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Romance en la puerta oeste de la ciudad

Heredero del Grupo de Boedo, Bernardo Kordon es uno de los cuentistas más singulares del siglo XX. Presentamos un cuento incluido en el volumen Un poderoso camión de guerra (Blatt & Ríos).

Un cuento de Bernardo Kordon.

bernardo kordonSólo después de jubilarse de maquinista, el viejo ferroviario conoció la sedentaria vida del barrio. Tomó conocimiento del vecindario y de la niña flacucha de la otra cuadra. Supo por su mujer que se llamaba Teresa.

Mientras el maquinista jubilado languidecía en su gastado sillón de mimbre, Teresa se convirtió en moza. Todas las tardes pasaba por la vereda de ladrillos casi sepultados por esa tenaz tierra de la pampa que llega hasta el suburbio. Después de saludar al viejo ferroviario (parecía esperarla todas las tardes bajo el sauce), ella apuraba el paso entre perros tranquilos y mujeres que tejían mientras tomaban el sol del atardecer. Atravesaba el arroyo Maldonado por un viejo puente y, apurándose más, recorría una calle de edificios nuevos hasta enfrentar la Avenida General Paz. La aterraplanada autopista –muralla china de la ciudad– mostraba su túrgida ladera de césped, con empalizadas de tronco al estilo rural. Allí arriba se vislumbraban las fugitivas moles de los autos y de los camiones policromados. Pasaban sin interrupción y silbaban sobre el elevado asfalto como un viento del suburbio, encima de las calles y avenidas del deslinde de la ciudad.

 

Julián Artigas esperaba a Teresa en el otro lado de la avenida. Él llegaba temprano y procedía a encender un cigarrillo en la esquina de la calle Cuzco. Allí una manzana se había salvado milagrosamente de sucesivos loteos y mientras el cemento avanzaba como un ejército o una plaga hacia el oeste, en esa esquina sobrevivía un cacho de llanura en forma de quinta. Un caballejo cinchaba un arado, conducido por un hombre joven de botas y bombachas. El arado abría blandamente la tierra negra y Artigas se distraía viendo cómo ese chacarero urbano iba peinando el suelo, alineando surcos donde se mezclaban terrones con yuyos triturados y algún trozo de ladrillo.

Estaba acostumbrado a esa esquina y nunca pensó en cambiarla como lugar de cita en los cinco meses que se reunía con Teresa. Le gustaba extender la vista por el baldío y dominar varias calles. Desde buena distancia observaba el boquerón de forma ojival del pequeño túnel revestido de piedras que atravesaba los cincuenta metros del terraplén y por donde aparecía Teresa, como saliendo de las entrañas de la tierra. Y Artigas consi­deraba necesario contemplar a Teresa desde lejos, avanzando con sus pasos de adolescente (caminaba como si la persiguiesen), la cara alargada, con su sonrisa de saludo, y por las sombras del sol que se pone hacia el lado de la provincia.

Esa imagen parecía la del fantasma de la Teresa que después tenía a su lado. Pero él quería más al fantasma, y lo enamoraba todo lo fantasmal de esa muchacha: la pálida boca sin pintar y las pupilas negras que llenaban los ojos exageradamente rasgados, como pintados por un escolar. Ese rostro lo había intrigado y conmovido, tanto como el cuerpo delgado y animado de extraña fuerza. Quizá la mandíbula fuese demasiado larga y la boca ávida y casi desagradable con sus labios finos y sin pintar. Pero lo admirable era esa máscara de sombra en la descarnada y sensible cara, como si la calavera pujase en irrumpir y fuese, no el armazón, sino el motor de esos largos rasgos de apasionada.

No se besaban ni se apretaban las manos al encontrarse. Él aferraba el brazo de Teresa, tecleando rudamente con los dedos firmes, como si transmitiese un furioso y cálido mensaje. Ella levantaba la cabeza, reconocida por esa caricia de confesada desesperación con que la saludó en la primera cita y lo seguía haciendo tanto tiempo después. Juntos, volvían sobre los pasos de ella y tomaban por la parte baja del terraplén, en dirección a la larga luminaria de la Avenida Rivadavia.

