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Siempre vivo y alegre

Seguimos con nuestros Perfiles de 3/4 a escritores. Hoy: Henry Miller.

Por Valeria Tentoni.

henry miller

«Soy un haragán que malgasta el tiempo. No tengo absolutamente nada que mostrar de mi labor, excepto mi genio», declaró Henry Miller. Las palmas de su mano fueron leídas: las líneas del corazón y la cabeza corrían juntas, en vez de estar separadas, como las de la mayoría de nosotros. «No soy un pensador lógico. Mis sentimientos toman mis pensamientos la mayor parte de las veces», explicaría él.

Su segundo nombre era Valentine. Tuvo cinco esposas: la última fue una pianista de jazz y cantante de cabaret japonesa, Hiroko Tokuda –ahora es la dueña de un bar en su país que se llama Trópico de cáncer. La edición de esa novela fue posible gracias al generoso bolsillo de Anaís Nïn, su gran compañera en el amor libre y la escritura, con quien jamás se casaría, y a quien le escribiría, en cartas: «No sé lo que espero de vos, pero es algo parecido a un milagro».

La primera vez que se casó, Henry Miller tenía 26 años y Beatrice, la mujer en el altar, también tocaba el piano (él mismo intentaría ejecutar ese instrumento, además de la pintura de acuarelas). En 1923 conocería a June Mansfield, una bailarina de Broadway, quien aparece en sus novelas como Mona o Mara: «Me sentía como nuevo, puro de corazón y obsesionado con una idea: conseguirla a toda costa», escribiría en Sexus. Así que se divorció, dejó a su mujer y a su hija. Y se casó. Y así hasta Hiroko: «Rendirse absoluta, incondicionalmente, a la mujer que se ama es romper todas las ataduras, salvo el deseo de no perderla, que es la más terrible de todas».

«Siempre vivo y alegre», escribió en Plexus. «¡Siempre alegre y divertido!», había estampado años antes en Primavera negra. «No tengo intención de ser un pensador. Quiero escribir. Quiero escribir sobre la vida, al desnudo. Los seres humanos, cualquier clase de seres humanos, son comida y bebida para mí (…) Me sentiré feliz si alguna vez aprendo a contar una buena historia. Me gusta la idea de no llegar a ninguna parte. Me gusta la idea del juego por el juego y, sobre todo, por miserable, tosco y horrible que sea, me gusta este mundo de seres humanos. No quiero cortar amarras. Tal vez lo que me fascina de ser un escritor sea que necesita la comunión con todos y cada uno», encontramos en el volumen central de su crucifixión rosa.

Nació un día después de la navidad de 1891 en Brooklyn, Nueva York, «el viejo mierdero, el lugar donde no conocí más que hambre, humillación, desesperanza, frustración, todas malditas cosas. Ninguna otra cosa que miseria. La ciudad más sucia y asquerosa del mundo». Así lo leeremos en el arranque de una de sus novelas: «Soy un patriota del Distrito 14 de Brooklyn, donde me crié. El resto de los Estados Unidos no existe para mí más que como idea, historia o literatura». Ese país prohibiría la venta de sus libros por casi tres décadas, debido a su contenido sexual explícito. De hecho, algunos de los ejemplares de Bruguera usados que se consiguen actualmente conservan el sticker negro con letras blancas que aclara «Versión completa», cruzando el pecho de una mujer que se está sacando la remera.

«Yo nací en la calle y me crié en la calle. Nacer en la calle significa vagar toda tu vida, ser libre. Significa accidentes e incidentes fortuitos, drama, movimiento. Significa, sobre todo, ensueño. Una armonía de datos irrelevantes que proporciona a tu vagar una certeza metafísica. En la calle, aprendes lo que realmente son los seres humanos; de otro modo, más tarde, uno los inventa. Lo que no está en plena calle es falso, inventado, es decir, literatura». Miller define a esa como su «época dorada»: «Fue hasta los 9. Mis amigos eran mis héroes, hasta hoy los admiro». Su mamá, ama de casa, nunca lo abrazaba, nunca le daba besos. De su papá dijo: «Él siempre creyó en lo que yo hacía aunque nunca leyó nada de lo mío. De repente dejó de tomar y esa fue su caída. Cuando hizo eso, se enfermó».

Miller trabajó con él en la sastrería que tenía. Ese fue uno de los numerosos modos de ganarse la vida que intentó. Vendió periódicos, mendigó, trabajó como sepulturero en el Cementerio de Saint John, en una fábrica de cemento, para Western Union. Lo echaron de su puesto de editor de catálogos cuando el jefe lo encontró tipeando el Anticristo en horario laboral: «Allá donde estuviera, en cualquier cosa en que me metiera, llevaba múltiples vidas».

Fue June quien le insistió hasta que abandonó su último trabajo y se puso a escribir. Le hizo caso. Llegó a la oficina y dijo, simplemente: «Renuncio». No quiso recibir ni siquiera el pago de las dos semanas que había trabajado y le correspondían. «Me sentí el hombre más feliz del mundo. Me dije: ahora voy a escribir».

«Yo no tenía confianza en lo que escribía. Ejercitaba escribiendo sobre lo que me interesaba», explicaría en entrevistas posteriores. Como a él no le compraban las notas ni los relatos en las revistas, empezó a mandar a su mujer. Ella iba a los cafés y, en una de esas jornadas, conoció a un tipo. Le mostró los manuscritos del marido como propios. «Escribís como un hombre», se sorprendió. Ella le hizo prometer que, si terminaba una novela entera, él le iba a dar dinero suficiente para vivir un año en París.
Miller le hizo llevar Crazy cock.

