Diego Font: La literatura como un ejercicio colectivo

Miércoles 18 de marzo de 2015
En el camino por descrubrir las nuevas-nuevas voces de la litertura argentina, Mariano Vespa nos lleva a Tucumán, para conocer a Diego Font.
Producción: Mariano Vespa (@siskador)
El campo literario argentino tiene poco de federalismo. Poco más de un ochenta por ciento de la producción editorial se centraliza en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires. Más de quinientas editoriales están registradas en ese enclave. Estos indicadores y tantos otros, sirven de base para pensar no solo la producción sino también la circulación del libro. No deja de ser un detalle que muchos de los escritores visibles de Córdoba, Rosario o Entre Rios se hayan mudado a Buenos Aires en el último tiempo. Frente a un panorama editorial que se centraliza pero a la vez se atomiza, surgen figuras –llamémosle gestores culturales- que retroalimentan el circuito. Suelen ser escritores, editores u otros agentes, que trabajan con la cabeza puesta en difundir aquellos proyectos singulares. Algo así sucede en Tucumán, con los talleres literarios Ampersand y El juguete rabioso, que sirven como territorio de prueba y de impulso de nuevos narradores. Diego Font (San Miguel de Tucumán: 1991) es una de las voces más interesantes surgidas de esos talleres. Hablamos con él para comprender de qué manera la literatura es también un ejercicio colectivo.
—El taller Ampersand —explica— comenzó a dictarse en 2009, a cargo de los profesores Diego Grillo Trubba y Maximiliano Tomas. Continuó durante el 2010, bajo la dirección de ambos profesores, sosteniendo la misma dinámica: se mantuvo un núcleo de alumnos del año anterior y se incorporaron nuevos. Durante este período el número de personas que formaron parte del taller fue mayor a sesenta. A partir de 2011, el taller fue conducido solo por Maximiliano, restringiéndose la cantidad de alumnos a doce. El taller surgió como un espacio de formación de escritores, donde los participantes leen sus textos y reciben devoluciones del grupo y del profesor invitado. La búsqueda inicial fue trabajar los cuentos para que funcionen dentro del género, teniendo en cuenta muchas cuestiones, como estructura, registro, fluidez de lo que se cuenta, o pulir la voz propia. A lo largo de las devoluciones siempre surgían recomendaciones de libros, películas, o series que tengan algo que ver con los cuentos leídos o no necesariamente. Actualmente los organizadores de este taller son Marcela Canelada, Blas Rivadeneira, Luis Acardi Lobo y Horacio Paz. Tambien cuenta con la participación estable de Luciana Grimanesa Lázaro, Valentin Monroy, Ezequiel Nacusse (autor de Primera Persona, Culiquitaca), Veronica Barbero, Miguel García, Fernanda Guerra, Fabricio Jimenez Osorio (Bifurcaciones falaces, Culiquitaca) y Gabriela Bosso (Acerca de Judas, Ediciones Altazor). En el 2014 se organizó un ciclo de lecturas llamado "Escritores en la mira", con la ayuda de la Fundación Analítica del Norte, que nos brindó el espacio y otros recursos. Hace tiempo que se viene organizando una antología del taller, hasta el año pasado no habíamos tenido propuestas o la posibilidad de publicarla. A fines del 2014 le ofrecimos a la editorial Blatt&Rios publicarla con ellos, todavía sin fecha de edición.
El taller "El Juguete Rabioso" comenzó a ser dictado a principios del 2014, por Blas Rivadeneira y Ezequiel Nacusse, con la idea de trabajar narrativa y poesía. Aparte de leer y la devolución grupal de los textos, se discute sobre los modos de hacer y pensar la literatura. En cuanto a las lecturas propuestas, se buscó salir de los clásicos como los autores del Boom y de la literatura de corte realista, recomendando a Mario Levrero, César Aira, Juan Carlos Onetti del lado latinoamericano, Paul Auster, Thomas Pynchon y Alfred Hayes como ejemplo de autores internacionales. En este taller no se invitaron profesores, pero si se organizaron dos ciclos de lectura en el MUNT (Museo de la Universidad Nacional de Tucumán) para los que se invitó a Osvaldo Bossi y a Mariano Blatt. En estos ciclos leyeron alumnos del taller y los invitados. Para el 2015 ya está confirmado un nuevo ciclo, para el que confirmó su presencia Gabriela Cabezón Cámara. Actualmente estamos organizando un Festival Internacional de Literatura (FILT) que cuenta con el apoyo de una beca del Fondo Nacional de las Artes al que el taller presentó el proyecto. Aparte de los coordinadores del taller ya nombrados, participan en la organización del festival: Luciana Grimanesa Lázaro, Alhena Landsman, Sofía Landsman, Ivanna Décima Fasola, Sofía de la Vega, Joaquín Farizano, Julian Miana, Alvaro Tejerizo, Stella Maris Peralta, Valentin Monroy, Arturo Enrique Pelejero, Nicolás Andjel, Ezequiel Varga y Nacho Jurao.
