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¿Sí o no?

Un nuevo perfil de 3/4: Hebe Uhart

«Cuando uno que va a escribir hipertrofia su rol, es decir lo agranda, lo sobredimensiona, eso es inversamente proporcional a lo que es capaz de hacer». Hebe desconfía de esa palabrita, escritora. 

Texto y foto Valeria Tentoni.

 

En varias de las entrevistas que le hicieron nos topamos una y otra vez con la leyenda «[Risas]», como una mancha recurrente entre sus palabras. Poquísimo o nada tiene que ver esa mímica periodística con lo que ocurre cuando uno la escucha hablar a Hebe Uhart.

Como un hipo, o como si alguien soplara chistes privados en su cabeza, de repente y sin mayor trámite, se ríe. Levanta, primero y apenas, los hombros, y parece que estuviera por encogerse. Aprieta los labios delgadísimos, tomando carrera para sonreír, y después sí, después alza las cejas -dos arcos benevolentes- se le achinan los ojos y aparecen sus dientes. Se le escapa una canción diminuta de la garganta, y los que estamos alrededor parecemos perdonados por todo y para siempre en ese espectáculo de dulzura y felicidad tan simple y decidido y rotundo. Es la dicha entre las palabras de Hebe, el bordado cuidadoso que la reúne con sus plantas y sus viajes y sus libros y sus animales. 

El mismísimo efecto producen sus obras: una lectura en la que, de un momento a otro, nos encontramos sonriendo, haciéndole lugar a ese reflejo primordial que por algún motivo aprendimos a detener. Irene Gruss me dirá, en su casa, mientras el gato Roberto se entretiene con el humo de su cigarrillo: «Ella me ha enseñado tanto, en todos estos años de amistad. Las dos nos hemos reído de una manera… Cuando no teníamos guita, ponele, me llamaba y me decía: “Hoy estoy millonaria y me compré una banana y un Mendicrim”. Además de cómica, Hebe tiene una profundidad, es tan aguda, tan…». En El mundo incompleto, libro de 1987, Irene le dedica un poema:

 

 

La risa

Sabe reír. En medio

del dolor se ríe

y juega.

En medio del dolor

habla claro,

cuenta que todo es simple y claro:

un cuerpo, un mueble, las personas

que miran, hacen,

juegan;

asusta

su buen humor

para todo, su fastidio

por la ambigüedad.

Sabe reír:

«Nunca hubo ninguna cosa buena (el

sol, la gente) que

no estuviese compensada

con el dolor,

y al revés

por qué no al revés», dice.

 

Hebe Uhart nació en Moreno, Provincia de Buenos Aires, en 1936. Ahora la ciudad tiene unos quinientos mil habitantes, pero cuando ella era chica, cuenta, serían unos treinta mil. «Todo gran Buenos Aires creció que da calambre», dice. «Cuando era chica era un pueblo, sin edificios altos. En la calle podíamos jugar a la paleta. Yo iba a buscar a mi amiga de en frente, pero ella creía que era grande y no jugaba conmigo. Entonces yo jugaba con el hermano menor, que igual me ganaba. En realidad, lo que más me gustaba cuando era chica era jugar y jugar, no escribir. Y esa cosa que no existe de grande, de jugar hasta con un chico que es medio enemigo tuyo, que sabés que es malo, tramposo, todo. Una vez, mi mamá era directora y vivíamos en la casa de la escuela, que es la casa más fea que hemos tenido, claro, porque era la casa de una escuela más o menos, del Estado. Pero yo estaba lo más feliz del universo porque el piano estaba que no servía mas, y mi mamá nos dejó, en el verano, tocarlo. Así que aporreábamos el piano, andábamos en patineta por el patio, venían mis amigos del barrio. La pasaba divino, hermoso. Eso sí, yo me preocupaba por saber si los demás chicos eran inteligentes o no. Y lo sabía por mi mamá, que era directora. Le preguntaba: “¿Fulano es inteligente o no?” “¡Nooo!”, me decía ella, “¡Es burrro!” A mis seis años, yo tenía un amigo que era zezeozo. Los reyes me habían regalado un juego de muebles, pintado de un tono verde nilo, que el verde nilo es un verde que ni éste ni ese. Es un verde tirando a amarillito, es muy lindo color, y el jueguito era hermoso. Entonces me dijo: “Vamoz a hazer una conztruczión”. “Bueno”, dije yo. Él era un poco más grande y lo rompió a hachazos al jueguito, porque la idea era que de eso saliera algo nuevo. Lo rompió. ¿Vos te pensás que me importó a mí? No. Me desilusionó, sí, que no saliera nada nuevo. Lo rompió y lo rompió. Y era bravo él, medio jodido. Una vez cortó la soga del mástil de la bandera. Mi mamá lo supo y lo puso a cuidarla. Se quedo ahí, como un gendarme, y no rompió nada más. Sí, ese era Rogelio. Yo tenía muchos amiguitos. Me encantó esa etapa de la escuela, me encantó, la pasaba bien y jugaba mucho. Eso te da una facilidad en las relaciones sociales, con la gente, con la cercanía; te resulta más cercana la gente. Tengo un amigo muy querido, que murió, que nunca lo dejaron jugar en la calle cuando era chico. “Uy”, le dije yo, “¿Y eso no extrañaste?” Y escuchá la respuesta: “Cómo voy a extrañar lo que nunca conocí”. Me pareció demoledor, ¿sí o no?».

