Chica de oficina

Miércoles 30 de setiembre de 2015
En Workaholic, Natalia Gauna escribe el diario de la empleada administrativa de una obra social que registra cómo el trabajo envuelve la desidia, la alienación, los deseos frustrados.
Por Mariano Vespa.
1. Un limpiador de piletas, un vendedor de anillos artesanales, un moderador de comentarios de sitios webs, una empleada de call center, un profesor de escuela marginal. La nueva narrativa argentina ha tematizado con diferentes enfoques y texturas la problemática del trabajo. Quizás la conciencia post 2001 dejó su huella. Pocos ejemplos toman en consideración el espacio de la oficina, quizás uno de los espacios neurasténicos más importantes de las grandes ciudades. Puede citarse el relato “Hacia la alegre civilización de la capital”, del libro El núcleo del disturbio, donde Samanta Schweblin narra cómo un hombre no tiene cambio para sacar un boleto de tren, a instancias del boletero, comienza a realizar tareas en su campo. Despersonalización, vacío, y fuerza de voluntad son algunos de los ejes que pone en consideración Schweblin, valores que también se inscriben en Workaholic, primera novela de Natalia Gauna (Milena Caserola). Con el pulso del inminente desborde, la empleada administrativa de una obra social detalla en un diario todo lo que sucede entre la desidia, la alienación, el papeleo y los deseos frustrados.
¿Qué tiene de interesante narrar lo que sucede en un espacio a priori tan monótono como la oficina? La autora da cuenta de su interés:
—El mundo de la oficina no es pacato, todo lo contrario. Cientos de conflictos se desarrollan en un ámbito de tanta aparente normalidad y eso es sumamente rico para la ficción. Todos están en contra de todos y los intereses individuales se ponen en juego. Empleados y jefes están en pugna permanente aunque, es cierto, existe un poco de timidez. Eso se traduce en mediocridad o en una falta de rebeldía hacia el statu quo que nos impone el mundo de la oficina. La empresa nos hace creer que somos parte de algo. Siempre me llamó la atención cómo los empleados —sobre todo los antiguos— se refieren a “mi empresa” cuando, en realidad, el negocio es ajeno y no hay nada más ridículo que pensarse una pieza fundamental del engranaje administrativo. Creo que somos lo que hacemos y, en ese sentido, el trabajo nos define como seres. Trabajar —el destino de nuestro tiempo y de nuestra energía— dice quiénes somos, cuáles son nuestros deseos y, sobre todo, a qué renunciamos por pertenecer al mundo laboral. Los personajes de oficina son un gran atractivo. Todos cumplimos un rol que llega a ser más importante que nuestro nombre. En la oficina está "El Dueño", "El Jefe", "El Tesorero", "El de Pagos", "Los de Recursos Humanos", "Los de Contable", "La de Maestranza", "La Nueva", etc. ¿A quién le importa cómo nos llamamos? Somos un poco eso. El gran problema a resolver es cómo escaparse para justificar nuestra existencia. Después de todo, lo que se pone en juego es nuestra trascendencia. ¿O vinimos al mundo para llenar datos en una hoja de Excel?
2. Natalia Gauna nació en octubre de 1985 en Tres Arroyos, al sur de la provincia de Buenos Aires. Se formó en la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires y es Técnica Superior en Artes del Teatro por COSATYC. Participó en distintas revistas culturales, blogs de crítica teatral y en los portales MuchMusic y HTV. Relatos suyos aparecieron en distintas antologías. Forma parte del colectivo literario Las Claudias, con el que sacó un libro de relatos (Pelos; Editorial Outsider) y está preparando otro. Cree que las entrevistas de trabajo son situaciones de sometimiento ridículas.
3. La frase de Carson Mc Cullers “Todo lo que escribo me ha sucedido o me sucederá” permite pensar de qué manera Gauna se apropia de un lugar cercano, como la oficina, para desdoblarse y a la vez para entender de qué manera influyó en su escritura una situación trágica:
—Uno escribe con su arsenal, en eso la experiencia es inevitable. De todos modos, esto no quiere decir que todo lo narrado se haya vivenciado sino más bien, que lo segundo funciona como disparador, un escenario posible. Eso deriva en personajes jamás conocidos en el mundo real, situaciones jamás vividas y, sin embargo, algo de la verosimilitud está presente. Por lo menos para mí, el proceso de escritura tiene que ver con esto. Una experiencia sensorial y sensible que me deja una marca que —vaya a saber por qué— necesito traducir en palabras. Esto es algo que no había contado: hace unos meses murió mi abuela materna, a quien quería mucho, y cuando me encontré en el velorio no pude dejar de extrañarme, tomar distancia de esa situación tan angustiante como inentendible. Yo sentía que esa no era mi abuela porque mis recuerdos de ella eran otros, entonces no entendía qué hacíamos llorando a alguien que poco se parecía a la que queríamos. Como si efectivamente comprendiera que uno es mucho más que un cuerpo y por eso es difícil reconocer a alguien cuando su alma ya no está. Esta experiencia traumática tuve que escribirla, jugar con las palabras, hacerla cuento, ficción. Es realmente una necesidad porque sin esa mediación hay algo del drama —entendido como acción poética— que queda en mi cabeza sin posibilidad de ser creativo, de renacer. Y para mí eso es la literatura: renacer.
