La cocina estaba azul

Viernes 06 de noviembre de 2015
En palabras de Pablo Ramos, los cuentos de Soluciones quirúrgicas (Zona borde) hablan de los pequeños infiernos de la vida familiar con narraciones que son un arte exquisito.
Un cuento de Gabriela Larralde.
Hay que tener cuidado con los consejos que uno da. Quiero decir: yo no era como ellos, no soy como ellos. Aunque ese día, en ese bar… pero tampoco. Porque Ernesto había querido contármelo a mí. Cualquiera hubiese dicho que era raro lo que hacía, que él era extraño. Ahora, a la distancia, entiendo que yo era el único que lo conocía, que sabía: Ernesto no era un tipo normal.
Llegó al bar transpirado, se sentó sin sacarse la campera.
–¿Qué hacés?
Me miró sin esperar respuesta y con una seña pidió un café.
–¿Es parte del tratamiento para el colon? –le pregunté y se rió.
–¿El café?
–Encontrarnos.
–Lo del lavaje es verso, Miguel… O sea, de verdad averigüé para hacérmelo, pero nunca fui. Te meten una manguera en el culo, dejame de joder. Ahora, no me vas a decir que no les cagué la cena a todos…
–Al principio te creí, vos sos capaz, pero, cuando llegó el pastel de papa y seguiste contándolo mientras lo revolvías, dije: Este hijo de puta…
–¿Qué te pensás que esperan de mí, de vos?
–Qué sé yo.
–Esperan eso. Cosas raras. Por eso nos invitan. No tenemos hijos, no hablamos de fútbol, seguimos en el diario en los mismos puestos y secciones desde hace siete años. No encajamos. Ellos son felices, iguales y felices…
–Vos sos gracioso.
–Por eso. Quiero decir: son felices, les va bien en el trabajo, con su pareja, con su familia y tienen buena salud. Nosotros, en cambio, tenemos cosas para contar. Por eso nos invitan.
–Y vamos.
–Bancame.
Ernesto se levantó de la silla. Se acercó a la barra y pidió que le agregaran un chorrito de whisky a su café. Siempre lo hacía.
–¿Qué querías contarme? –le pregunté.
–Miguel, vos la sabés llevar. De guita bien, ¿no? Siempre bien.
–Sí, bien… bah, como todo el mundo.
–Sol, una macanuda. Te da tranquilidad, no te jode. O sea, vivís solo y tranquilo, sin planes los domingos. Vos sí que sos un referente para mí. Por eso te quería hablar. Mirá, siempre estás impecable. A tu manera, pero impecable. Nunca un kilo de más, llegás puntual, nunca te quedás dormido.
–No.
–Nunca. Tengo registro de todos los de la redacción. Vos, nunca. En siete años, nunca.
–¿Anotás eso?
–Qué sé yo, sí, giladas. De aburrido. El promedio por año es de dos. Todos se quedan dos veces dormidos, más o menos. Yo, seis o siete. Vos, cero. Bah, no sé antes, en Zonales. Estuviste tres años ahí, ¿no?
–No sé.
–Sí, cero. Tengo todo anotado. Lo que digo: venís bien. Hijos, no sé si querés, pero, digo, tenés todo. Hasta la bocha ahora se usa.
–No se usa, ¿qué boludez decís?
–¿Ah, no? Mirá Bruce Willis… Travolta…
–Travolta no es pelado.
–Travolta es pelado y puto.
Sonreímos. Ernesto empezó a doblar una servilleta en muchas partes, con sus dedos enormes, lo que hacía de la simple tarea algo descabellado. Era gigante. Me llevaba una cabeza y su puño cerrado abarcaba dos míos. Sin embargo, actuaba como si su cuerpo tuviera otras dimensiones. Eso lo volvía gracioso. Sol me decía que le daba ternura. Yo no podía entender ese término pegado a su metro noventa y cinco de altura, pero es verdad que había algo en él, en su cara ancha, en sus cejas gruesas, que a uno le daba confianza.
–Dale, Ernesto, andá al grano, que tengo que volver para el cierre.
