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"La Biblia se podría leer como una distopía"

Nicolás Correa y Lucas Ryan, dos sub-30 que le dan nuevos aires a la ciencia ficción y el terror en la literatura argentina contemporánea.

Por Mariano Vespa.

nicolás correa

1.

Aunque parezca descabellado, los cimientos en los que se erigen distintos géneros menores como la ciencia ficción y o el terror, no cuentan con un punto de apoyo firme en la literatura argentina. Son acercamientos laterales. En El libro de los géneros, Elvio Gandolfo señala que no existe la ciencia ficción argentina como tal, sólo se trata de una “sucursal de lo fantástico”. Como ejemplo, cita algunos relatos de Holmberg, Lugones, Quiroga, Macedonio, Dabove, Borges, Cortázar y algunas novelas de Bioy. El panorama es un poco más desolador en el caso del terror: Gandolfo menciona los aportes de Silvina Ocampo, Wilcock y Charlie Feiling. En poco más de una década, la aparición de distintas propuestas como Plop, de Rafael Pinedo, El año del desierto, de Pedro Mairal, Borneo, de Oliverio Coelho, y Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet en el plano de las distopías, y los libros góticos de Juan José Burzi y Mariana Enriquez redefinen ambos géneros. A esta lista pueden sumarse dos novelas recientes: Mara, de Lucas Ryan e Íncubo, de Nicolás Correa.

 

2.

Nicolás Correa (Morón, 1983) entiende que la escritura es puro riesgo. No sólo ha publicado varios libros con una estética tan visceral como espiritual --como los poemarios Virgencita de los muertos y El camino de la siesta o las novelas Súcubo e Íncubo, entre otros-- sino que se preocupa por la difusión de autores emergentes, como sucedió con la Exposición de la actual narrativa rioplatense. Gracias a él, me enteré de Mara, primer libro de Lucas Ryan.

3.

Lucas Ryan (1988) se formó en la carrera de letras, es librero y editó la revista Extrapoesía. Mara es un relato que se reconfigura constantemente. El escenario distópico se descompone, las flores crecen sin luz, las manchas en la nieve plantean dudas y las múltiples voces que encarnan la historia saben que en esa instancia solo queda la supervivencia:

Al principio cuesta acostumbrarse, nos matan fácil. Los grupos son grandes pero la gente va y viene. Así no se puede querer a nadie. Ahora estoy con un grupo más bien chico, de diez, once personas. Por lo general camino con una mujer y su chico, que me hace acordar a mí. Me mira como si fuese su viejo; también mira el arma que llevo, pero no dice nada. A veces, cuando la madre hace de guía, lo llevo de la mano y le cuento historias, para distraerlo. Me divierte. Igual, como todos, se va a morir. Hace cosa de tres días la espalda se le puso muy roja.

En Íncubo también está presente la idea de un precipio sin fin. Fátima, una joven de doce años, sufre una tragedia familiar: dos perros embisten a sus tías. Esa faena es solo el comienzo. Recluída en un convento, Fátima es acusada de tener encima la presencia del Mal. A partir de ese instante, el recinto se transforma en un campo de batalla de situaciones extremas como padecimientos, vejaciones, y exorcismos.

En el sótano las cosas cambiaron bruscamente. La figura se manifestaba y ya era una lucha por entrar en mí. De una u otra manera intentaba quebrar la voluntad y que aceptara su presencia. No me entregué fácil a sus designios, y luché con mis fuerzas humildes: corría, gritaba, trataba de separarme de su hiel helada. Las manifestaciones se hacían de los medios más arteros para hacerme caer en sus trampas.

lucas ryan4.

El diálogo que sigue une a Lucas Ryan y a Nicolás Correa, creadores de dos apuestas totalmente diferentes, pero que hablan de lo mismo. La frase de Poe “todo era negro y sin embargo espléndido”, sirve como guía:

Una cuestión que une ambas novelas es la presencia de la oscuridad. ¿Qué concepción manejaron?

