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La gran despedida

Uno de los relatos de El libro de los corderos, de Diego Monsalvo, ambientado en Santa Eleodora, el pueblo de su infancia. Lo acaba de editar Nulú Bonsai en su colección de narrativa La jauría.

Por Diego Monsalvo.

Cuentan que a un hombre lo velaban en un ranchito entre los montes.

 

Regaron el piso de tierra y ubicaron el cajón junto a las coronas de flores, con algunas sillas alrededor. Caía la tarde y las horas se escuchaban en el silencio de los pájaros.

Esa noche en el pueblo festejaban los corsos. Todos se habían ubicado a los costados de la calle, reservando las mesas para ver pasar a las carrozas. En el velorio había poca gente y de a poco se fueron yendo los vecinos. A la viuda, que estaba viejita, el médico la sedó para que duerma hasta la hora del entierro.

Unos muchachos se dieron una vuelta antes de que comience el desfile y toquen las comparsas. Llegaron en un camión sin frenos. Chocaron el sauce de la entrada para detenerlo.

La puerta de la casa estaba abierta. Se sacaron la gorra, se persignaron contemplando al difunto. Y advirtiendo que la viuda dormía, murmuraron una idea: mudar el féretro al acoplado sin laterales en el que andaban, y hacer una pasada frente al club, entre los demás participantes, como si fuera otra carroza más.

 

Lo subieron con las coronas y los candelabros. Lo dejaron inclinado levantando la cabeza para que se vea desde abajo, y parados sosteniéndolo de las manijas, pasaron últimos. Iban con sombreros, cabizbajos, ocultando su rostro, con las sillas alineadas como en el rancho, fingiendo la tristeza de un ser querido. Desfilaron delante del jurado, que miraba desde arriba de una camioneta, desconcertados por el aplauso de la gente, con una inapelable aprobación para el primer premio.

Al final del pueblo, se desarmó la fila y siguieron de largo hacia la chacra. Lo bajaron con cuidado y lo ubicaron en la misma posición dentro del comedor. Encendieron las velas, volvieron a entrelazar sus dedos desacomodados por el viaje y le limpiaron un chorro de espuma que le había salpicado la cara.

Se fueron con las luces apagadas y desaparecieron tras la polvareda. Era una hermosa noche de verano, la luna iluminaba el patio hasta el frente de la casa.

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