Cuando llegó a París estaba en cero: «Eso fue lo más importante que me pasó en la vida, no tener nada. Tener que encontrar cada día cómo vivir, estar en el fondo. Es una cosa muy buena. Sufrís, seguro. Sos miserable, sí, pero ¡es tan interesante, tan fascinante! Estás terriblemente vivo, vivís con tus instintos, como un animal, y es una gran cosa. Rogando, siendo humillando, aceptando, rebotando, cada día es un milagro que llegues al otro». En 1969 dijo: «Nunca me convertiré en un europeo, pero gracias a dios ya no soy un americano».

Trabajaba como escritor fantasma para el Chicago Tribune, y vivía en la habitación 40 del Hotel Central cuando conoció a Anaís Nïn. Fue en esa habitación donde se iniciaron como amantes, después de que ella bailara para él intempestivamente en el café Le Viking, transformándose para siempre.

Hacia 1940 los dos vuelven a Estados Unidos, y ahí empiezan a escribir relatos pornográficos para un comprador anónimo que les paga un dólar por página. Mientras tanto, sus libros publicados en Francia se mantienen prohibidos por obscenos y circulan en ediciones clandestinas. El juicio duró tres años y recién en 1964 se pudo distribuir su obra.

En 1961, Kenneth Rexroth publicó en The Nation una reseña de Trópico de Cáncer: «Estuve recolectando críticas en el país acerca de este libro. No fueron buenas. Algunos se preocuparon por las malas palabras, otros hablaron del libro sin mencionar su existencia. La mayoría de ellos tuvo objeciones morales más profundas. Nelson Algren’s indica que el gran problema con Miller es que él piensa que piensa».

En 1975, Tom Schiller lo entrevista a sus 81 años y compone un documental rodado casi íntegramente en su baño. Dormido y despierto, se llama. Vemos a Miller erguirse en su cama de dos plazas, cubrirse con una bata blanca y ponerse de pie, desperezándose. Se trata de una visita guiada a la galería de fotografías, réplicas e ilustraciones que el escritor seleccionó y distribuyó en las paredes de ese minúsculo cuarto privado para entretener a las visitas.

Hay retratos de Tanizaki, fotos desnudas de su última esposa, una imagen de su gran ídolo como escritor, Blaise Cendrars: «Si un día yo pudiera imitarlo lo haría en toda su línea completa», dice mientras lo señala. También hay uno de Herman Hesse, un cincelado de Jung. Un cartel chino rojo y negro sin interpretación cerrada –Miller cuenta que llevó a varios chinos a verlo pero todos le dieron lecturas distintas. Entre las pegatinas se esconde la leyenda: «Incluso la gente linda se agarra sífilis». Hay muchas chicas japonesas y chinas sin ropa, siluetas orientales que amenazan con tomar vida. Perfiles, bocas, «caras plenas», como él las llama, cerrándose sobre una silueta del Buda: «Estuve toda la vida fascinado por el Buda, por su sonrisa seráfica, beatífica. Es una sonrisa indescriptible».

En otro documental, The Henry Miller Odyssey, de Robert Snyder de 1969, Miller está en ese mismo baño, haciendo morisquetas en el espejo, sonriendo. «Puede decirse que todas las buenas lecturas las he hecho en el baño». Ahí cuenta que cuando salió del secundario no sabía qué iba a ser y dijo: voy a ser payaso.

«Uno escribe para descubrirse a sí mismo», larga, en pijama, con su cabeza apoyada en una mano. En sus libros diría: «Lo poco que he aprendido sobre el arte de escribir se condensa en esto: no es lo que la gente se imagina. Es algo absolutamente nuevo cada vez y para cada individuo».

«Lo mejor de escribir no es la tarea en sí de colocar palabra tras palabra, ladrillo sobre ladrillo, sino los preliminares, los trabajos preparatorios, que se hacen en silencio, en cualquier circunstancia, en sueños igual que en vela. En resumen, el período de gestación. Ningún hombre consigna nunca lo que tenía intención de decir: la creación original, que está produciéndose todo el tiempo, tanto si escribes como si no, pertenece al flujo primario: no tiene dimensiones, ni forma, ni componente temporal», agrega en Sexus. Y, más adelante: «Llegará un día en que el arte de soñar estará al alcance de todos los hombres. Mucho antes de eso, los libros dejarán de existir, pues cuando los hombres estén bien despiertos y soñando, su capacidad de comunicación (entre sí y con el espíritu que mueve a todos los hombres) se incrementará tanto, que la escritura parecerá como los broncos y estridentes chillidos de un idiota».

«Nunca fui capaz de aceptar este mundo. Sé que hay otro mundo detrás, que es el mundo real», redactó. Y también: «Definitivamente vivimos más de una vez». O: «Vivimos en la mente».

Falleció en su casa en junio de 1980, en Los Ángeles, por complicaciones circulatorias. Tenía 88 años. Sus cenizas fueron esparcidas sobre Big Sur: «El mundo es el espejo de sí mismo muriendo, el mundo no muere más que yo. Estaré más vivo dentro de mil años que en este momento, y este mundo en el que estoy ahora muriendo también estará más vivo entonces que ahora, a pesar de que haya muerto hace mil años. Cuando cada cosa se vive hasta el fin, no hay muerte, ni arrepentimiento, ni tampoco una primavera falsa; cada momento vivido abre un horizonte más grande y más ancho, del que no hay salida salvo el vivir».

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