La extranjera

Jueves 09 de enero de 2014
Quién es Clarice Lispector, una de las escritoras más singulares de la literatura latinoamericana, bautizada por Tomás Eloy Martínez como "el sol oscuro de Brasil.
Por Valeria Tentoni.
Tipeaba en una pesada máquina de escribir sobre sus piernas como escritorio mientras sus hijos corrían por la casa. Cuando apuntaba a mano, lo que quedaba en la hoja eran sus «grandes letras aladas» de tinta. Sonaba como una ucraniana nacida en guerra, criada en paz en Recife y muerta en silencio en la ruidosa Río de Janeiro de 1977, un día antes de su cumpleaños. Pero ella respondía que no, que su acento extravagante se debía a sus frenillos y a ninguna otra cosa.
Tomás Eloy Martínez la tituló como El sol oscuro de Brasil. El poeta Ferreira Gullar, en su primera impresión, dijo que se veía como una loba fascinante. «Hubo hombres que no me pudieron olvidar por diez años», dice el biógrafo Benjamin Moser que dijo Clarice. La escritora Hélène Cixous declaró que Lispector era lo que Kafka hubiese sido de ser mujer. En uno de los homenajes que le prepararon teóricos especializados en sus libros, Clarice, invitada, abandonó la sala excusándose porque no entendía nada de lo que se estaba diciendo ahí sobre ella.
Todos quisieron descifrar sus secretos; en vida y joven estaba lejos, distante pero ahí, en algún lugar, siendo ya un mito suelto, algo imperdonable y escandalosamente atractivo, sensual y penetrante, ilegible pero toda escrita o escribiéndose. Entonces viajaban y se le ponían delante y babeaban y le hacían preguntas y salían de esos encuentros dislocados, con la sensación de que un diamante se les había dejado por un momento pero no habían sido capaces de tomarlo, porque ella no, nada, preferiría no hacerlo. Léanme.
La palabra «misterio» se repite en todas las entrevistas, biografías, reseñas, perfiles, prólogos, notas y ensayos que se le dedican. Son muchos. Son muchísimos. Y la palabra es un chicle que se mastica hasta que se convierte en una molestia pegajosa e insípida endureciéndose entre las muelas. «Mirarse en el espejo y decirse deslumbrada: qué misteriosa soy», escribió ella, cuando todavía tenía gusto.
Desde los no pocos retratos que le tomaron, Clarice posa como recibiendo a la Revista ¡Hola! para una nota de tapa en número aniversario. Maquillada, elegante, con su cuello creciéndole como un tallo intrépido rodeado de perlas: nunca la veremos vieja. Murió a los 56 y se conservaba como una muñeca de porcelana. El mentón disparado hacia el futuro, las cejas depiladas con precisión de bisturí: dos delgados arcos del triunfo. La boca mullida y coloreada, un aire a Scarlett Johansson. Otros la encontraron parecida a Marlene Dietrich. Esta inmigrante pálida de ojos enormes y felinos, instalada como un espectáculo en mute en medio de la gran ciudad colorinche, no podría jamás pasar desapercibida ni ser asimilada del todo por su ecosistema.
¿Has pensado alguna vez en el esfuerzo enorme que la excentricidad exige de una mujer? Casi un esfuerzo físico para mantener algo antinatural. Después de algunas horas se ve en el rostro de la excéntrica su enorme cansancio, sus ganas de volver a casa…
La atracción que produce esa araña silenciosa podría rastrearse no solo en su literatura: esa potencia incluye sus libros, su biografía, su casa, sus objetos, sus retratos, su perro, su marido y sus hijos. Paulo, sobre todo, quien responde entrevistas ahora y autoriza la publicación de las columnas que su madre redactaba para ganarse la vida y darles de comer, recién divorciada y de vuelta en Río de Janeiro después de casi diez años en la apretada corrección del Washington de los 50, de hacer las valijas contando el tiempo con el cronómetro de su marido, de ciudad en ciudad, desconocida y afectada y terriblemente sola y letal.
Eran columnas a la Utilísima que firmaba con seudónimo para despegarse de esa voz tan extranjera de la voz que sí quería hacer sonar. La editorial Siruela presenta 290 de esos artículos, publicados entre 1959 y 1961, bajo el título Solo para mujeres. Consejos, recetas y secretos y adjetivados como «divertidos y prácticos». Lispector no iba a estampar su apellido ahí, reservado para el misterio y no para «cuestiones relacionadas con la belleza, el amor, la maternidad y la vida doméstica»: firmaba como Tereza Quadros o Helen Palmer. También con el nombre de una actriz brasileña: Ilka Soeares. «Un auténtico almanaque de aquella época, la escritora nos muestra que, a pesar de las conquistas actuales de la mujer, la esencia femenina permanece siempre igual», vende Siruela. De repente, la tótem brasilera es una Carrie Bradshaw fumando rubios y taconeando la gran manzana.