–¿Te acordás de lo que te conté de mi casa?
–¿Lo de tu ex y la hipoteca?
–No. Mi casa de Almagro, de acá. ¿Te acordás de que te conté que me crié acá, a unas cuadras, Venezuela y Yapeyú?
–Sí, algo.
–Bueno –dijo y por primera vez lo vi ponerse colorado.
Levantó la taza de café a la altura de su boca.
–El número de teléfono de esa casa me persigue. 983 1831, 983 1831.
Dejó la taza sobre la mesa nuevamente, sin probar el café.
–Yo también me acuerdo del número de mi casa.
–Sí, pero yo llamo. Hace años que llamo y corto. A cualquier hora. No puedo dejar de hacerlo. Me pasa a veces al llegar a casa: dejo el bolso y tengo que llamar. Agarro el teléfono y marco.
–¿Cada cuánto?
–No sé…
–Más o menos.
–Todos los meses seguro. A veces, más.
–¿Y para qué?
–No sé para qué. No hay un para qué… Esperá, es otra cosa la que quiero contarte. Esta semana llamé, como siempre, pero no corté.
–¿Qué hiciste?
–Atendió una mujer, le pregunté si había atendido desde la cocina.
Ernesto me explicó que solamente había dos bocas de teléfono en esa casa. Una en la habitación principal y otra en la cocina. Que, por el sonido de fondo, tenía que haber atendido en la cocina. Pero ella le dijo que no. Y eso lo tenía loco porque significaba que habían hecho reformas.
La mujer que lo atendió se rió al escuchar su comentario. Se pusieron a conversar. Él le contó que antes vivía en esa casa, que amaba el barrio. Desde ese lunes empezaron a hablar todos los días con diferentes excusas, a conocerse más. Descubrieron que ninguno usaba Facebook ni Twitter. La mujer le propuso que fuera a la casa, así la volvía a ver, que fuera ese mismo viernes, que haría una reunión con amigos.
Por eso me había citado Ernesto. Entonces, me preguntó qué hacer. Qué haría yo. Si estaba bien que fuera. ¿Y si no se sentía cómodo…? Y yo no le dije que me parecía raro, que no era natural, no le dije lo que yo hubiera hecho en su lugar. Le dije:
–Andá. Capaz la mina está buena. ¿Qué perdés?
Y me levanté de la mesa del bar para volver al diario. Lo que no sabía entonces era que, después de ese viernes, Ernesto iba a renunciar al diario y que iba a desaparecer de la vida de todos. De mi vida. Que íbamos a tener una última conversación por teléfono sobre el tema y que nunca más me atendería, ni siquiera para putearme.
–¿Y? No me llamaste.
–¿Quién habla?
–¿Cómo “quién habla”, tarado? Miguel. ¿Cómo te fue?
–No era la casa.
–Ah, ¿no? ¿Y cómo?
–La casa estaba abandonada.
–¡Me jodés!
–La línea ya no era de esa casa.
–¿O sea que no viste a la mina?
–Vi la casa. Ella no estaba. Hay otra gente viviendo.
–¿De qué hablás?
–Pude ver la casa. Estaba igual… casi igual.
–No entiendo. Si ella no vive ahí, ¿quién vive?
–Dos pibitos. Había dos. Ocupan la casa.
–Me estás jodiendo…
–No. Eran dos. Dos pibes.
–¿Te hicieron algo?
–La cocina estaba distinta.
–¿Fuiste a la policía?
–No, no. La mesada, la cambiaron.
–Ernesto, ¿podés hablar? No entiendo nada.
–Ya está.
–Pará. Acá, en el diario, tienen contactos con la policía, pueden agilizar las cosas. Pasame los datos, los sacamos… Esto te lo resuelvo hoy. No te pongas mal.
–Miguel, entendeme una cosa: ya está, Miguel, ya está. Eran tres. Los pibitos no eran dos, eran tres. ¿Entendés? No lo pude manejar. La cocina estaba azul, totalmente azul.
Dijo y, antes de que yo pudiera contestar algo, cortó.
***