Condición de las flores

Por Mario Bellatin
Jueves 09 de diciembre de 2010
Escritos en la época en que todavía no había alcanzado el reconocimiento, Bellatin boceta ideas que luego fueron compiladas en Condición de las flores (Entropía, 2008), un volumen que el autor ha dicho no haber leído. El texto, como dice Daniel Link en la contratapa, "no es una ensoñación, sino una fantasmagoría". Recuperamos este posteo: lo que se publicaba hace una década.
Por Mario Bellatin. Foto: Daniel Mordzinski.
Tiempo de orquídea
Lo que parezco buscar en un texto, como en cualquier manifestación artística a la que me enfrente, es la posibilidad de transitar por un espacio paralelo de la realidad, sometido a reglas propias. Pienso que no sólo en los libros o en el arte se pueden encontrar estas características. Siento que también pueden hallarse en los espacios religiosos, en los cuartos oscuros, en las casas del terror de los campos feriales, y en los estados personales cuando se encuentran exaltados.
Tiempo de rosa
Este ejercicio de desplazarme por espacios alternos hace que no esté seguro de que lea realmente los libros que pretendo leer. Más bien los contemplo, los admiro, husmeo en su interior. Para realizar una mecánica semejante es necesaria la presencia de varios volúmenes al mismo tiempo. De diferentes características además. Recuerdo épocas en las que he estado atrapado en quince libros o más. Esta práctica puede estar motivada por una necesidad de orden personal antes que artística. No pienso, al hacerlo, que semejante manera de leer me pueda servir para luego componer mis propias obras. Aunque si tomo en cuenta el método que utilizo para acercarme a los libros y la forma que tengo de crearlos, me parece que ya el simple hecho de apreciar un libro es una manera de creación.
Tiempo de clavel
Al creer que al encontrarme realizando determinada actividad no estoy buscando nada concreto para mi trabajo, quizá esté encontrando una serie de claves que luego utilizaré, de manera no consciente en la mayoría de los casos. Es de ese modo que regreso a todos los libros una y otra vez. Como si fuera una vuelta constante a un campo sembrado con claveles. Los tallos largos, las hojas verde oscuro. La idea del clavel antes que el clavel en su esencia. Tengo la sensación todo el tiempo de que regreso siempre a todos los libros a los que me he enfrentado. No importa la cantidad de títulos, lo que interesa es descubrir que la escritura no es más que una sola.
Tiempo de trébol
Como todos sabemos, existe una cantidad no medible de libros. Para poner orden en este juego constante en el que me siento participar --apreciando libros antes que leyéndolos--, prefiero hacer evidente la acción consciente de regresar, una y otra vez, sólo a los textos sagrados. La Torá, el Antiguo Testamento y el Sagrado Corán -el trébol ausente-son mis obras de referencia, principalmente porque a partir de ellas puedo formular mucho más fácilmente la idea de que los libros son infinitos, hasta los más elementales, infinito el espacio que separa una letra de otra.
Tiempo de cartucho
Ese infinito entre una letra y otra hace posible que no existan obras proscritas, ni autores a los cuales tema enfrentar por diversas causas, y menos porque puedan producir interferencia con mi propio trabajo. Todas y ninguna de las obras tienen que ver con los libros que vaya a escribir. Y no solamente considero que mi trabajo está compuesto por todos y por ningún libro en particular, sino además por las experiencias que haya podido tener no sólo con relación a las demás artes sino a todas mis vidas posibles.
Tiempo de azucena
Al considerar la escritura, entre otras cosas, como un arte más, es difícil lograr la separación que pueda establecerse frente a las otras disciplinas. En todo caso, si jugara a que la literatura se pueda apartar de las demás artes, lo que busco en ellas es la forma con la que cuentan para estructurar narraciones. Lo que aprendo de ellas es su forma de construcción. Eso no lo busco ni en la realidad, ni en los sueños que acostumbro experimentar, ni en la remembranza de un estado divino que me acompaña la mayor parte del tiempo. Aquellos estados que no pertenecen al plano de lo artístico se mantienen invariables a pesar de las circunstancias. Como una azucena después de haberse encontrado sometida a la lluvia.