Plano detalle

Miércoles 15 de julio de 2015
Ariel Pichersky (Buenos Aires, 1989) es autor de El corto verano de los hombres y Un deporte hermoso, participó también en la antología 8 y 8 y en la Revista Atlas.
Por Mariano Vespa.
Umberto Eco señala que las listas están en el origen de la cultura. Se trata de una forma —somera— de hacer comprensible el infinito. Hacemos listas para esquivar la muerte. En el prefacio de Las palabras y las cosas, Foucault dice que el libro nació a propósito de esa clasificación exquisita que hace Borges de los animales en “El idioma analítico de John Wilkins”. En otro texto, Foucault se pregunta cuáles son las fronteras que delimitan lo que se denomina obra: ¿qué lugar ocupan, por ejemplo, las listas de lavandería de Nietzsche?
Si hubo alguien fanatizado con catalogar, ese fue George Perec. En Pensar/Clasificar da cuenta de su versatilidad sistemática: “Jamás escribí dos libros semejantes, jamás tuve deseos de repetir en un libro una fórmula, un sistema o una manera elaborada en un libro anterior”. Esa unidad en la dispersión puede notarse en los relatos que ha publicado Ariel Pichersky. El primero de El corto verano de los hombres (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2014), “Con todo en juego”, muestra un manejo sólido del género: desde la óptica de unos pescadores marplatenses narra un eventual partido entre humanos y marcianos por la soberanía de la Tierra. No sólo la historia es atractiva: como hizo Perec en El arte y la manera de abordar a su jefe para pedirle un aumento, no hay punto seguido que suspenda el continuum. El segundo relato, “El camino a Pirané”, parte de la cinta roja que vibra junto al andar de un camión y expande ese detalle minucioso a una atmósfera rutera que en un determinado momento perturba. De los tres relatos que conforman Un deporte hermoso (Los proyectos, 2014), “Reconstruir y clasificar” es el más efectivo: en él un ferretero se pone a analizar qué papel higiénico le conviene más. Multiplica, evalúa texturas, proyecta. Como sucede con ese personaje, Pichersky le da complejidad a situaciones aparentemente triviales, las moldea y le da consistencia.
Ariel Pichersky nació en Buenos Aires, en 1989, formado en la carrera de Letras, organizó el ciclo de lectura “Traspapelados”. Otros relatos pueden leerse en la antología 8y8 y en la Revista Atlas. La entrevista que sigue pone el acento en la consistencia del recurso de enumerar y catalogar como un modo de pensar lo literario.
—¿Tenés algún escritor fetiche? ¿Podés listar alguna de las operaciones o mecanismos que más te atraigan?
—No tengo escritor fetiche. Hay escritores a los que admiro aunque no necesariamente releo. Hay escritores de los que pretendo aprender y que me permiten escribir, pero no son siempre los mismos; depende de cada momento y de cada proyecto. Para escribir, me sirve el escritor que me da ganas de escribir mientras lo leo, y es muy difícil que eso pase siempre con un mismo autor y a lo largo de toda una obra. Creo que en el fetichismo esas ganas le dejan el lugar a una pasión totalizadora que no tiene nada que ver con la producción. Lo más parecido que tengo a un fetiche son los hermanos Coen. Podrían ser un fetiche en la medida en que consumo su obra con exhaustividad y devoción. Me interesa el absurdo como fundamento del realismo; la ironía como estructura del relato, de la escena y del cuadro; la imposibilidad de la comunicación como base y motor de tramas complejas y sólidas; la construcción de tramas con un alto grado de autonomía que permiten digresiones controladas y el desarrollo de personajes y diálogos singulares.
—Traslado uno de los juegos que Borges le propone a Bioy: una lista de algunos personajes de la literatura que para vos sean los más verosímiles.
—José, el patriarca; los pretendientes de Penélope y las sirenas en la Odisea; Sócrates, pero no sus interlocutores; el rey Lear; Woyszeck, de Büchner; Seymour Glass, de Salinger; Lucky y Krapp, de Beckett; Carlos Tomatis, de Saer; Donny Kerabatsos, Linda Lipsky y Larry Gopnik, de los Coen; Borges, de Katchadjian; y Shriki, el tipo que inventa la aceituna rellena de aceituna, de Keret.
—A la inversa: ¿qué personajes “no literarios” podrían serlo?
—Caruso Lombardi debería tener una novela porque es un héroe de la productividad. En realidad, debería ser una biografía y me encantaría escribirla. Debería tener una buena novela Simón Radowitsky, porque mató al jefe de la policía, lo salvó un rabino, lo sodomizaron en Usuahia, peleó en España y murió fabricando juguetes. También Ricardo Fort, por sus dolores: un drama shakespeariano. Y los deportistas africanos que se clasifican a competencias internacionales y se fugan.
—Si tuvieras que intervenir un libro, ¿cuál sería?
—Le sacaría cien páginas a La marca del milagro, de Damián Terrasa, que por lo demás me parece una obra maestra.
—A propósito de una cita de Sebald (Mantené una libreta de notas con fragmentos, pero sin anotar las atribuciones. Al cabo de un par de años podés volver sobre la libreta de notas y emplear el material como propio sin ninguna culpabilidad, solía aconsejar), ¿sos de anotar frases ajenas para “robar”?
—Soy más de andar con el oído atento y confiar en la memoria. Después el texto pide lo que necesita. Cuando anoto cosas, las pierdo o aparecen en momentos en los que no me sirven o no las entiendo. El cuento "Un deporte hermoso" está hecho así: es la transcripción de memoria del monólogo de un instructor de boxeo de la vieja escuela al que conocí en circunstancias que no vienen al caso y en las que habría sido imposible anotar nada. Un tiempo después de escribirlo, encontré de casualidad una entrevista a esta persona en una publicación barrial. Habla de las mismas cosas, pero es menos verosímil. Las citas textuales reconocibles las uso si es evidente que son citas y surge algo interesante en la recontextualización. Aunque también se corre el riesgo de que todo quede en un chiste o un guiño y el texto pierda autonomía, así que trato de no meterme mucho por ahí.
—¿Cuál es tu soundtrack al momento de escribir?
—La música me desconcentra para escribir, aunque puedo escuchar entre sesiones de escritura. Me motivan las canciones de la hinchada de River. La que más uso es Y vamos, vamos, vamos, vamos, vamos, Millonario, con música de Turf . Los cierres son más refinados: sé que la última frase de una escena quedó redonda si funde a negro y comienza a sonar Since I First Met You, de los Robins.
—En el Gran Sertón, Guimaraes Rosa inventó muchísimas palabras. ¿Sos de inventar? ¿Recordás alguna que hayas leído y te atrajo?
—Es un recurso, pero en general me arreglo con las que ya existen. La que tiene talento para los neologismos es la economista Mercedes D'Alessandro: "gastoenterrólogo" me gusta mucho; además es un anagrama. Por otra parte, encuentro un placer culposo en las intervenciones cabeza de termo: "San Silencio", "Indesingente", "Temperguey"... transmiten una imposibilidad que me conmueve. La palabra "valijero" también me parece muy buena. No es exactamente un neologismo, pero su aplicación a ciertas zonas de lo paraliterario en el último tiempo es de una productividad abrumadora.
—En Nací Perec hace una lista de cosas que quisiera hacer antes de morir ¿Cuál sería la tuya?
—Me gustaría tener una parrilla en mi casa, ver Los Soprano, aprender hebreo, saber técnicas de cocina, pasar una temporada en Londres, tener una revelación y ganar un mundial.
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