Con el foco en los lectores

Miércoles 16 de diciembre de 2015
En la semana de festejos por los diez años de Eterna Cadencia, presentamos la entrevista a Gabriela Adamo, directora ejecutiva de la Fundación Filba.
En la semana de festejos por los diez años de Eterna Cadencia, presentamos la entrevista a Gabriela Adamo, directora ejecutiva de la Fundación Filba.
Por Patricio Zunini.
Gabriela Adamo comenzó su trayectoria en la industria editorial desde el área de prensa de Sudamericana en 1995, cuando todavía era una empresa familiar dirigida por Gloria Rodrigué y el editor era Luis Chitarroni. “Prensa”, dice, “es una gran escuela para empezar. Se aprende muchísimo porque estás en un lugar clave donde ves hacia adentro y hacia la calle.” A los dos años pasó a ser asistente de Chitarroni —él la impulsó a hacer traducciones— y continuó hasta que la empresa fue adquirida por el grupo alemán Bertlesmann, vivió las sucesivas fusiones y la llegada de Mondadori. “Esa época para mí fue como hacer colimba”, dice. Adamo entonces se cambió a Paidós, de la que se fue cuando llegó la oferta de compra de Planeta: no quería volver a la colimba. Mientras mantenía algunos trabajo freelance, junto a Américo Castilla le dio forma a la Fundación TyPA: ella se ocupaba del área de Letras y desarrolló la “Semana de editores”— hoy a cargo de Victoria Rodríguez Lacrouts— con la intención de que editores extranjeros compraran derechos de publicación de autores argentinos. Luego de un paso significativo por la Feria del Libro de Buenos Aires, y siempre con la idea de sostener la intervención cultural de la literatura, Gabriela Adamo llegó a la Fundación Filba, donde se desempeña desde hace más de un año como Directora Ejecutiva.
—Algo muy asociado a vos es un perfil de investigación: autores, editoriales, mercados, temas. ¿Cuánto le dedicás a eso?
—Mucho, especialmente en los años que no tenía trabajo fijo en editoriales. Viajé mucho; el resto del mundo me interesa, hay mucho para aprender de afuera. Durante mucho tiempo el mundo editorial argentino estuvo aislado, parecía conforme con mirarse el ombligo. No se preocupaba por ver qué innovaciones había, cómo se trabajaba en otros lugares. Yo tenía esa curiosidad y lo hacía con una mezcla de entusiasmo y fascinación.
—¿Por dónde se empieza a mirar?
—Mi primer viaje a Frankfurt fue muy fuerte, fue como una usina de creatividad. Hay editores que no quieren viajar a Frankfurt o dicen que es muy caro: sí, es caro, pero es un máster concentrado en edición. La cantidad de ideas que se te disparan no tiene comparación. Después tenés que sentarte, bajarlas y concentrarte en lo que podés hacer. A veces es una sola, pero encontrarla reúne un montón de necesidades. Yo tardé en darme cuenta de que mis aliados en TyPA no iban a ser los editores si no los autores, porque son ellos los que quieren salir al mundo. No sabés lo que me costó este aprendizaje. Hoy una parte importante de los ingresos de las editoriales francesas viene de lo que cobran por ventas de derechos. Obvio que el primer día, el primer año y los primeros diez años no lo vas a lograr. Pero acá entramos en una zona muy compleja para la Argentina en general y para la industria literaria en particular que es el mediano plazo y el largo plazo. Puede que a un editor no le interese o no lo vea, pero las cámaras o la Fundación El Libro deberían estar viendo el mediano plazo y el largo plazo. Y no pasa.
—¿El mercado editorial es cortoplacista?
—Históricamente el liderazgo editorial en la Argentina piensa en la ganancia rápida. No quiere decir que no haya editores aislados que piensen de otra manera, pero como líderes del sector, están viendo cómo vender más libros más rápido. Yo hablo de no pensar en el libro en sí, si no en todo el sector editorial: la producción, la distribución, la difusión, y el mercado en cuanto al lector y la creación del lector.