Nicolás Correa: La oscuridad vendría a ser un potencial, en cuanto término teológico y hablando de una dicotomía de luz/oscuridad como algo que sobrevendrá. A partir de ese concepto se va filtrando en los propios espacios: pienso en el terror y en el fantástico, la oscuridad está per se en esos ambientes como incapacidad para ver. En Íncubo me interesaba la oscuridad que habla de Poe, como una categoría donde confluyen muchos otros sentidos, ya sea el visual o el sonoro. Esa oscuridad devino en barro. Todo empieza y termina en el lodo --el matadero, las orgías. Tal vez en el caso de Mara, la oscuridad es fría, desoladora. Aquí hay consolación, pero la Lucas es más violenta.

Lucas Ryan: En mi caso, el trabajo visual lo veo proyectado por la claridad, por lo blanco. Es decir, que la lectura muestre las cosas, las haga explícitas, no que oculte. Creo que la oscuridad en Mara está solapada: no en lo que pueda llegar a decir un narrador, como cuando se describe la violación de una nena, sino que está en lo que los narradores van omitiendo, en lo que el libro omite. Es decir, en los blancos. En Íncubo hay razones físicas que movilizan eso, razones que pueden ser sobrenaturales o religiosas, en cambio a mí me interesaba narrar la condición humana en un contexto más familiar, con los problemas del hombre: la violación, el suicidio, el amor, la maternidad. Llegar a la angustia del hombre por el hombre. El hombre como el gran productor de todo lo que le pasa.

Nicolás Correa: Lo bueno de Mara es que la oscuridad se puede ver en la opacidad de las formas. La propuesta de Lucas es tan opaca que no se puede saber si es poesía, prosa poética o directamente prosa. La opacidad llega al procedimiento. Cuando algo sucede en el lenguaje que incomoda es que está funcionando. Tal vez pasa en Íncubo porque la sintaxis está alterada, es por lo barroco, por lo barroso; en cambio en Mara tiene que ver con un efecto que quiere producir él.

Lucas Ryan: Me gusta trabajar lo lacónico. Me interesa que el seguimiento de lectura sea, de alguna manera, fácil, que el lenguaje sea acotado y sencillo, que las cosas se repitan. El caso contrario sería, por ejemplo, el barroquismo extremo de Lezama Lima. De cualquier manera quería que cada vez que se terminase un párrafo quede esa sensación de qué acabo de leer. Trato de no decir nada, de hecho.

La cuestión del cuerpo, en los dos libros, es fundamental. En Íncubo la escritura se hace cuerpo porque hay un Mal que acecha. En Mara, una de las voces dice “pero escribo”, como una forma de sobrellevar su devenir.

Nicolás Correa: Pienso en el Mal como algo que se te va de las manos. Después se vuelve recursivo, es ese mal generando más narrativa, en potencia, y en ascenso todo parece indicar que no va a haber más aberraciones que las que están el texto. En algún punto tomar el pelo sobre eso, evocar lecturas: cuántas violaciones te puedo poner si Sade describió ciento cincuenta vejaciones hace doscientos años.

Lucas Ryan: Esto de “quiero decir... pero escribo” es una suerte de lo que yo entiendo cuando Vallejo dice: «quiero escribir pero me sale espuma», aunque el problema sea otro. En mi caso hay dos motivos: uno absolutamente personal: sufro de un problema tremendo para el diálogo; no sé comunicar oralmente lo que me pasa; decía una escritora: voy a tener que hablar porque no sé qué hacer con lo vivido. Claro que es un eufemismo, porque está escrito. El otro problema no es menos personal pero sí más dado a una reflexión general: el del referente. No sólo cómo decir lo indecible, como planteaba Benjamin al hablar de la pobreza de la experiencia, sino a quién. El narrador de los diarios en Mara está solo, por lo que no sólo no tiene qué decir sino tampoco a quién (“Quiero llorar pero no hay nadie, entonces no lloro”). Sin el otro no hay revelación de uno mismo. No hay acción, termina por no pasar nada. En esto es donde la escritura va partiéndose, en una suerte de apertura a la oralidad.

