El marqués

Jueves 06 de marzo de 2014
Un nuevo perfil de ¾. Hoy toca Donatien Alphonse François, a 200 años de su muerte.
Por Valeria Tentoni.
“¡Qué jornada más bella! Nunca como mejor ni duermo tan tranquilo como en esos días en los que me he manchado suficientemente con lo que los imbéciles llaman crímenes!” Donatien Alphonse François, marqués de Sade, nació en el Hôtel de Condé, palacio de los príncipes de Condé, en algún lugar entre la calle Monsieur-de-Prince y la calle Condé en París, el 2 de junio de 1740. Fue bautizado en Saint-Sulpice, al igual que Baudelaire. En esa iglesia también se casó Víctor Hugo.
Su madre, Marie-Eléonore de Sade, era la dama de honor de la princesa. Por ella estaba ligado a la rama menor de la casa de Borbón, dinastía que reinó Francia, España, Nápoles y Parma, y que contaba entre sus antepasados a Hugo III, esposo de Laura de Noves, a la que Petrarca inmortalizó. El marqués venía, así, de una familia de la antigua nobleza provenzal. Su padre, el conde Jean-Baptiste de Sade, señor de Saumane y de La Coste, diplomático y gobernador de las provincias de Gex, Bresse, Bugey y Valromey, era también mariscal de campo de los ejércitos reales. Sus padres estuvieron por lo general ausentes y el cuidado de Donatien encomendado a terceros: “Sade no tuvo hogar”, asegura el biógrafo Pedro Sánchez Paredes. “Bien parecido, delicado, noble, rico, culto, educado, brillante en sociedad, su carácter caprichoso y colérico se convirtió para él en un mecanismo de defensa”, asegura.
“El marqués de Sade es el espíritu más libre que haya existido hasta la fecha”, escribió Guillaume Apollinaire. Fue educado, hasta cumplir cuatro años de edad, en el palacio. Inició sus estudios en el monasterio benedictino de Saint-Léger d’Ebreuil y, posteriormente, fue al colegio jesuita d’Harcourt de París. Su tutor, un sacerdote, el abad Jacques-François de Sade, era su tío: un libertino que le hacía presenciar orgías en su castillo de Saumane y vivía, por lo demás, con sus dos amantes: madre e hija.
A los diez ingresó al colegio Louis-Grand, y a los catorce en la Escuela de caballería ligera de la Guardia Real. Allí pasó, como subteniente, al Regimiento del Rey, ascendiendo a teniente carabineros. Llegó al grado de capitán durante la Guerra de los Siete Años. Desde sus comienzos, la Revolución Francesa contó con su apoyo: sin embargo, el marqués se declaró enérgicamente en contra de la pena de muerte (todavía antes de saber que intentarían condenarlo a ella más tarde).
“En su infancia tenía un rostro tan encantador que las señoras se volvían para mirarlo. Rostro redondo, ojos azules, cabellos rubios y ondeados. Sus movimientos eran perfectamente graciosos, y su armoniosa voz tenía acentos que tocaban el corazón de las mujeres”, describe Apollinaire. Lo define como a un excelente bailarín, buen músico, jinete hábil y dice que “en esgrima era de primera categoría”. Barthes relatará que le gustaba disfrazarse y probarse vestuarios de teatro. Leía obras de filosofía, historia y, sobre todo, relatos de viajeros. Se pasaba las tardes en el Louvre, admirando los lienzos: “En poesía se emplea a diario el lenguaje de la pintura”, escribiría hacia el final de sus días, en una carta al Abate Amblet. Y, también: “Nada sino lo verdadero es bello”. Sabía italiano, provenzal y alemán. Gran fumador de pipa, era un comensal difícil de dejar sin hambre, según su criado Carteron.
A los 23 fue dado de baja y abandonó la vida militar. Era 1762. Entonces quiso casarse con una actriz pero su padre, prácticamente ausente hasta entonces, apareció para negarle el permiso. Desanimado, resolvió tomar otros caminos para buscar el amor.