—¿Tiene que intervenir el Estado? Porque el editor tiene que sostener su negocio de la mejor manera.
—Sí y no. El Estado falla, pero cuando te hablo de las cámaras y de la Fundación El Libro hay un tercer jugador que me interesa mucho, que es lo público no estatal. Gabriela Massuh trabajó muy bien esto. La Feria de Buenos Aires no es estatal, es privada 100%, pero es pública. Tiene una responsabilidad social muy importante. Entonces hacer la división estatal-privado cuando hay una zona intermedia muy importante que está descuidada o que no nos detuvimos a pensarla cuando deberíamos...
—Hay un texto que escribiste para Anfibia, “Con tener rutas no alcanza”, que habla de eso en relación a la Feria y la circulación del libro en América latina.
—Sí, son los aprendizajes que saqué de mi paso por la Feria. Me invitaron a un congreso de Fondo de Cultura Económica y después lo publicó Anfibia. Pero eran cuestionamientos que me hacía antes de entrar. Yo iba con el programa de la “Semana de Editores” y pedía la ayuda del Estado y de las Cámaras pensando que como era algo que no lo hacía una editorial para su propio beneficio sino una institución... Algunos me decían que los invitados eran solo editores literarios, con lo que sólo se beneficiaba una parte de las editoriales, pero yo estaba dispuesta a hacer más semanas: de ensayo, del libro infantil. Quería ampliar, pero me encontraba con una total falta de interés. Cuando apareció la posibilidad de entrar a la Fundación El Libro, uno de los argumentos que me llevó a aceptar fue el pensar que iba a poder hacer algo desde adentro. Tenía que ponerle el cuerpo. Pero no depende de una sola persona.
—Recién decías que los escritores fueron mejores aliados.
—Fue muy claro, muy contundente. Yo tenía que explicarle de cero a los editores por qué me parecía que si tenían todo el proceso hecho —encontrar al autor, contratarlo, editarlo, corregirlo, instalarlo—, sólo les faltaba una gotita más, que era poner el botoncito “Foreign rights” en la web. Hay editoriales que hoy tienen el botón y publican el catálogo en inglés, pero es un proceso lento. TyPA cumplió diez años cuando Argentina fue país invitado en Frankfurt y Cancillería lanzó un subsidio a la traducción, que fue algo muy bueno, pero quiero creer que nuestro trabajo previo fue tierra fértil para que esos subsidios se usaran. Había muchos editores extranjeros interesados con autores en la mira y eso fue un golpe de gracia. Entonces en TyPA preparamos un informe para ver qué había pasado en estos años y nuestra primera opción fue pedir información a los editores. Hicimos una investigación sobre cuántos estaban traducidos, a qué idiomas, qué tipos de libros, pero era muy difícil reunir los datos. Fue un trabajo de detectives que se llamó “La extraducción en la Argentina" —hasta le inventamos una palabra para referirnos a la traducción a otra lengua— y cuando lo estábamos terminando empecé a hablar con autores y me di cuenta de que ellos tenían clarísimo qué libros les tradujeron y a qué idioma. Tendríamos que haber ido directo a ellos, que, además, estaban felices de darte la información. Los editores extranjeros también fueron socios importantes. Y la mayoría de los fondos que conseguíamos venían del exterior: con aportes de los catalanes, los franceses, el Goethe.
—Paradójicamente para promocionar autores argentinos.
—Tenían otro concepto. Ahí sí existe el mediano y largo plazo. Los catalanes pensaban: “Vos me estás queriendo vender autores argentinos, pero si yo trabajo con vos y conozco a la Argentina, a la larga te voy a vender autores catalanes”. Cuando Cataluña fue invitada a Frankfurt, hicieron un congreso en España con traductores y gestores del área de la traducción de todo el mundo para intercambiar experiencias. Entonces ellos se nutrieron de lo que hacen en todo el mundo y desde ahí armaron su trabajo. Podés pensar que tienen más recursos, pero también tienen una visión más abierta. Acá cada uno se queda en su quintita chiquita y que no se la toquen.