— ¿Cómo es la dinámica de los talleres?
—En ambos talleres consiste en el análisis minucioso de los textos de cada participante, primero por el grupo y finalmente por el profesor invitado (en caso de que se invite). Durante la devolución el autor no puede intervenir, la idea es que el texto se defienda solo, al final se deja que aclare algunos puntos o de su opinión sobre lo que se debatió. Al escuchar los textos ajenos e intervenir en las devoluciones se adquiere una especie de método que funciona para corregir cuentos propios. Siempre se respeta el estilo del autor, si escribe ciencia ficción no se trata de llevar el relato a que sea realista, se lo toma dentro de la tradición que cada uno elige. Se hace un análisis de la estructura del cuento, el registro y la trama, siempre buscando que funcione mejor. Uno de los pasos más importantes que uno aprende en estos talleres es a encontrar la voz propia, que permite diferenciar un texto propio de las influencias directas de nuestras lecturas frecuentes; lo cual no significa eliminar todo rastro de influencias, pero si formar una manera de contar propia.
— ¿A qué escritores invitaron? ¿Qué les posibilita su intervención?
—Los escritores invitados fueron muchos y muy variados, la participación de ellos fue fundamental para enriquecer las devoluciones de los participantes y adquirir una técnica cada vez más efectiva a la hora de corregir y producir textos. En el taller Ampersand participaron como invitados: Diego Grillo Trubba, Maximiliano Tomas, Federico Falco, Samanta Schweblin, Juan Terranova, Hebe Uhart, Damián Rios, Juan Diego Incardona, Marisol Alonso, Luciano Lamberti y Eduardo Muslip.
—¿Cómo ves el movimiento literario en Tucumán?
—Está creciendo bastante, por suerte se están formando espacios muy interesantes. Los dos talleres que mencioné (participo en ambos) se complementan y siempre están creando propuestas para movidas literarias. En los ciclos literarios que organizamos también invitamos a la gente de otros talleres tucumanos, a los organizadores de revistas literarias (Literanos, Trompetas Completas) y a editores y colaboradores de algunas editoriales (Culiquitaca).
—Que el desarrollo editorial se centralice en Buenos Aires, ¿es una barrera para la visibilización de sus proyectos?
—Puede ser, pero más que nada la principal dificultad es el hecho de la publicación y distribución de libros, que aquí en Tucumán se complica por la falta de opciones y los altos precios. Sin embargo considero que los ciclos literarios, la invitación de escritores reconocidos, la organización de un festival de literatura internacional nos va a permitir que nuestros proyectos sean visibles no solo en Buenos Aires, si no también en provincias del interior como Córdoba, Rosario, Salta, Jujuy, Santiago del Estero, donde también el movimiento literario está creciendo y consolidándose.
***
Una de las consignas del taller era construir un cuento de personajes – especificamente dos mellizas prostituas-, escrito en tercera persona, en el cual la melliza más linda es la que más trabaja y menos cobra. A la vez contar cuando ellas van a ver una ballena o un pingüino en la su infancia. Así surge "Moscú", relato inédito de Diego Font:
Aimé tenía setenta años cuando decidió convertirse en prostituta. Antes de salir a trabajar por primera vez, se lo contó a Chita, su hermana melliza. Esa noche estuvieron discutiendo cerca de una hora en el cuarto que compartían. Aimé dijo que estaba interesada en la experiencia más que en la plata. Chita pensó que toda la idea era un chiste, que en cualquier momento su hermana iba reírse en su cara; se puso seria, ella no estaba para bromas. Aimé sacó del placar las medias de red que había comprado la semana pasada, un rouge que usaba para los velorios y una caja de bronce donde guardaba sus ahorros. Suplicó a Chita que la entienda, necesitaba su aprobación para trabajar tranquila. Se quedaron calladas unos minutos, Aimé fue a buscar agua al baño para tomar sus pastillas. Al volver al cuarto, Chita estaba revolviendo la ropa del placar. De una caja de cartón sacó un vestido rojo con lunares blancos, lo había usado por ultima vez hacía dos años, A mi ya no me va a entrar, pero a vos te va a venir perfecto... a ver, probátelo. Aimé se desnudó y se probó el vestido sin ropa interior. Le sonrió al reflejo de su hermana en el espejo, ¿Estás segura? Chita calculó rápidamente las consecuencias que le esperaban a ambas, se levantó de la cama y abrazó a Aimé como si esta se fuera de viaje al exterior, Aimecita, mirame, si es lo que vos querés no te voy a dejar sola... Ahora tenemos que comprar un vestido para mi también.