Tenía ya deudas que amenazaban con llevarlo a prisión y necesitaba estabilidad económica: contrajo matrimonio por conveniencia con Renée Pélagie Cordier de Launay de Montreuil, de 23 años, hija de un nuevo rico de París, el 17 de mayo de 1763. No la amaba a ella sino a su hermana, de 16, pero esta había sido internada en un convento. Así que se fue de luna de miel a Normandía con la mayor. Sin embargo, con esa unión Sade marcaría, quizás, su destino: su suegra, la presidenta de Montreuil, se convertiría en su más feroz enemiga. En 1777, conseguiría su arresto por medio de una lettre de cachet u orden del rey, en el Hôtel de Danemark sito en la calle Jacob. Desde allí fue llevado a la prisión de Vicennes. En una carta que Sade le escribe a su suegra ese mismo año, después de la muerte de su propia madre, le dice: “Me preguntaba si encontraría en usted una segunda madre o un tirano: no me ha dejado mucho tiempo en la incertidumbre”, y le advierte que tiene en sus planes suicidarse, que prefiere eso a estar encerrado: “Mi situación es horrible. Jamás –usted lo sabe– ni mi sangre ni mi mente han podido soportar un encierro cabal”.
Su esposa lo acompañó en sus vaivenes con la ley: “¡Oh, querida mía!, ¿cuándo terminará mi horrible situación? ¿Cuándo me sacarán, dios santo, de la tumba en que me han enterrado vivo? ¡No hay nada igual al horror de mi suerte, nada que pueda pintar todo lo que sufro, que pueda traducir la inquietud que me atormenta y las penas que me devoran! Sólo tengo conmigo mis lágrimas y mis gritos, pero no hay quién los oiga…”, le escribía, extrañando también a sus hijos. Al año siguiente de su casamiento tuvieron al primero: Luis-Marie de Sade, quien escribiría la Historia de la Nación Francesa y moriría a manos de guerrilleros en España en 1809.
Lo habían detenido tan solo cuatro meses después de su casamiento: se le imputaban delitos de perversión sexual, blasfemias y profanación de la imagen de Jesucristo. A este último, en La filosofía en el tocador, su personaje Dolmancé lo trata de bribón, imbécil, tunante, impostor, de “ridículo misterio”: “No escribe nada, dada su ignorancia; habla muy poco, dada su estupidez; hace incluso menos, en razón de su debilidad y, finalmente, al impacientar a los magistrados con sus discursos sediciosos, aunque escasos, el charlatán se hace crucificar”. En su primera obra, terminada en 1782, el “Diálogo entre un sacerdote y un moribundo”, se despacha Sade de este modo: “Tu dios es una máquina que fabricaste para que sirva a tus pasiones, y la has hecho mover a tu capricho, pero desde el momento en que incomoda los míos permíteme que la haya derribado”. Como castigo, al marqués se lo condenó al destierro, por su condición de noble, a las tierras que su familia tenía en Provenza.
Odiaba a los jueces. Los primeros en denostarlo públicamente fueron los de Aix. Para ellos escribió El presidente burlado, un relato fechado el 16 de julio de 1787 “a las diez de la noche”, en el que un magistrado soporta incontables maldades por parte de su joven y virgen esposa, a los fines de postergar la noche de bodas. Redacta diálogos en los que su personaje D’Olincourt dice cosas como: “No he visto nunca que la virtud que tanto se analiza se practique demasiado; a lo que yo llamo equidad, amigo mío, es pura y simplemente a la ley de la naturaleza”, para, más adelante, largarle al juez: “Aparte de que sus estúpidos rigores jamás consiguieron contener el crimen, decir que una fechoría hace perdonar la siguiente y que la muerte de un hombre puede resultar beneficiosa para la del anterior es absurdo. Usted y los que son como usted deberían avergonzarse de tales procedimientos que, más que de su integridad, dan testimonio de su desmesurada afición al despotismo. Tienen toda la razón al llamarlos los verdugos del género humano; ustedes solos destruyen más hombres que todos los azotes de la naturaleza juntos”. Al presidente, por su parte, había hecho decir: “Nosotros, los magistrados, de lo que mejor sabemos prescindir es de la razón; desterrada de nuestros tribunales tanto como de nuestras cabezas, nos divertimos pisoteándola, y eso es lo que hace que nuestras sentencias sean verdaderas obras maestras, pues aunque no tienen el menor sentido común son ejecutadas con tanta firmeza como si se supiera lo que quieren decir”. Sade comenzaría, así, a utilizar sus obras para comunicar sus ideas sobre su época, sus posiciones políticas y filosóficas, su tremenda fuerza contestataria.