En un rincón del camino se detenían para besarse. La noche caía rotundamente cuando el movimiento del barrio era mayor. Los grupos de obreros que se dirigían a la estación los obligaba a seguir andando.

Los avisos luminosos de Liniers saltaban al cielo con alegría de pirotécnica, sobre la muchedumbre que hormigueaba negreando la gran puerta oeste de la ciudad. Y Liniers lo reclamaba con su bullir indistinto y remoto, una batalla en los contrafuertes de la ciudad, a muchos kilómetros del centro. Por calles aterciopeladas por la noche y los sauces, llegaba hasta Teresa ese bullir prometedor y amenazante a la vez, tomando relieve a medida que se acercaban a la línea del Ferrocarril Oeste. Dejaban pasar un tren urbano eléctrico; otro con su locomotora que ululaba su deseo de pampa libre. Los guardabarreras balanceaban faroles rojos y gritaban entre los diez relucientes rieles, conteniendo o apurando a la muchedumbre que atravesaba las barreras bajas.

Se sentían tan novios contemplando las vidrieras a toda luz, y se entregaban a ese rumor amorfo de la gran ciudad de amenaza murmurada o de amargo despertar de borrachera.

Cuadras, kilómetros de colectivos detenidos, esperaban el momento de abrirse en abanico, sobre la llanura de los suburbios.

*

En el barrio llegaron a decir que se trataba de un ladrón. Evidentemente era un sujeto sospechoso. Llegaba al atardecer y parecía quedar en acecho en la esquina de Cuzco. Después echaba a andar hacia la Avenida General Paz. Lentamente entraba en el túnel del boquerón ojival, como si penetrase en el corazón de la tierra. Vestido con su entallado y gastado traje azul marino, Julián Artigas recorría escondidas calles del barrio de Liniers.

La primavera entibiaba las primeras noches de octubre. El viejo ferroviario aprovechaba estirar bajo el sauce su descanso de jubilado mientras observaba el andar de Julián Artigas. Después lo veía retornar rumbo a Rivadavia. Avanzaba con paso torpe, tropezando con las salientes de la gastada vereda de ladrillos. Nunca saludó al viejo, ni a su mujer, que tejía siempre a su lado, sentada en una sillita de paja. El jubilado seguía con la vista a esa figura que se hacía presente todos los días. El barrio no quería a ese forastero, puesto que no lo comprendía. Y el barrio, como la aldea, teme a veces lo que no puede explicarse. “Dicen que es un ladrón, pero más parece un loco”, murmuró la vieja. En el rostro abotagado del jubilado, relucían pequeños y escrutadores los ojos de un viejo maquinista.

—Hace cosa de un mes que pasa todas las tardes, ¿verdad, vieja?

—Un mes y quizás algo más. Ya podía pensar en saludarnos y no pasar como delante de dos postes –se quejó ella.

—No creo que lo haga por orgullo.

—¿Orgullo? ¿Quién es él para ser orgulloso? ¡Un pobre loco, quizá!

El viejo ferroviario se incorporó de su asiento. Observaba la silueta de Julián Artigas. Quizá fuese por la lejanía y por las sombras que caían sobre la tranquila calle, pero era como si esa figura se diluyese como una aparición en el aire agorero del anochecer. El jubilado, sin parpadear, lo miraba desaparecer. Muchas veces esos ojos menudos y escrutadores parecían desesperarse en la contemplación de su olvidada callecita de Liniers, como si repentinamente le dominase el deseo de que todo ese paisaje estático girase a su lado como un ululante huracán, tal como rodaba el paisaje visto desde su puesto de mando en la furiosa locomotora.

—También hace cosa de un mes que murió la Teresa, ¿verdad, vieja?

—Un mes, más o menos. Parece que fuera ayer cuando la vi pasar apurada con su andar de mocosa crecida. Nos saludaba y seguía andando como si temiese llegar tarde a alguna parte muy importante.

—Muy apurada iba, es cierto. Y también desaparecía hacia allí.

Miró una vez más en esa dirección, antes de entrar en la casa, arrastrando su gastado sillón de mimbre. La noche ya dominaba a esa escondida calle del suburbio. Y más allá comenzaba a levantarse la lechosa aureola de Liniers, la iluminada gran puerta oeste de la ciudad.

***

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