Se pasó el delineador con un espejo de mano mientras Chita le alizaba el pelo. En media hora tenía que encontrarse con Seisa, había convencido a su hermana que la dejara ir sola esa noche, al otro día arreglarían para trabajar juntas. Se pintó los labios, acomodó el escote dejando que se vea apenas el borde superior de los pezones. Tambaleándose en los zapatos de taco alto llegó al marco de la puerta, apagó la luz y se despidió de Chita. Bajó las escaleras pegada a la pared, pensó en ir descalza hasta la puerta de entrada y después volver a ponerse los zapatos, pero quería practicar para no caerse en las calles de tierra. En el pasillo de la planta baja escuchó los ruidos de la fiambrera, eran las doce y los vecinos no habían cerrado el negocio. Pasó delante de la cortina hecha con tiras de tetrapack que comunicaba con el local, su sombra oscureció las manchas de luz que se dibujaban en la pared del pasillo. Afuera lloviznaba, Aimé se arrepintió de no haber llevado la campera de jean.
Seisa se apuró a abrir la puerta cuando Aimé le golpeó la ventanilla con dos dedos, la calefacción había hecho empañar los vidrios y no la vio llegar. Se alejaron del centro por la avenida principal, doblaron en el parque. El auto aceleró por unos caminos de tierra que terminaban en un autódromo abandonado. Seisa frenó delante de unas chapas que antes habían sido la boletería, Esta es tu esquina, empezás el jueves a las diez en punto. A menos de cien metros se podían ver las luces de una calle que Aimé no reconoció. Seisa inclinó la cabeza y se sacó los anteojos de sol, señaló un punto entre dos negocios bien iluminados ¿Ves la guardería esa, al lado del Grido? Bueno, ahí dejan a los pendejos, vos tenés que hacerte ver por los que salgan de ahí, andan todos en auto. Seisa también le pidió disculpas por decirle que venga vestida, no había tenido tiempo de reubicar a la chica que reemplazaría, pero que igual era bueno que se acostumbre al maquillaje y las tangas. Aimé se distrajo en el conjunto deportivo de Seisa, era de un naranja fluorescente, al lado de la palanca de cambio guardaba una toalla de mano y una botella de Gatorade. Cuando sintió que su mirada era indiscreta, sacó el tema de su hermana, ella la quería acompañar, también estaba dispuesta a prostituirse. Los ojos de Seisa se achinaron, bajó la ventanilla hasta la mitad y prendió un cigarrillo, Eso no es problema, que venga el jueves también. Se ofreció a acercarla hasta su casa, Aimé dijo que la deje donde se habían encontrado, quería tomar un café en la estación de servicio.
