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Belén Fransoia

Un cuento sentimental del poeta Daniel Durand, incluido en el reciente Como un Malboro (Mansalva).

Por Daniel Durand.

malboroLa nariz apenas colorada y los ojos verdes amarronados siempre con un brillo de malevolencia y gracia y el olor, el olor a crema que tenía en la cara y en las manos, y su voz, suave y creciente. La conocí bailando, ella bailaba lentos con uno y yo con otra que no recuerdo, ella me miró apoyada en el hombro de su compañero de baile y me paladeó con la mirada, bailando lento girábamos sobre nosotros mismos y en cada giro nuestras miradas se encontraban, al rato dejó de bailar y se fue a sentar con su hermana mientras yo veía que las dos me señalaban con la mirada, conversaban y reían. Con la excusa de ir al baño dejé de bailar yo también y empecé a mirarla, sin sacarle la vista de encima, entonces ella se paró, y fue caminando en dirección al baño, al pasar junto a mí me dijo, nos vamos a gastar de tanto mirarnos, ¿por qué no me sacás a bailar cuando vuelva del baño?

 

Bailamos un rato, Eduardo se me acercó en un momento y al oído me dijo, mirá que es re puta, no bailes con ella, te vas a quemar con las otras minas, mejor si es puta pensé, y la idea de que en esa cara y en ese cuerpo habitaba una puta me conmovió profundamente y una felicidad inmensa se apoderó de mi mente… En un momento la hermana vino a buscarla y sin dar ninguna explicación salieron corriendo… yo quedé enceguecido… El lunes a la noche la fui a buscar a la salida del colegio, ella tenía diecisiete, iba a la Comercio Nocturna y salía once y media de la noche, a esa hora en mi casa ya se dormía, yo me acostaba temprano como indicaban las reglas de mi casa, nueve y media, y diez y media cuando los ronquidos de mi padre me confirmaban que en la casa ya todos dormían, despacito me levantaba, enrollaba una colchoneta y la metía debajo de las sábanas, simulando mi cuerpo, sobre la almohada ponía la cabeza de un Tribilín de cuando éramos más chicos que simulaba bastante bien mi cara durmiendo, y por la ventana de mi pieza, me escapaba y me iba a buscar a Belén a la salida de la comercio nocturna, remontaba la calle Entre Ríos y en algún punto ella venía conversando con un compañero.

La primera noche que la fui a buscar no me animé a pararla y solo nos saludamos, la segunda noche venía con una compañera y se despidieron al verme, caminando nos fuimos despacito hasta lo que sería mi paraíso de los dieciséis años, nuestra esquina, ahí nos besábamos horas, los besos de Belén eran larguísimos, duraban la noche entera, ella recostada contra la pared, con las piernas abiertas lo suficiente como para que yo pudiera meterme en el medio, con una mano me abrazaba fuerte y con la otra me agarraba la pija dura, durísima entre sus manos cremosas, y así, sin más estábamos hasta que el cielo empezaba a palidecer y las sombras que en esa esquina nos cobijaban empezaban a reabsorberse y a perder terreno frente a la siempre maldecida claridad que avanzaba, entonces volvía yo a mi casa, satisfecho, cansado y dolorido de tanto franelear…

Dos meses habremos estado así, hasta que un día la convencí para que venga a mi casa a la mañana cuando mis padres no estaban. Inexpertos los dos pero yo más todavía, solo llegamos al punto de que ella se metió mi pija en su concha pero yo no vi nada, no aprendí nada y sentí menos con el profiláctico puesto y todo terminó muy pronto… lo nuestro no era la cama, era esa esquina donde la oscuridad hacía estragos en mi imaginación…

Años más tarde, en Bs. As., yo estaba apenas separado de mi primera esposa y una tardecita en la que iba en un 86 hasta Caballito la veo, la veo subiendo a mi colectivo, pero pensé que solo era una chica parecida, ella se subió y vino a pararse justo al lado mío, yo la miré de costado, en una frenada del colectivo nuestros hombros apenas se rozaron, era igualita, le miré las piernas lustrosas como cuando era niña, ahora tenía veintiséis, y me quedé pensando: si esta chica que está parada junto a mí a la cual estoy rozando entre vaivén y vaivén del 86, si fuera ella… y en esos pensamientos estaba cuando vi el paisaje de edificación que me indicaba que debía bajar, arriba en el colectivo no la pude ver de frente, de modo que bajé rápido y me paré en la vereda justo frente a ella para poder mirarla bien, ahí fue cuando ella me reconoció y me gritó algo ya ininteligible porque el colectivo arrancaba y el sonido del motor tapaba lo que ella me decía, yo atiné a hacer una seña de que bajara en la parada siguiente pero fue en vano, la esperé media hora y no apareció, se la llevó ese bondi.

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