—¿Para qué sirve una feria?
—Después de la experiencia de pasar por la Feria del Libro de Buenos Aires, para qué sirve y para qué quieren los editores que sirva: para vender libros. Yo creo que puede servir para otras cosas.
—Bueno, vos trajiste los “Diálogos latinoamericanos”.
—Eso también fue una cuestión de viajes y de redes. La gente del Cerlalc tuvo la buena idea de hacer una reunión con los directores de las ferias de América latina; nos juntó a todos en Bogotá para intercambiar sobre eso, para qué sirven las ferias, cómo pueden jugar un papel cultural, cómo armar una red de contacto y de circulación de libros en América latina. De ahí surgió la idea de los diálogos. Era algo que íbamos a hacer todas las ferias; al final sólo se hizo en Chile y Argentina. Pero soy una convencida de que a una feria como la de Buenos Aires, que mueve tal cantidad de gente, y que no sólo la mueve físicamente sino que durante un mes tiene a la prensa hablando de libros, hay que aprovecharla para generar lectores genuinamente.
—¿Tu intención era intervenir política o culturalmente en la Feria antes que económicamente?
—Totalmente. Yo no tenía claro, y es una falencia mía, la dimensión comercial de la Feria. Yo era muy ingenua y creía el discurso que la Fundación El Libro es una fundación con el objetivo de la promoción de la lectura y trabajaba para eso. Igual, para mí no es incompatible; era lógico que las cámaras se ocuparan del lobby comercial y que la Fundación se ocupara de la promoción cultural, porque al fin y al cabo se estaban creando “clientes”. Esa era la lógica para mí, pero no era la misma para los demás.
—¿A una editorial le sirve ir a la Feria?
—Es una respuesta compleja. No diría que les sirve a todos. La primera pregunta que se tiene que hacer un editor es qué objetivo quiere cumplir y según eso ver si la Feria le sirve o no. La Feria tiene muchas opciones: podés estar en un stand solo —que es carísimo—, podés estar en un stand colectivo —que sigue siendo caro—, podés estar sólo en las jornadas profesionales, podés estar dentro de alguno de los polos, como “Zona futuro”, que fue un lugar donde, por ejemplo, hacía presentaciones la Flia, la feria del libro alternativa. Yo pensaba en garantizar que el público, el lector, tuviera la posibilidad de ver de todo.
—¿Zona futuro, que estaba a cargo de Esteban Castromán e Iván Moiseff, fue un Caballo de Troya para quienes de otra manera no tenían recursos para estar en la Feria?
—Sí, pero con alguien que curara el espacio. Yo confiaba en ellos como un radar que detecta qué cosas interesantes había en el mundo menos institucional, alejado de la curaduría propia de la Feria. Mi idea era poner eso como una zona de experimentación, traer cosas nuevas y ver qué funciona, qué es interesante, qué va creciendo, y después ir metiéndolo más adentro. Para mí era clave la curaduría. La Feria tiene un concepto muy ligado a la Cámara del Libro, que para mí es equivocado, de la democracia a toda costa. Hay que generar posibilidad de acceso a todos, pero no a todos lo mismo. Los requisitos que ponían para entrar era que trajeran tres ejemplares de un libro: no es cuánto traés sino con qué libro venís.
—En las Ferias previas a que vos llegaras había presentaciones de actrices, modelos. Me acuerdo que una vez estuvo Belén Francese firmando libros. En las que vos dirigiste había otra clase de presentaciones, pero ¿las presentaciones no están a cargo de las editoriales? ¿Vos te metías en el contenido?