Tenía que hacer tiempo, sus vecinos seguirían cortando fiambre para los encargos del día siguiente. Dejó que el café se enfrié y pidió otro. En la playa de la estación había dos taxis y una camioneta cargando gnc. Uno de los playeros estaba apoyado contra la heladera donde guardaban las bolsas de hielo. Aimé fijó la mirada en el muñeco de nieve que decoraba uno de los costados, rodeado de hielos flotantes. La imagen hizo que recordara la única vez que había visto la nieve. Tenía apenas veinte años, el circo de Moscú visitaba la ciudad y Chita la había convencido para ir. Antes de comprar la entrada, rodearon el descampado para convencerse de que valía la pena pagar. La jaula de los tigres disfrazados de enfermeras, los puercoespines entrenando en pelotas de futbol y la pitón enroscada en un poste de luz dejó a Chita y Aimé más que conformes. Estaban contando la plata cuando vieron un frigorífico gigante al final de la carpa. Como nadie cuidaba esa parte, corrieron el pasador de la gran puerta de acero y entraron. Un viento helado les mojó el pelo, en el piso se formaban pequeñas lomas de nieve grises y negras; sólo había un foco en el techo, el espacio se aproximaba a una cuadra entera. Aimé juntó escarcha con sus manos, no le importaba ver si no sentir la nieve en su piel. Chita buscaba los animales, Acá tiene que haber focas, ¡Estoy sergura que vamos a encontrar focas! Buscaron por todos los rincones, a veces a tientas en plena oscuridad. Pasó cerca de media hora, los dedos de las manos se les entumecieron, el frío en sus caras se volvía ardor. Cuando decidieron abandonar el frigorífico, Aimé vio un pingüino parado en una de las lomas, muy cerca de la salida. Caminaron en puntas de pie para no espantarlo. Estaba de perfíl, alrededor del ojo tenía una mancha blanca que bajaba hasta su sombra. Se detuvieron a menos de un metro de distancia, el pingüino permanecía inmóvil, Aimé notó que no pestañaba. Se sintió ridícula por esperar que dé un salto o haga alguna maniobra en el aire, a la vez le dio miedo pensar que estaba petrificado, ni siquiera se lo oía respirar. Chita se acercó para tocarle el pico, una especie de lubricante se le pegó en los dedos. Aimé la tomó del brazo, le dijo que tenían que salir de ahí. La arrastró hasta la puerta y con las manos congeladas corrió el pasador. Atravesaron la cola que se formaba en la boletería y se subieron a un colectivo, ninguna de las dos volvió a hablar de ese circo. Aimé terminó la tercera taza de café y ya eran las dos. A pesar de estar a un par de cuadras, tomó un taxi. Las luces de la fiambrería estaban apagadas, subió las escaleras, se lavó los dientes, tardó tres horas en dormirse.
Llegaron a la esquina del autódromo a las diez menos cuarto. La puerta de la guardería estaba abierta; a pesar de la distancia, Aimé distinguió el mostrador vacío. Un auto de vidrios polarizados frenó cerca de la heladería. Se bajó un tipo rubio y alto, de ojos grises. Levantó al bebé que dormía abrazado al cinturón de seguridad en el asiento de acompañantes. Del baúl sacó un andador donde puso a su hijo con las patitas para arriba. Empujó el andador con un pie hasta la entrada de la guardería, sin entrar ni llamar a nadie cerró la puerta. Silbó con cuatro dedos en la boca, el ruido hizo eco en las tribunas del autódromo. Aimé se adelantó unos pasos, levantó un brazo y lo agitó nerviosa. Antes de irse, se volvió hacia Chita, le hubiera gustado decirle que el vestido nuevo le quedaba dos talles más chico, que se había puesto demasiado anti-ojeras, pero no había tiempo. Cruzó la calle, en la esquina derecha, la más iluminada, vio a Seisa enlongando contra un poste de luz. El tipo la invitó a subir al auto, tenía acento porteño. Aimé le sonrió, se inclinó hacia atrás para dejarlo abrir la puerta. Cuando el auto se puso en movimiento, Aimé bajó la cabeza hacia las piernas del conductor. Le desprendió el botón del jean, estaba por bajarle el cierre cuando el porteño la alejó con una mano, sin separar la vista del parabrizas. Aimé se reclinó en el asiento y miró por la ventanilla, un olor agrio que venía del tapizado le humedeció los ojos.
Estacionaron cerca de un local que por fuera parecía un boliche, arriba de la puerta de entrada había unos tubos fluorescentes que formaban la palabra Gel. Atravesaron un pasillo angosto, en las paredes había una enredadera de mangueras transparentes con luces de neón azules. Al final había un escalón donde empezaba la sala principal. Era un espacio reducido, cinco mesas ocupadas por hombres dormidos que apenas mantenían el equilibrio en sus sillas. El porteño los conocía a todos, se acercó a cada mesa y les dio una palmada en la espalda mientras hacía un comentario amigable que ninguno escuchó. Aimé se había quedado parada en el borde del escalón esperando que le digan que hacer. Cuando se decidió a bajar, pisó mal y se rompió el taco de un zapato. Lloró de la vergüenza, se había torcido el pie y no podía levantarse. El porteño la ayudó a caminar hasta un mostrador, de un cajón que tenía llaveros de distintos colores sacó el amarillo. Aimé saltó en un pie por el pasillo de las habitaciones, la amarilla era la penúltima. Pasó y el porteño cerró la puerta con llave. Revoleó los zapatos y se arrancó las medias de red, caminó de rodillas hasta la hebilla del cinto del porteño, No hace falta que te saques la ropa, y yo prefiero dejarme el pantalón puesto, lo dijo en un tono frío, no era un reproche, sino más bien una orden. Se sacó el traje y lo colgó en una percha, dejó la camisa tirada en el piso. Fue hasta la mesa de luz y pidió un vaso de vidrio vacío por teléfono, ¿Vos querés algo?, Aimé negó con la cabeza. En menos de un minuto golpearon la puerta, una mano le extendió el vaso y el porteño volvió a cerrar con llave. Se sentó en la cama, respiró profundo, le indicó a Aimé que se agache delante de él. El piso era alfombrado, de color amarillo y estrías blancas. El techo tenía pegados pedacitos de espejo en los que Aimé vio su espalda distorcionada. El porteño le agarró las manos y fue bajando todos los dedos hasta dejar sólo los índices extendidos. Le movió las muñecas para mostrarle los masajes que tenía que hacer alrededor del pezón derecho, le decía que presione en ciertos puntos. Cuando pudo hacerlo sola, estiró los brazos y cerró los ojos. Aimé trataba de excitarlo, apretaba el pezón hasta casi juntar los dos dedos entre la piel que transpiraba con el calor de la habitación. El porteño no gemía, ni siquiera se le aceleraba la respiración, de vez en cuando le decía a Aimé que presione más suave.
