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Muerte y alegoría

Siguiendo con la muestra de autores jóvenes menores de 30 años, Mariano Vespa presenta a Damián Tullio autor de Algo que nunca le conté a nadie (Tenemos las máquinas).

Por Mariano Vespa.

1.

En uno de los pasajes de Algo que nunca le conté a nadie (Tenemos las máquinas, 2012), Damián Tullio escribe: “Es increíble lo que uno hace para no saber”. La cita se entrelaza con aquella pregunta que Pablo Ramos les hace a sus alumnos ni bien comienzan su taller: "¿Qué fingís no saber?"

 

El nexo confluye a nivel temático. En La ley de la ferocidad, Ramos relata la historia de un hijo “perdido”, que, como primogénito, se debe hacer cargo del velorio del padre, tanto en términos burocráticos, familiares como así también personales -–para no recaer en el alcohol. Tullio narra a partir de una situación personal: el narrador se entera de que su padre padece cáncer --algo que nunca se lo contó a nadie-- e intenta entender cómo fue que se lo guardó durante diez años. Así como Ramos opta por una narración más bien carnal, por momentos autodestructiva, Tullio elige contar los últimos días, la espera, el cuentagotas. Pone su foco en la reflexión: aquello que tanto el padre como el hijo dijeron y aquello que no supieron decir. La melancolía, dice Freud, “contiene algo más que el duelo normal. La relación con el objeto no es en ella simple; la complica el conflicto de ambivalencia”. La intensidad del duelo no detiene el autoconocimiento, sino que lo potencia.

 

2.

Damián Tullio nació en Lanus, en 1985. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires. Coordina talleres de escritura creativa y es traductor, redactor y corrector. Asistió a los talleres de Santiago Llach y Esteban Schmidt. Publicó notas en Bastión Digital. Algo que nunca le conté a nadie es su primera nouvelle; este año la presentó en McNally Jackson Books, una coqueta librería neoyorquina.

3.

Asumir la pérdida implica un proceso, un tiempo que resta. La muerte de alguien cercano es una especie de espejo, una identificación donde el sujeto-con-dolor se identifica como finito. Malinowski describía un funeral en las Islas Trobiand, Nueva Guinea, como una ceremonia descorcentante: el cadáver no tiene descanso, “se le corta, se separan de su esqueleto algunos huesos que sufren toda suerte de manipulaciones y son distribuidos a unos y otros, hasta que solo queda de ellos un pequeño resto final”. De alguna manera las narrativas de duelo contemporáneas --occidentales-- se transforman en rituales, tematizan la ausencia, desgranan las visceras. Puede adoptar diversas formas: basta pensar en La invención de la soledad, de Paul Auster, en Desgracia impeorable, de Peter Handke, o en el reciente Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, entre tantos ejemplos. En sus pocas páginas, Tullio se conecta con Libertella: escribir es también una herencia, es ir hasta la biblioteca, revelar qué libros leyó su padre, qué subrayó, acaso qué pensó. En DAF, Beatriz Vignoli dice que la memoria es la última zona erógena que se pierde. En el ejercicio de la memoria, como reconstrucción y desmemoria, hay una búsqueda de placer, un imperativo. Ya lo decía Roland Barthes en una de las notas que conforman su Diario de duelo: “hay un tiempo en que la muerte es un acontecimiento, una a-ventura, y con ese derecho moviliza, interesa, tiende, activa, tetaNiza”.

4.

Tullio lee Patrimonio, de Phillip Roth.

5.

--En una entrevista, Mauro Libertella dijo que no escribía mientras su padre estaba internado por respeto. ¿Qué sucedió en tu caso? ¿Cuánto te ayudó escribir para sobrellevar el duelo?

--Escribí el libro mucho después de que mi papá muriera, así que, en mi caso, pensar en eso ni siquiera fue una posibilidad. Las últimas semanas de vida de mi viejo fueron una especie de aturdimiento continuo, como si fuera un anciano al que meten de prepo en una fiesta electrónica con la música al palo. No entendía nada. Mucho después, ya convencido de que quería escribir, formándome en talleres y después de tropezar con muchos temas con los que no me salía nada que me contentara, un día me propuse contar a mi padre. Recién ahí, tocando ese tema, encontré una voz que sentí propia. Y de ahí salió el libro, como repitiendo ese cantito que me gustaba.
En mi caso, escribir no sirvió para sobrellevar el duelo, sino que por el duelo, por tener eso ahí vibrando, pude ponerme a escribir. Y si bien mi libro es un recuento de la enfermedad de mi padre y el protagonista se parece muchísimo a mí, hay otras cosas que las inventé o las deformé para el libro. Fue una experiencia que me dejó ver un estilo que me gusta: en el límite equívoco entre lo que realmente pasó y la ficción que completa una historia.

--¿Cuánto leiste sobre la tématica duelo y que resaltás de aquello que te gustó más?

--No es un tema que busque especialmente, aunque hay cosas que tienen al duelo revoloteando como tema y me gustan. Se me ocurre ahora rápido cosas que leí hace poco: un texto que se llama "Matricidio" del último libro de Meghan Daum, en el que cuenta los meses anteriores y posteriores a la muerte de su madre; El Jilguero, la última novela de Donna Tartt (una monstrua) que tiene a ese chico de protagonista que pierde a su mamá en un atentado siniestro; y Niveles de vida de Julian Barnes que me gustó mucho, sobre todo por la postura de él como narrador. Es muy común caer en la oda con el duelo familiar. El muerto se convierte siempre en el más bueno y el más honorable. Me gustan los libros donde los personajes se permiten una relación menos idealizada con el que murió.

--¿Tenés algún proyecto próximo a editarse?

--Está a punto de salir un cuento mío traducido al alemán en un antología de autores latinoamericanos que se llama Lateinamerika, de la editorial austríaca Podium. Además estoy corrigiendo algunos cuentos, y escribiendo otros, haciendo volumen para un hipotético libro que no tengo la menor idea hacia dónde va a ir.

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