“Cuando la virtud está ausente, siempre es preferible el vicio encubierto y prudente. ¿No es lo más acertado pecar sin provocar el escándalo? ¿Qué peligro puede entrañar la existencia de un mal que nadie conoce?”, escribió en “La mujer vengada”. Su pequeña casa de Arcueil, L’Aumônerie, según rumores habría sido escenario de orgías. La noticia del perverso marqués comenzó a rodar: en 1768, la viuda Rose Keller lo acusó de haberla atado desnuda a un árbol y lastimado con un cortaplumas, para después echarle lacre caliente en las heridas. Sade fue encarcelado por segunda vez, en el castillo de Saumur, y después en Lyon, en la cárcel Pierre-Encise. Su reclusión duró solo un mes y medio. Mark Amiaux expone una versión de los hechos en La vida desenfrenada del marqués de Sade, según la cual Sade estaba paseando por la plaza de las Victorias, en París, cuando se encontró con una mendiga joven, viuda de un pastelero, a quien engañó haciéndole creer que le daría trabajo como jefa de sirvientas en su casa. Al llegar ambos al lugar, Langlois, el criado cómplice del marqués en las orgías, se encargó de cerrar con llave y amedrentarla, amenazándola con una espada. Entre los dos la golpearon y torturaron. La mujer pudo escapar por una ventana abierta y corrió, desnuda y herida, hasta que consiguió auxilio en la calle. El marqués, tras ser detenido, alegó que Rosa había accedido al asunto a cambio de dinero y que los fines de la experiencia eran meramente científicos.
Dijo que lo que quería era probar la eficacia de unos bálsamos que había inventado.
Curiosamente, fue la suegra quien, tras la insistencia no solo de una sino de sus dos hijas, ambas enloquecidas con el mismo hombre, pagó la fianza de más de dos mil libras para que quedase en libertad. Más tarde, esa misma mujer conseguiría –a causa del cumplimiento de diez años de auencia de la casa– el permiso legal para administrar sus bienes, después de fallar en el intento de hacerle firmar papeles en blanco para declararlo mentalmente enfermo.
El marqués tuvo, en ese período, tres hijos con su mujer y se reincorporó, por un tiempo, al Ejército, apurado por las deudas. Comenzó a frecuentar los prostíbulos de Madame Brissault y Madame Hecquet. A la primera, narra Apollinaire, un inspector de policía le había recomendado que no le proveyese muchachas para que fueran con él a la casa de citas.
Sade frecuentaba también los teatros de París e invitaba a las mujeres a pasar días con él a su casita de Arcueil. En 1772, varias prostitutas lo acusaron de haberlas sodomizado, lo que se conoce como “el asunto de Marsella” o “el escándalo de los bombones envenenados”: con su criado como compañero, el marqués se presentó bajo una identidad falsa (ya era conocido como un “asesino de mujeres”), haciéndose llamar La Fleur. Así, visitaron un prostíbulo donde él contrató los servicios de cuatro mujeres que, a cambio de dinero, dijo, acordaban en ser moderadamente flageladas. Avanzada la noche y el alcohol, les ofreció bombones con polvo de cantáridas, un peligroso afrodisíaco utilizado en la época (luego se usaría como abortivo y como veneno) que también tenía efectos estimulantes. Eso les produjo un ataque de furia –primero entre ellas, y después hacia el marqués, a quien reconocieron súbitamente. Era el perverso del que todos hablaban. Los hombres escaparon, amenazándolas con espadas y, no contentos con eso, todavía esa noche le dieron bombones a otra prostituta.
Recibió denuncias de parte de las cinco. En septiembre de 1772 el tribunal de Marsella lo condenó en rebeldía junto a su criado “a hacer acto de penitencia ante la puerta principal de la catedral mayor donde, de rodillas, descalzo, cubierto solamente con una camisa y con una cuerda al cuello, pedirá perdón a dios, al rey y a la ley”, según se cuenta en Un profeta del infierno. Sade iba a ser decapitado y su criado estrangulado: el Parlamento de Aix confirmó por contumacia a muerte, que su cuerpo fuera quemado y sus cenizas esparcidas al viento. Otra versión asegura que esta persecución fue un armado por parte de los poderosos del antiguo régimen, contra quien ya estaba escribiendo algunos panfletos revolucionarios.