—Eso lo hacen los editores y siguió estando. Lo que traté es que hubiera otras ofertas. Entonces el que quería ir a ver a Belén Francese quizás en el camino se distraía con algo. El otro punto donde intervine muy fuertemente fue en la comunicación. Antes salía el rollo de actividades sin distinción: esta democracia mal entendida. Lo que hicimos con Paola Lucantis, encargada de prensa de la Feria, fue pensar qué queríamos comunicar. Mirábamos el programa, buscábamos aquellas presentaciones que tenían un contenido cultural interesante y las apoyábamos desde el área de prensa. Eso generó la percepción de que algo había cambiado. Soy Licenciada en Comunicación, antes de empezar en la editorial fui periodista: el poder de la comunicación es importantísimo, es muy fuerte, se puede hacer mucho con eso, pero hay que tomárselo muy en serio.
—¿Para qué sirve un festival?
—Por suerte un festival no necesita vender libros; creo que también sirve para eso, pero nadie me pide que rinda esas cuentas. Un festival sirve para hablar de libros, para ponerlos en discusión. Yo sigo muy interesada en generar lectores y un festival, más con una estructura como la de Filba, puede refinar eso. Te permite pensar en que hay distintos tipos de lectores y que vos los podés alimentar con distintos niveles de lectura. Hay que ser muy cuidadoso, porque estás en la zona peligrosa de ser elitista, pero no todos los lectores son iguales. Con un festival —y la Feria también lo podría hacer porque en parte lo es— se puede generar una espiral ascendente para llevar a un lector a buscar algo más complejo, pensando que la complejidad es un valor. Es como con la comida: cuando aprendés a comer más sofisticado vas disfrutando más. Para eso sirven los festivales.
—¿Cómo se convierte a las editoriales en socias de un festival?
—El festival está apuntado al lector y al público. Después se suma el escritor, el editor. De nuevo: es muy importante la comunicación. Los comunicadores ayudan a que todo circule y se aproveche más. Se trabaja con las editoriales que entienden la importancia de ir construyendo el nombre de sus autores. Pero me parece importante que el festival y las editoriales mantengan una saludable distancia.
—La Feria de Buenos Aires está apuntada una zona muy limitada; en cambio, un festival como el Filba Internacional, que se realiza en tres ciudades, la intervención cultural es tres veces distinta, con intensidades diferentes, objetivos diferentes y también idiosincrasias de los lectores diferentes. ¿Cómo se combinan intereses tan distintos?
—Es el desafío más grande de todos. Viajé mucho, vi mucho el mundo, pero conozco menos esta región. Lo mismo me pasa con el Filba Nacional. Estoy en un proceso de aprendizaje. Por suerte están los equipos locales; son clave los equipos locales. Nosotros les podemos dar cierto soporte, cierto acompañamiento, pero los programas se arman localmente. Un desafío pendiente es empezar a amalgamarlos más. Por eso este año se hizo el Slam de Poesía en las tres ciudades, se empezó a pensar en cruces de escritores más unificadamente. Tenemos que empezar a ver cómo aprovechar la idea del Cono Sur, que es una idea muy rica. Tenemos un lugar particular en Latinoamérica y trabajar sobre eso puede llegar a dar muy buenos resultados.
—¿Se puede hacer política cultural desde un festival que tiene la décima parte de una feria? En cuanto a cantidad de asistentes Filba mueve el uno por ciento de la feria de Buenos Aires.
—Se puede hacer política cultural desde la Fundación Filba, que es más que el festival. Hace falta el mediano y el largo plazo. Irrumpió con mucha fuerza, las piezas que encajan bien. Ahora lo que hay que hacer es fortalecerlo para que podamos decir que hay con qué pararnos del otro lado de la Feria. La idea es hacer una intervención. La política es una tarea que le compete al Estado y a las instituciones que están en una zona pública y que agremian. Filba claramente está en una zona pública, aunque no agremia, por lo menos no institucionalmente. Pero sí puede hacer intervenciones muy fuertes de política cultural como lo puede hacer una buena editorial.
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