—Si no pasa nada en diez minutos, vamos a tener que volver en dos horas.
— ¿Lo estoy haciendo mal?
—No, no... vas bien, es que me quedé pensando en mi esposa, me tenía que avisar para que la busque del trabajo —Aimé rozó el pezon con una uña, estaba más erecto que cuando habia empezado a masajear.
—Es que soy nueva, no me explicaron más que lo de la guardería.
—Si sale de la oficina y la agarra la lluvia me va a matar, encima tengo que pasar por el super antes.
Aimé aceleró los movimientos, dibujaba círculos con la punta de los dedos, tenía ganas de masturbarlo, en el pantalón no habían señales de una erección. El porteño acercó el vaso sin que Aimé se diera cuenta, puso el borde abajo del pezón justo antes de que salte el primer chorro. La leche era espesa y blanquísima, Aimé se entusiasmó y apretó más fuerte. Del pezón brotó un hilo continuo que sólo alcanzó para menos de medio vaso. El porteño buscó su billetera, le dió veinte pesos y se puso la camisa. Aimé no estaba conforme, pensó en discutir pero tampoco sabía cuál era el precio convencional que se cobraba por ese tipo de actividades. Su primer cliente descolgó el traje, se tomó la leche de un trago y salió de la habitación.
Fue rengeando hasta la sala principal, con los zapatos en la mano. Seisa estaba apoyado en el mostrador, con la remera transpirada y la toalla colgando de un hombro. Abajo de una mesa vio la espalda semidesnuda de Chita, masturbaba con ambas manos a un adolescente que roncaba. Cuando se levantó tenía toda la cara cubierta de semen, Seisa le dijo 300 y Chita sacó tres billetes del bolsillo del chico. Aimé preguntó quién era su próximo cliente, Si no te dijo que vuelvas, estás libre por hoy, Seisa hablaba mientras le señalaba a Chita una erección en la mesa de al lado. Aimé se quedó un rato más, sólo para ver como su hermana se hacía penetrar por otro chico que tenía la cabeza colgando del respaldar de la silla.
Esa semana Aimé siguió trabajando en la habitación amarilla, no juntó más de cincuenta pesos. El viernes estuvo con el gerente de un local de ropas que durmió la siesta boca arriba encima suyo. Al otro día un cerrajero le pidió que le haga dibujos con una lapicera en el brazo mientras el cantaba boleros. El domingo Seisa les dijo que descansen, Gel cerraba ese día. Chita estaba agotada, le dijo que había conocido casi todas las habitaciones. La frustración de Aimé aumentó cuando su hermana se puso a contar los billetes en la cama. Si bien no le importaba la plata, le parecía injusto que Seisa haga tanta diferencia. Esa noche, después de asegurarse que Chita estaba dormida, bajó a la fiambrería y compró doscientos gramos de salame. Sentada en la cama, hacia rollitos que comía sin hacer ruido. Se imaginó en Gel, haciendo todo lo que su hermana disfrutaba, mientras Seisa le apuntaba con una pistola en la sien. Chita había abusado de su papel de acompañante, se arrepintió de haber confiado en ella. Antes de quedarse dormida, pensó en la única solución que se le ocurría: matar a Chita. En el mismo instante que esas palabras se formaron en su mente se convenció de que eran alucinaciones del cansancio. Estaba por darse vuelta para quedar boca abajo cuando percibió un movimiento que avanzaba en el silencio, cerca de los pies de su cama. Estiró el brazo hacia la mesa de luz que separaba la dos camas de la habitación, encendió la lamparita. Chita sostenía con ambas manos su almohada, rozando la cara de Aimé. Al ser descubierta sintió que el calor de la luz le apuntaba, trató de disimular Tomá, para que duermas mejor, puso la almohada encima de la que había bajo la cabeza de su hermana. Antes de apagar la lamparita, Aimé contó tres formas diferentes de asesinar a Chita.