En el prólogo decís que leer el terror argentino en clave política y no en lo estético clausuró un sentido.

Lucas Ryan: La lectura del terror político clausuró posibilidades de otras lecturas y posiblidades de otro tipo de literatura. Por ejemplo, Miguel Angel Bustos, hoy bastante desconocido, era un poeta que salía de la media cuando Urondo escribía sobre su compromiso --no es una carga valorativa negativa. Urondo era el único poeta desaparecido que se acordaban. Pasa también cuando digo que hoy hay autores con ideas muy pobres. Por eso cuando rescato a Castagnet, porque es ciencia ficción muy avanzada y también padre de la nada, porque no tiene referencias. Lo mismo con Larraquy. No puedo perdonar al autor que escribe novelas que los lectores estan pidiendo, es como si yo reescribiera Confesiones de un opiomano inglés hoy.

¿Cómo se llevan con los antecedentes nacionales?

Nicolás Correa: Los clásicos de terror se están escribiendo hoy. O ya se escribieron y no lo conocemos. A vos te proponen un modelo como el de Mariana Enriquez y es raro porque hay cuentos que aborda el terror y hay otros momentos que eso se va a un género que no está, lo mismo que Burzi. En lo que a mí respecta, no había narraciones de demonios. Lo que más me influye es la Biblia y el cine, a partir de los 60 y las experiencias del terror en el género y las ultimas peliculas de Huang. De hecho leí El exorcista mucho después de ver la pelicula. Uno se pregunta: si escribís terror cómo superar a estas películas. Si el terror impone que tengas en cuenta al lector/espectador, no podés poner un fantasma con una sábana.

Lucas Ryan: Cuando publiqué Mara no tenía pensado el tema de los antecedentes. Después alguien me dijo que se parecía al Plop de Pinedo. Yo no lo había leído y fui a leerlo, claro, pero las diferencias son muchas: Pinedo tiene una prosa muy marcada por el tono argentino, casi porteño, con oraciones y capítulos cortos que hacen acordar a una novela de Bioy. Además la de él es una novela redonda, cerrada, con personajes con nombre y todo. A mí francamente me interesa más trabajar esta comunión de voces sin nombre, estos narradores que no llegan a personaje por no tener un nombre, por no poder nombrar. Después, sí, hay un parecido entre Mara y Plop que es el escenario, ese lugar que ahora sé que se llama distopía, pero que es un término muy amplio. Mucho de la Biblia se podría leer como una distopía.

¿Qué es lo que más les atrae de las escrituras bíblicas?

Lucas Ryan: En la Biblia hay historias absolutamente fantásticas, desde el Génesis al Job, libros que ya muchos reescribieron a su manera. De hecho hay una escena del Génesis que alguna vez quise reescribir a manera de cuento: Jacob hace que su mujer y sus hijos sigan de largo y él, en la espera, se pone a luchar con alguien que hasta le hace saltar un hueso, pero Jacob insiste en la pelea y el hombre resulta ser Dios, que lo bendice. Además de este tipo de historias podés leer los libros sapienciales y encontrar cosas que se parecen más al nihilismo o al existencialismo francés que a otra cosa. Al principio, cuando Mara empezó a tener forma de libro, pensé en usar de epígrafe una cita del Eclesiastés que decía: “¿Quién sabe si el aliento de vida de los hombres asciende hacia arriba y el aliento de vida de la bestia desciende hacia abajo, a la tierra?”, pero por alguna razón no fue. De cualquier manera, creo que lo más interesante de leer la Biblia es esa proliferación de voces, de narradores que son marcadamente distintos.

Nicolás Correa: Está lo sugerido, lo susurrado. Es un texto en clave críptica, cada versículo tiene infinidad de argumentos. También hay algo con el discurso de la verdad. Poner una cita Biblia impone a jugar en otra liga: muchas veces el autor decepciona mucho a lo que esa pequeña frase dice o está a la altura. Tiene un asidero de verdad o de sacralidad.