Si no quieres ser objeto de críticas irónicas, de risitas, antes de empezar a arreglarte, antes de elegir el peinado y el vestido que vas a llevar, mírate primero a ti misma: «¿Qué edad aparento?». Después tu tipo: «¿No estaré un poco gorda (o delgada) para llevar esto?».
¿Qué viene a decirnos esa distancia forzada que ella instaló en su vida y su hijo destruyó en su memoria? ¿Qué revelación de un mundo nos acerca eso que podría presentarse como una traición? ¿Quién era Clarice Lispector, esa mujer que no sabía freír ni un huevo pero escribía recetas, dictaba tips de belleza, moda y buenos modales para pagar las cuentas y llenar la heladera? ¿Quién era esa mujer que, después de terminar una entrega de esas para el diario se ponía a empezar una novela brillante con una coma, en la misma máquina de escribir?
Con una puta coma, como si todo lo que ella pudiera largar fuese una brutal y ensimismada digresión del mundo. Un apartamiento, si asistimos a la raíz latina del término.
«La excentricidad es un deseo desesperado de agradar», escribió en uno de esos artículos. ¿Estamos tan seguros de que esta línea no podría haber encajado, de ninguna manera, en alguno de los textos a los que sí les cedía su nombre? ¿Estaba ella tan segura? «En cuanto a mí misma, siempre conservé una comilla a la izquierda y otra a la derecha de mí», destacó en La pasión según G.H.
«Voy a tener tantas nostalgias de mí cuando me muera…», le hizo decir a su minúscula Macabea, la «incompetente para la vida». Y también: «No sé cómo se hace para tener otra cara. Pero sólo en la cara estoy triste porque por dentro estoy hasta alegre. Es tan bueno vivir ¿no?».
A María Esther Gillio, cuando la entrevistó, después de esquivar varias preguntas y antes de sacarla de su casa pidiendo disculpas porque no le gustaba hablar, le largó: «¿Usted conoce mis libros? Todo está allí».
Clarice Lispector nos observa desde las portadas de las reediciones de sus obras. Sus pómulos se alzan, diluídos o contrastados en blanco y negro desde detrás de los nombres que pensó para sus libros y tradujeron al español y se distribuyen en Argentina. Así en las ediciones de Corregidor, así en las ediciones de El Cuenco de Plata, así en las ediciones de Siruela.
Antes de leerla tenemos que mirarla. No podemos hacer otra cosa porque su cara está ahí, una ventanilla hacia la que hay que dirigirse para sacar el boleto de entrada al universo Lispector.
Usted está aquí
Nació en Tchetchelnik, Ucrania en 1920 («Un pueblo tan pequeño e insignificante que ni siquiera está en el mapa»). Vivió apenas un año en esa cultura del shtetl, pequeños poblados de judíos ortodoxos que fueran arrasados casi en su totalidad por el exterminio y el éxodo masivo. Pero, cuando la entrevistaban, mentía que solo habían sido dos meses. «Soy brasilera», insistía, y se ofendía jodidamente si alguien la llamaba extranjera. La familia Lispector se detuvo allí para que naciera y después emigró hacia Brasil. Clarice creció como una nativa: habló el portugués y se identificó con la cultura local.
Su primera obra fue una de teatro de la que no se han encontrado copias, completada a los diez años, tras la pérdida de su mamá, quien murió a causa de una sífilis que contrajo en un episodio de abuso por parte de soldados rusos. Se dice que Clarice fue concebida en la creencia de que un embarazo curaría a su progenitora. ¿Cómo crece una nena de diez años cuya madre muere a causa de una violación? ¿De qué muere esa nena, mujer 46 años después? Cáncer de ovarios.
El Diario de Pernambuco rechazó sus primeros cuentos porque carecían de hilo argumental: «Los textos de Clarice les desconcertaban, les parecían anormales ya que no describían más que sensaciones y no acciones. Sin duda un temprano anticipo del que tendría que ser el eje de su narrativa», escribió Fernando Clemot.
Estudió Derecho. Durante la cursada en la Universidad de Río de Janeiro publicó, con 23 años, su primera novela: Cerca del corazón salvaje.
Viajó acompañando a su marido en funciones diplomáticas. Escribió y envió cartas desde el Cairo, Roma, Berna, Liberia, Nápoles, Natal. Observó durante pocas horas o pocos días algunas versiones del mundo que jamás iban a repetirse frente a ella, pero que casi ninguno de nosotros observará ni por una sola vez. «Vi las pirámides. Un mahometano me leyó la mano en el desierto y dijo que yo tenía un corazón puro», se lee en Why this world, la biografía de Moser.