De todos modos, escapó a Italia la noche anterior a la condena, ayudado por su cuñada, a quien se llevó con él: Anne-Pròspere de Launay era ya abadesa de un convento. Sade adoptó el nombre falso de conde de Mazan. Recorrieron varias ciudades pero, al volver a Francia, en Chambéry, fue arrestado por la policía sarda. Anne lo abandonaría y su madre intentaría casarla sin suerte con otros hombres. Su suegra, sedienta de venganza, logró que lo apresaran y confinaran en la fortaleza de Miolans. De allí se fugó con la ayuda de su esposa, la noche del primero de mayo de 1773.
Después de una corta estadía en Italia, regresó a Francia y retomó su vida de libertino en su castillo de La Coste. Fue arrestado en París en enero de 1777, y conducido al torreón de Vincennes, donde pasó seis años hasta ser trasladado a la Bastilla. La sentencia, sin embargo, fue anulada en 1778. Pero volvieron a condenarlo por “libertinaje ultrajante” a no ir a Marsella durante tres años y a cincuenta libras de multa.
“Sufrió de trastornos bronquiales y crisis de asfixia, estreñimiento y hemorroides, como consecuencia de la falta de ejercicio, causa determinante también de una obesidad monstruosa, que dificultaba sus movimientos”, escribe Pedro Sánchez Paredes.
“Me siento mil veces peor que lo que era al entrar aquí, mi temperamento se ha vuelto agrio y áspero, mi sangre mil veces más ardiente, mi cabeza mil veces más mala, y que, en una palabra, cuando salga de aquí será necesario que me vaya a vivir a un bosque, pues en el estado en que me encuentro me será imposible vivir entre los hombres”, había escrito en una carta a su esposa en 1779, dos años después de una detención. En la carta había citado a Petrarca, cuyos libros le llevaba su esposa, autorizada a visitarlo dos veces por mes, junto a otros libros, comida y material para que pudiese escribir.
En febrero de 1784 ingresaría en la Bastilla: allí escribió la mayor parte de sus obras. Excéntrico, desequilibrado, audaz, rebosante de picardía e ingenio, el marqués podía ser pensado como un inadaptado que consideraba a la sociedad como a “una colección de seres reunidos por el aburrimiento y moldeados por la estupidez”, para quienes “resulta tan agradable hablar porque sí, sin decir nunca nada, tan delicioso el brillar a costa de los demás y denunciar condenatoriamente un vicio que uno está muy lejos de tener”, como escribe en el cuento “La estratagema del amor”.
“La mayor de las locuras es la de avergonzarse de las inclinaciones que hemos heredado de la naturaleza”, avanzaría. En el cuento “El cornudo de sí mismo”, por ejemplo, iniciaría diciendo: “Uno de los peores defectos de las personas mal educadas es el de estar siempre aventurando un sinnúmero de indiscreciones, murmuraciones o calumnias sobre todo ser viviente y, por si fuera poco, delante de la gente a la que no conocen”.
Su obra ha sido interpretada como “la declaración de los derechos del erotismo”. En La filosofía en el tocador se dirige a los libertinos diciendo: “Voluptuosos de todas las edades y de todos los sexos, es sólo a vosotros a quienes va dedicado este libro: nutríos de sus principios, que favorecen a vuestras pasiones; esas pasiones con las que fríos y anodinos moralistas os espantan, y que no son sino los medios que la naturaleza utiliza para que el hombre logre comprender los designios que ella ha trazado con respecto a él. Obedeced solamente a esas deliciosas pasiones, cuyo órgano es el único que os ha de conducir a la felicidad”. Y, a las mujeres: “Despreciad todo lo que sea contrario a las divinas leyes del placer”. Y así escribe a la quinceañera Eugenia, quien recibe los “más desenfrenados preceptos del libertinaje” a cargo de la Señora de Saint-Age, que comienza la historia arrepintiéndose de su curiosidad, y al seductor Dolmancé, “el individuo más corrupto, maligno y pervertido del mundo”.
“¡Oh, mi amor, cuántas cosas nos haremos y nos diremos ambas!”, así recibe la Señora de Saint-Age a Eugenia en la puerta de su casa.
EUGENIA, sonrojándose: ¡Oh! No puedo menos que sentirme muy confusa…
DOLMANCÉ: Vamos, bella Eugenia, poneos cómoda… Con esos encantos vuestros, el pudor es una vieja virtud de la que debéis absteneros totalmente.
EUGENIA: Pero la decencia…
DOLMANCÉ: Otra costumbre gótica, a la que poco caso se hace hoy día. ¡Es tan contraria a la naturaleza!