Salió del baño mojando el piso, Seisa la había llamado para hacerle acordar que ese día arrancaban a las once de la mañana. Chita preparó el desayuno, la llamó desde la cocina Después te cambias, vení que se enfría el café. Había puesto el mantel que usaban sólo para navidad, el juego de tazas con bordes bañados en oro, las cucharitas de plata. Aimé se sentó en el borde de la silla, el respaldar brillaba como si la madera estuviera recién barnizada. El borde del mantel chorreaba, los platitos parecían cubiertos por un glaseado de porcelana. En el café flotaba un líquido aceitoso. Las masitas tenían olor a insecticida, Aimé separó los tocinitos del cielo. Apenas pudo resistirse a probarlos, Chita sabía que eran sus preferidos. Las tortillas saltaron de la tostadora, Chita fue a la cocina. Aprovechando la ausencia, Aimé se arrancó un mechón de pelo y lo puso en el café de su hermana, revolvió con la cucharita para que no se note. El estómago de Chita no disolvería los pelos, y si bien tardaría en matarla, un mechón todas las mañanas aceleraría el proceso. Cortó las tortillas a la mitad, Aimé las rechazó Mejor si me voy a cambiar ya, vos deberías hacer lo mismo. Chita tomó el café de un trago, los pelos quedaron en el fondo de la taza.
Fueron directo a Gel, Seisa las esperaba en la puerta. A Chita le tocó la habitación celeste, al frente de la amarilla. La puerta era giratoria, Aimé podía escuchar los pasos de una multitud que entraba y salía de la habitación formando un círculo. El teléfono sonó al lado de Aimé, estaba sola, esperando a un cliente atrasado. El ruido inconfundible de los tacos de Chita se acercó hasta la puerta. El picaporte se movió, hizo girar la llave. Aimé trató de esconderse, se encerró en el baño. Era un espacio alargado que terminaba en otra puerta, con azulejos en las paredes y una hilera de por lo menos veinte mingitorios. Chita entró en la habitación amarilla y buscó bajo la cama, eso dio tiempo a que Aimé abra la puerta al final del baño. Prendió la luz, el tapizado era rosa, bajo la alfombra se movían cuerpos pegadados a la pared. Cantaban Estamos invitados a tomar el té en distintos tonos, adelantándose y haciendo pausas. Aimé saltó hacia la cama en el centro de la habitación, tuvo que pisar a la cabeza de alguien para abrir la siguiente puerta. Corrió por un pasilllo sin techo, la lluvia le mojó el vestido. Chita la alcanzaría en cualquier momento, estaba desnuda, el agua resbalaba en el aceite que se había tirado hasta en el pelo. De una puerta al costado del pasillo salió Seisa, las saludó al verlas pasar; se puso a hacer abdominales bajo techo, no le gustaba correr bajo la lluvia. Llegaron a la habitación dorada, un tipo con camisa hawaiana se agarraba con pies y manos de un ventilador de techo; abajo lo esperaba una mujer fisicoculturista que pegaba cintarazos a las paredes. Aimé se agachó para esquivar los golpes, el tipo cayó del ventilador; resignado se acostó en el piso y empezó a mover las piernas como si andara en bicicleta mientras la fisicoculturista jugaba a sacarle los pantalones. El baño dorado comunicaba a la última habitación, Aimé dejó que Chita la alcance. Los muebles flotaban en un lubricante amarillento, el aire acondicionado estaba en dieciséis, las paredes tenía pequeños agujeros por donde entraba una luz infraroja. En un rincón, con una bufanada escocesa, había una foca bebé que temblaba de frío. Chita dejó de ahorcar a su hermana, con lágrimas en los ojos se tiró al piso salpicando las paredes blancas con lubricante, Decime que nos la podemos quedar, por favor, te prometo que la voy a cuidar bien. Aimé cargó la foca en sus brazos, de camino a casa compraron nieve en la estación de servicio.