Su perro se llamaba Ulisses y era conocido en el barrio por fumar, como ella. Le puso ese nombre en homenaje a quien la analizó durante su estancia en Suiza, en los años 40. «La vida no es cine, y es muy difícil usar la excentricidad»: cuando se separó de su marido no tenía dinero para comprarse ropa nueva y vestía las prendas viejas de sus años en Europa una y otra vez, lo que completaba ese aire de desterrada que aborrecía pero no podía detener y que la acompañaba desde muy pequeña. Ya estaba acostumbrada, pero eso no mejoraba el asunto.
Los peligros de fumar en la cama
Se la cataloga como una de las escritoras latinoamericanas más populares pero menos entendidas. Sus tomos se venden en máquinas expendedoras en los subterráneos cariocas. A sus jóvenes veinte la premiaron por su primer libro desde la Fundación Graça Aranha. Era 1944.
Lorrie Moore la tituló «La esfinge brasilera» para The New York Review of Books, con un ensayo largo en el que trabajó sobre la idea de su «oscuro carisma»: «Era una diosa; la escritora más grande de la literatura brasilera. Investigaciones posteriores revelaron algunos malentendidos acerca de su vida, una vida que, en efecto, alcanzó proporciones míticas». Se hizo circular, por ejemplo, la versión de que Lispector había muerto en un incendio trágico. No tanto, pero sí que, a sus cuarenta, parte de su cuerpo terminó quemado, incluyendo su mano derecha, por un incendio que inició accidentalmente fumando desparramada en su colchón.
El cantante y compositor brasilero Cazuza llegó a leer Agua viva 111 veces, y compuso la canción Que dios venga inspirándose en pasajes de esa novela. «Estoy inquieto, áspero / y sin esperanza / aunque amor dentro de mí tengo / no sabría cómo usar el amor / (…) / Corro peligro / como cada persona que vive / y lo único que me espera / es lo inesperado», cantaba. Fue su libro de cabecera: «Me gustan las cosas densas, como la literatura de Clarice Lispector», declaró antes de morirse muy joven. Esa cosa densa fue traducida, por ejemplo, por los poetas Giuseppe Ungaretti y Elizabeth Bishop.
En Brasil era una especie de celebrity: «Una mujer una vez le tocó timbre en Copacabana y se le presentó con un pulpo fresco, que procedió a condimentar y cocinar para Lispector en su propia cocina», escribe Rachel Kushner para la revista Bookforum.
«Quien mucho agrada, desagrada», advirtió en esas columnas odiosas. Sus entrevistadores la muestran como una mujer desagradable. ¿Quien mucho desagrada, acaba por agradar?
Gillio fue una de las últimas periodistas en entrevistarla y catalogó al asunto como un reportaje lacónico e irritante. Fue en su casa, cerca del mar. «Un edificio de color ceniciento, impersonal y antiguo», escribiría. La casa estaba iluminada con una luz artificial «amarillenta y escasa». Así redacta la distancia entre ese adentro y el afuera ruidoso, selvático y descalzo del 300 de la calle en que vivía en Leme, cerca de Copacabana.
Luis Alberto Spinetta pasó los últimos años de su vida en una casa sin ventanas. Lo cuenta en una entrevista extrañísima por Skype que le hicieron hacia el final de sus días y se encuentra en YouTube. Una entrevista en la que, aparentemente, las preguntas le llegan por chat y son, antes que inocentes, imbéciles. Pero funcionan, porque le hacen contar cosas como esa: que vive en una casa sin ventanas, algo que nadie hubiese imaginado jamás para un tipo como Spinetta. Con Lispector, sin embargo, otra cosa. La idea de su vivienda uterina, hermética, no provoca tanta sorpresa. Lispector podría ser pensada como una desterrada que, después de agotar su capacidad de turismo en alta rotación y velocidad, se abolló en su panic room masticando palabras.
«La melancolía de los corredores se prolongaba adentro a pesar de la ventana grande, pero cerrada sobre la calle ruidosa. Todo hacía pensar en un pasado brillante y amado que no se deseaba olvidar. Los viejos sillones de estilo, las mesas y mesitas de madera labrada, los dibujos, las esculturas, los cofres y las cajas de bronce o porcelana. Y ese color que da a las cosas el mucho tiempo y el cariño. Si no hubiera sido por los chillidos de los pájaros y la gran mancha de luz filtrándose a través de persianas y cortinas habría pensado en el living de una casa del norte de Europa», cuenta Gillio, que cuenta mucho sobre la casa de Clarice porque Clarice apenas va a hablarle, después de malcriar un poco a su fox terrier y habitar un living con varios retratos de sí misma, como una oruga paciente. «Parecía muy cansada y desde hacía mucho tiempo», se impresionó la periodista.
«La excentricidad es un esfuerzo que termina en tristeza».
***