Cuatro poetas cordobesas III

Martes 27 de octubre de 2015
Tercera de las entregas de la serie a cargo de la autora de Alucinaciones en la alfalfa. Hoy, Elena Anníbali con nosotros.
Selección de Griselda García.
Elena Anníbali nació en Oncativo, Córdoba, en 1978. Es licenciada en Letras Modernas de la Facultad de Filosofía y Humanidades, U.N.C. Publicó Las madres remotas (Editorial Cartografías, 2007), Tabaco mariposa (Editorial Caballo negro, 2009), “El tigre” (relato, en EDUVIM, 2010) y La casa de la niebla (Ediciones Del Dock, 2015). Colaboró en antologías de poesía y cuento en Argentina y el exterior. Se dedica a la docencia y a la investigación.
a
De La casa de la niebla (Ediciones Del Dock, 2015).
a
I
señor,
vos le diste a mi hermano un ford falcon rojo
para llegar a la casa de la niebla
y después qué
¿le dijiste?
¿le explicaste que el camino estaba cortado?
¿que el motor estaba roto?
¿que todo estaba roto?
¿que no había vuelta?
¿qué hiciste, cómo
para convencerlo?
para que te diera la mano
se sentara en la sillita de mentira
dejara que la oscura hostia de tu nombre
le llegara a la boca
¿o le metiste una piedra?
o una moneda, un gancho,
un papelito
de dónde lo enmudeciste, lo hiciste
olvidar
olvidarnos
qué señas le habrás hecho para que en vez de volver a casa
apagara el motor del falcon
se escurriera de la sedosa perfección del cuero
de la música en la radio
del ronroneo cachondo del auto
y se bajara con vos
para ir adónde
¿a cazar pajaritos?
¿a ver el dorado pasto extinguirse tras el fuego del invierno?
¿a romper el cristal del agua para que beban las crías?
o era verano, quizá, por entonces
y le diste el agua peligrosa de tu cielo
entradora, el agüita, sí
clarita, el agua, bueno
pero detrás de eso vos sabés que un agua así da más sed
uno se entierra más en el pozo
y más
hasta echarse tierra en el lomo
y ni el ángel constante y poderoso de los molinos de viento
puede salvarte
no
¿sabías que mi hermano iba a decir sí?
cuando viste el polvito que levantaba el falcon rojo en el camino
no pensaste dejarlo ir?
aunque sea, señor, porque él era toda belleza,
a esa edad,
toda alegría
toda
razón de ser
a
X
ya
no soy una mujer silenciada, puedo
hacer lo que quiera
ya no puedo echarle la culpa a un hombre
al trabajo
a la falta de tiempo o dinero
¿querés escribir? -me dije-
vas
a escribir, entonces,
sin quejarte
sin victimizarte
y cuando puedas
donde puedas
es así que entre las 7.30 y las 9.0 de los domingos,
antes de entrar a mi segundo trabajo
me siento en el bar y lo hago:
un ejercicio solitario y un poco clandestino
por una hora y media mi cuerpo es una casa que arde
el caleuche
la casa de los locos
las ventanas dan al infierno
el patio, el corredor con geranios
dan al infierno
después me pongo el uniforme
y la que fui por un rato
me saluda por las ventanas
el muñón, la cabeza ardida
y soy otra
y soy otra
a
XII
desde
el ojo ausente del muñequito, se abre
la puerta negra
¿qué es eso que brilla? –decís-
y metés el dedo, la uña,
la carne,
el resto
sentís
el mordisco, el rasguño, la patada
sentís
que el agujero te puede
te traga
te lleva
pero buscás, aún, el hueso
de tu dicha,
el cráneo de yorick en la maleza, buscás
la perla que el cuervo llevó a su nido
buscás
tu alegría como una idiota