Dios, para Dolmancé, es “el fantasma creado al instante donde la razón no ve más nada”, un fantasma “abominable”, “fruto del temor en unos y de la debilidad en otros”, un “ser inerte” cuya existencia encuentra imposible y, es más, suponiendo que exista “seguramente sería el más ridículo de todos los seres”. Y escribe sobre la naturaleza “que jamás suspende su movimiento, y produce en sí misma todo aquello que los idiotas se complacen en atribuir gratuitamente a ese Dios”. Dios, esa idea que no sirve para explicar nada: “¿Cómo querés que admita, por algo que no comprendo, una cosa que comprendo menos aún?”
“Sólo a través del dolor se llega al placer”, escribiría Sade. “Nada es más deprimente que imaginar al Texto como un objeto intelectual (...) El texto es un objeto de placer”, dice Roland Barthes en el prefacio a Sade, Fourier, Loyola, donde analiza, entre otras cosas, las elecciones y funciones del alimento, la vestimenta, el dinero y la educación en la obra del marqués. “La práctica sadista está regulada por una gran noción de orden; las irregularidades son enérgicamente reguladas, el vicio es desenfrenado pero no carece de orden”, indica allí. Y, también: “Todo Sade es soportado por la escritura de Sade. Su tarea, en la que es brillantemente exitoso, es la de contaminar recíprocamente lo erótico y lo retórico, el habla y la delincuencia, el introducir súbitamente en las convenciones del lenguaje social las subversiones de la escena erótica, al tiempo que el precio de esa escena es deducido del tesoro del lenguaje. Esto puede ser claramente observado al nivel de lo que se llama, tradicionalmente, estilo”. “Esa aparente frialdad de su estilo –como un incendio congelado- no es otra cosa que la luz de una razón deshinibida y penetrante, o el casi abrumador abismo de libertad ilimitada que los esquemas de su pensamiento, como un juego infinito de espejos multiplicados, proponen a la razón humana” escribe Rodolfo Alonso en el estudio preliminar de sus cuentos para la Biblioteca Básica Universal del Centro Editor de América Latina.
“No siempre se puede hacer el mal. Privados del placer que éste nos da, compensamos al menos esta sensación con la pequeña y excitante maldad de no hacer el bien jamás”, encontramos en Sade. “No hay ninguna acción, por más singular que la consideréis, que sea verdaderamente criminal (…) Todo está en función de nuestras costumbres y del punto geográfico en el que nos encontremos; lo que aquí es un delito a menudo es considerado virtud unas cien leguas más abajo (…) No hay horror que no haya sido divinizado, no haya sido mancillada”. Las ideas del bien y el mal, del crimen y del castigo, de la virtud, del placer y de la belleza, son trabajadas por él con obsesiva insistencia: “El remordimiento, es decir, el órgano de esa voz interior que acabamos de llamar conciencia, es una debilidad perfectamente inútil que debemos ahogar con todo el vigor del que seamos capaces; pues el remordimiento ni una sola vez deja de ser el producto del prejuicio producido por el temor de lo que nos puede ocurrir después de haber hecho algo prohibido, de la naturaleza que sea, sin examinar si es bueno o malo. Eliminad el castigo, cambiad la opinión pública, destruid la ley, trasladad al sujeto, el crimen existirá siempre y el individuo no tendrá, por lo tanto, remordimientos. (…) Es de locos y de extravagantes no hacer todo lo que nos plazca, arrepentirnos de lo que hemos hecho. El remordimiento es, pues, solo una debilidad pusilánime…”, alecciona en Juliette. Y también: “La verdadera sabiduría, mi querida Julieta, no consiste en reprimir los vicios, porque los vicios constituyen casi la única dicha de nuestra vida; sería convertirnos en nuestro propio verdugo. La dicha consiste en entregarse a ellos con tal misterio, con tantas precauciones, que jamás sea uno sorprendido. Que jamás se piense que este misterio disminuye el placer, por el contrario, el misterio lo acrecienta. Por otra parte, tal manera de actuar asegura la impunidad, ¿y no es la impunidad el más delicioso alimento de los pervertidos?”.
En boca de la Señora de Saint-Age, dice: “La imaginación sólo nos es útil cuando nuestra mente está libre de prejuicios”. “Todo es bueno cuando es excesivo”, se escucha entre las primeras líneas de la versión cinematográfica de Pier Paolo Pasolini de Los 120 días de Sodoma. El manuscrito de ese libro fue escrito por Sade en la Bastilla, en un período de solo 37 días, cada atardecer, entre las 19 y las 22 horas, concluyéndose el 27 de noviembre de 1785 y publicándose póstumamente. Su obra estuvo prohibida hasta entrado el siglo XX para su circulación, por considerársela obscena. “Solo me dirijo a personas capaces de entenderme, y éstas han de leerme sin peligro”, consideraba Sade.