Lucas Ryan: Hoy en día leemos la Odisea como un texto literario, cuando en un principio tuvo significaciones más bien pedagógicas o festivas: la moral y el recuerdo de los héroes, la enseñanza sobre los dioses, etcétera. Yo imagino que, como ya viene pasando, la Biblia va a ir perdiendo ese asidero moral y religioso, para terminar volviéndose lo que nunca dejó de ser, es decir, una maravillosa obra literaria.

Decís que Mara es un libro que sale por períodos, que no se cierra. ¿Cómo fue su “génesis”?

Lucas Ryan: No lo empecé como un libro. Salió como un cuento. Después empecé a hacer ese juego de escribir con varios narradores que cuentan una misma historia, el niño, el hombre, la madre, etcétera, y las imágenes empezaron a salir y a quedarse, y así se fue haciendo esta suerte de relatos. Es curioso: no sé si fue inconscientemente, pero después, cuando releía el libro ya publicado, me fui dando cuenta de que algunos fragmentos o relatos guardaban una relación que yo no había visto la primera vez, cuando los escribía y los corregía. Era imágenes que se reprtían. Lo publiqué un poco porque quería ver qué pasaba, y porque tenía una apuesta con unos amigos de terminar nuestros libros en el 2013. Lo publiqué antes de terminarlo. No sé si pueda terminarse. Un poco la idea es esa: volver a publicarlo, agregar y quitarle cosas, resignificarlas. Hay algo en eso de pensarme en un género cuando escribo que funciona como un inhibidor para la escritura; no puedo tomar referencias porque terminan por no funcionar. No digo que no las haya, pero sí que no les presto atención. Después está el trabajo.

Ambos son críticos con la narrativa contemporánea argentina.

Lucas Ryan: Es algo de lo que hablábamos. A mí en particular me pasa que siento un rechazo por las temáticas contemporáneas, y más cuando veo cómo las tratan; es decir, hay un problema mucho más grave que lo que se dice: la prosa suele estar mal lograda, no tiene trabajo. Por ejemplo tenés el último libro de Maqueira, Electrónica, libro que jamás se me ocurriría escribir por la temática noventera, pero que le reconozco que está muy bien logrado, que hay laburo en la prosa, que yo siento lecturas del tipo de Duras y de Onetti que funcionan muy bien en la escritura, en el armado del texto. Otro ejemplo es Los electrocutados de J.P.o Zooey un libro muy contemporáneo que roza los delirios de Vonnegut y que está maravillosamente escrito. El problema entonces termina estando en la prosa, un poco como siempre. De cualquier manera no se puede terminar de leer con seriedad a un contemporáneo cuando uno es escritor. Hay una distancia.

Nicolás Correa: De los que leo destaco a los que no se dejan llevar por lo espontaneo de la escritura, ya sea Natalia Rodr+iguez o Castagnet. Hay una cosa extraña con los procesos, hay algo que se está salteando. Hay cuestiones con las que no comulgo a la hora de trabajar un texto. Todos son autores producto de su época, y los que mencioné no lo son. No son autores que escriben el lector, que escriben el calor de una época. En estas propuestas no está eso. Los otros textos me parece que los puede escribir cualquiera.

Lucas Ryan: Es no darse cuenta de que uno está escribiendo sobre eso, es no ponerse como mínimo de altura a Duras, o a Pizarnik. Tenés que ponerte un techo para empezar a ver lo que querés laburar. Si no, seguí publicando tus anécdotas en Facebook. Pero si uno va a pecar, hay que pecar bien. Pensá en el primer libro de Borges o el que publicó Cortázar con seudónimo, son libros bastante malos, pero con un riesgo. La historia es un gran tamiz. Puedo recomendar La descomposición de Ronsino, que lo leí y me parece logradísimo. Ahora, me preguntás si leer a Ronsino, primero te digo que está muy vivo, y después que no sé si vuelva a escribir otro libro así. Todos nos vamos a morir y la historia solita se va a encargar de filtrar las cosas. Vamos a ser autores de un gran libro, de una gran obra o de nada, con suerte apenas una anécdota.

***

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