía. No está en un éxtasis arrobado como Viel Temperley en sus días de hospital; su éxtasis es más pequeño, tal vez menos extremo, pero igual de verdadero. Los poemas son breves. Las escenas de desolación inmediatamente se juntan con otras de celebración y cierto júbilo por estar habitando el mundo: la luz de la mañana, los libros que quiere leer, la esperanza de escribir un poema. Mi amigo Edgardo sabe que se va. Hay un amor por las personas y los seres de este mundo que lo acompañan. También hay un acto de voluntad por estar en la belleza. Una especie de ética final. Los pequeños mecanismos de la poesía, sus artificios, el ritmo de los versos son los trabajos que acompañarán su despedida. La creciente fidelidad de Edgardo a la poesía es notable. Pensamos en los días finales muchas veces; ¿cómo serán? Edgardo, el poeta que amó la vida, ya los transitó. En medio de la poesía.

Gloria

La nochera laica,
devota de la Virgen de Fátima,
que viene del Fisherton pobre,
lee y, muy alta la madrugada,
me dice: “Duerma, Edgardo,
sólo tiene
que cerrar los ojos y dormir”.
Le digo: “Lo hago,
pero no me duermo”.
“Pídale a Dios”, me dice.
“No me contesta”, digo.
“Él no habla, obra”, dice.
Y me duermo.

La segunda primera mañana

Estoy solo, estoy vivo.
El río oscuro que reaparece en los sueños
pasa otra vez a mi lado
acarreando lento
los primeros camalotes.

El trabajo de una piedra amarilla

Sale el sol. ¿Cómo es posible
que todavía se sorprenda,
si llega cada vez, casi a la misma hora,
entra en cuentagotas, como en puntas de pie,
al cuarto cercado de papeles sueltos y entre tapas?

Sin embargo, el madrugador
se despierta contento
y la llegada de las primeras hebras
le anuncia que ese día
puede ser bueno.

***

a

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