En 1789, en ese estado de reclusión, le llegó la noticia de que se estaba gestando la Revolución. Narra Apollinaire: “Se le ocurrió valerse, a guisa de megáfono, de un largo tubo de hojalata, una de cuyas extremidades terminaba en un embudo, que le habían proporcionado para que vaciara sus aguas en el foso a través de la ventana, que daba sobre la calle Saint-Antoine. Gritó repetidas veces que ‘a los prisioneros de la bastilla se los degollaba y había que liberarlos’. Por entonces había muy pocos prisioneros en la bastilla, y es harto difícil llegar a descubrir las razones que excitaron la furia del pueblo y lo impulsaron, justamente, contra una prisión casi desierta”. También cuenta que arrojaba papeles con notas donde detallaba las torturas. La toma de esa fortaleza medieval se produciría el 14 de julio de ese año. Sade ese día ya ni siquiera estaba, había sido trasladado. ¿Fue él, con estas insistencias delirantes, quien logró captar la atención del pueblo? “Y la libertad que nos tiende los brazos, esta preciosa libertad de la que ya gozamos con sólo aguardarla, sostendrá nuestro valor y lo hará capaz de todo”, había escrito en un petitorio al Rey de los franceses como ciudadano de París. Y, en la misma hoja: “Los abusos no pueden subsistir cuando la razón se depura”.
En su cuarto se encontró el manuscrito de La escuela del libertinaje: pasó de mano en mano, de generación en generación en la familia Villeneuve-Trans. Un doctor lo vendió en una librería de París a muy buen precio a un aficionado alemán. “El manuscrito está escrito de ambos lados, con letra casi microscópica. El último poseedor del manuscrito lo tenía guardado en una cajita de forma fálica”, cuenta Guillaume.
Sade no estaba ahí porque diez días antes había sido trasladado al Manicomio Charenton-Saint-Maurice, por orden del Rey. “Todos los hombres son locos”, escribiría. Un decreto de la Asamblea Constituyente le devolvió su libertad; salió de allí en marzo de 1790. Su mujer, que terminó también en el convento de Saint-Autre, logró una sentencia de separación “de cuerpos y de habitación” y no quiso volver a verlo. Ella se dedicó a obras de caridad y murió en su castillo de Echauffour el 7 de julio de 1810.
En libertad, el marqués publicó obras, hizo representar piezas en París, Versailles y Chartres. Volvió a dedicarse al teatro –había ya escrito, montado y actuado piezas de dramaturgia, tragedias y comedias. Entretando, experimentaba serias dificultades económicas. Buscó trabajo sin suerte, ofreciéndose como bibliotecario, redactor, empleado para tareas administrativas en gabinetes o museos. Vivía con una mujer delicada y silenciosa a quien llamaba “su Justine”.
Durante esos años, avanzó con las versiones de Juliette, pero fue arrestado en casa de su editor cuando estaba llevándole la última, que sirvió como pretexto para la detención. Fue encerrado en Saint-Pélagie, de allí transferido al Manicomio de Bicetre, y de ahí de vuelta, en 1803, Charenton.
Ahí murió en 1814. En diciembre se cumplen, justamente, doscientos de su partida. Tenía 75 años de edad, había pasado por 13 prisiones diferentes bajo tres regímenes distintos y se habían consumido 27 años de su vida en reclusión. “La desdicha nunca me envilecerá”, redactó.
Pidió ser enterrado en un pequeño monte espeso del bosque de su tierra, en la Malmaison, comuna de Mancé, cerca de Épernon. “La muerte no es una destrucción”, apenas una modificación de las formas, para Sade. En su testamento, firmado en Charenton en 1806, prohibió que su cuerpo fuese abierto, “cualquiera fuere el pretexto”: “La fosa, una vez cubierta, será sembrada de bellotas, a fin de que, por consecuencia, hallándose el terreno de dicha fosa otra vez guarnecido, y hallándose el monte tan espeso como antes lo estaba, las huellas de mi tumba desaparezcan de la superficie de la tierra, como me jacto de que mi memoria ha de borrarse de la mente de los hombres”.