—¿En qué idea te apoyás a la hora de escribir? ¿Qué autor te influenció más?
—La literatura en general me parece más interesante si cuestiona lo dado y si, por ende, propone una mirada extrañada hasta de las cosas más simples y mundanas como el trabajo. La isla desierta, de Arlt es una influencia, pero la más fundamental es Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq, que leí por sugerencia de Martín Castagnet (contratapista del libro). Creo que más allá de la temática laboral con Ampliación del campo de batalla encontré otra similitud: la referida a la figura del antihéroe. El narrador en la novela de Houellebecq es un perdedor, un tipo que ha dejado pasar el tiempo como si ya nada pudiera cambiar. En mi novela los personajes son perdedores, incluso la narradora. Quizás cierta juventud no la convierta aún en una desbastada como lo es el narrador de Ampliación… Otra cuestión es el sexo, el cuerpo del otro. Lo sexual está sumamente presente en Workaholic —aunque no narrado. Decidí no ser explícita en las escenas de sexo, las que suceden y las que se suponen que sucede. En la novela hay una conexión con Houllebecq, que también tematiza el sexo desde un lugar más vedado. Las mujeres del narrador casi que son repugnantes. Y, la verdad, los hombres de la narradora de mi novela, también lo son, casi todos.
—En eso insistís, en la idea de la falta de goce en el ambiente laboral.
—El cuerpo de la narradora aparece como estéril, como un cuerpo que no goza. La razón es el trabajo. El trabajo parece determinarlo todo, incluso lo corporal y el placer —lo sexual, otra vez. Dice la protagonista que “sus trabajos han determinado los hombres con los que se acuesta”. Esto está en relación con que el hombre deja el cuerpo al servicio de lo que hace. Por eso, el cuerpo está cooptado por nuestras actividades laborales. El goce y el placer están por fuera del horario labora, es ocio. El mundo del trabajo, el sistema capitalista, nos ha determinado de ese modo. De alguna manera, nos ha vuelto asexuados y estériles. Y no tiene que ver con que en los trabajos se coja. Si un jefe se coje a las secretarias o se coje entre compañeros no tiene tanto que ver con el goce sexual sino con el poder o la pobre sublimación de un empleado, como si ese salirse de la norma fuera realmente un acto de heroísmo o rebelión. Es como hacerse la paja en el trabajo. De hecho, la protagonista de Workaholic lo hace. Al tematizar el trabajo me era imposible no hablar del cuerpo. Por eso me es difícil pensar en una intencionalidad en problematizar lo corporal, sino que tiene que ver con una necesidad, una conexión ineludible.
4. En uno de los números más recordados de la revista El interpretador, una encuesta le pedía a distintos escritores una analogía entre el acto de la escribir y otro trabajo. Emparentar la escritura con otro oficio es un gesto tan recurrente como atractivo. Las respuestas lo atestiguan: luthier, actor porno, albañil, cirujano, trapecista, boxeador, heladero, arquitecto, étcera. El punto de contacto más mencionado tiene que ver con la escritura como artesanía, idea que Hebe Uhart transmite en el libro de Liliana Villanueva: «Deberíamos escribir teniendo conciencia de lo que tenemos entre manos, lo que los romanos llamaban gravitas, sin que esto se contamine de solemnidad y sin perder el espíritu del juego».
—Los artistas —dice Gauna— de cualquier disciplina, son artesanos. El tiempo dedicado a pensar, diseñar, investigar, crear, corregir, etc. Cualquier obra de arte decididamente es un trabajo de artesano. Hebe Uhart refiere a la escritura como un trabajo de artesanía en cuanto a un largo proceso de creación con una radical importancia en la corrección. Un escritor es tanto como un artista plástico, un músico o un actor. En todos ellos hay una fibra sensible puesta a disposición de la obra. Por eso es importante que el escritor sea un gran observador. Yo no creo en las grandes investigaciones y trabajos de campo en pos de la escritura, algunos lo necesitan y está muy bien, pero no me parece fundamental abordar toda la biografía sobre los Yanomami en Brasil para escribir una novela que transcurre en la selva amazónica o investigar cómo hablaban los monjes para escribir una historia de amor en la Edad Media, por ejemplo. Todo eso está muy bien pero, para mí, es importante observar el mundo que nos rodea, porque literatura hay en todas partes. Sólo hace falta descubrirla.
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