Las muñecas no le llamaban mucho la atención: «Solamente para hacerles unos vestidos espantosos. Hacía dos agujeros de acá y no tenía idea de la sisa pero, eso sí, fruncía. Porque sabía fruncir, y hacía una pollerita fruncida, pero no quedaba lindo. Toda la infancia me la pasé añorando los modelos platónicos que veía en las revistas. Nada quedaba igual que lo que yo veía». Por esos días de infancia, narra, «alguna cosa escribía pero sin ninguna conciencia, como hacen los chicos. Escribía cuando estaba aburrida, cuando no tenía chicos para jugar. Pero sí dibujaba, de muy chica. Después dibujé mal, cuando aprendí a escribir no dibujé más. Desde los tres años parece que dibujaba muy bien, me mandaban a hacer escenas cotidianas, los mismos parientes, pero yo no tengo registro de eso, para nada. No se guardó, digamos. Ya los dibujos escolares eran malos. Ahora me decís, y yo no sé dibujar. Tenía envidia de mi compañera de banco, porque ella sabía esfumar. Con los bordes iba degradando degradando y degradando, hasta hacerlo imperceptible, desde un tono más oscuro hasta claro. A mí no me salía eso, se ve que tenía una cosa violenta, porque me salía fuerte y después más débil pero no esa cosa de degradé. Era interesante, porque me parecía que era como una persona más armoniosa ella, porque hacía eso. Y al ver mis productos –por ejemplo, una vez que dibujé la cara de Sarmiento y me quedó así un espanto–, me parecía que hubiera algo feo en mí, algo desagradable. Por mis producciones, como que yo me midiera por mis producciones. De repente me parece que en ella había algo más armonioso, más sensato, que yo no tenía o no alcanzaba. Digamos, como una sensación de propia torpeza. Sí, eso».

 

—¿Cuando empezaste a escribir te volvió a pasar?

—No, torpeza de escribir nunca sentí, porque al ser la lengua un recurso de todos la manejaba normalmente, tirando a bien, ¿no?

 

Hay, todavía, otra sensación de torpeza que persiguió a Hebe durante su adolescencia: torpeza de bailar. «Hubo un año entero en que era muy rígida, muy distante, muy solitaria. Me parecía que todos bailaban bien menos yo. Me parecían príncipes y princesas todos. Como si fuera una humillación excelsa de seres ante los cuales yo me quedaba mirando. Tanto es así, que no fui más a los cumpleaños de quince. No había mails, entonces yo mandaba un telegrama que decía «Feliz cumpleaños» y después me iba a llorar a la cama. No quería ir, era como una observadora sufriente. Igual al año siguiente me avivé, me di cuenta de qué se trataba y ya fui a los bailes y todo. Es triste la adolescencia, es terrible. Yo a los quince no hablé todo el año con mi compañera de banco, todo el año entero. Eso sí, la dejaba copiar». En el cuento «Paso del rey», ubicado en la segunda parte de La luz de un nuevo día, se lee, para el personaje de Luisa: «Entonces se iba a lo oscuro, donde estaba la higuera, y desde ahí miraba el baile. Hubiera deseado acercarse y mirar de cerca, pero solo si fuera invisible (…) Era como vergüenza de sí misma por tener ganas de bailar y no poder».

En «La visita del domingo a la tarde», que compone Del cielo a casa, crea un personaje cuyos criterios estéticos también son éticos, «como los de los griegos: la mesura, la moderación y la armonía son buenas y a la vez hermosas». Hay algo de eso en la literatura de Hebe: «No escribo en crudo, así, en el momento tormentoso, en los momentos de rencor, de estado revuelto y todo eso. Escribo en un estado muy decantado, cuando las cosas están decantadas». El resultado, que ella llama «tono apacible», ha producido en algunos la confusión de la suya por una escritura naif. «Pero no es eso. Es una forma de hacerlo, qué se yo», responderá ella.

«Puse cara de atención y me puse a pensar en otra cosa: en cómo estoy permanentemente con la sensación de estar en falta y en mi necesidad de decir algo inoportuno; por ejemplo, decirle a ella que se me murió el gato».

Terminó el secundario y empezó a estudiar Filosofía: “Yo enseñé filosofía más de veinte años, pero a mí me interesó la filosofía para enseñar, volví a estudiar para dar clase, dejé de enseñar filosofía: no me importa más nada, prácticamente no me importa nada. Todo lo que hablaban mis amigos, que traían términos nuevos, la frontera, el rizoma, qué sé yo, no me importa nada”, le respondió a Cármen Cáceres. Entre sus cuentos, uno solo, dice, tiene que ver directamente con eso: «El predicador y la isoca». Pero encontramos referencias aquí y allá, como cuando escribe: «Con la filosofía ocurre eso; si uno no ensambla un razonamiento con otro, y presenta un argumento suelto, ocurre como en la música, un acorde suelto, una frase musical, no dice nada, suena como un rasguido de violín desafinado».

Se fue a vivir a Buenos Aires. «Fue todo dinstinto, otros amigos, otro medio. Ya cambiás. Ya conocí gente que me interesaba más, y no sé si es que no me interesaba la gente anteriormente, es que no me sentía a la altura». En la combi que cargaba a los escritores de vuelta del Festival Filba en Azul, Hebe se despertó minutos antes de entrar en la Capital y, mientras observaba por la ventanilla las torres vidriadas de Puerto Madero, exclamó: «Qué grande es. Todavía tengo impresión, aunque siga entrando con los viajes, siempre me da impresión». Ahora vive en Almagro, en un departamento en el que hace crecer plantas en macetas que cuida primorosamente. Conversa con los vecinos y le compra la miel a las monjas de enfrente.

En Azul, Hebe quiso conocer el Monasterio Trapense, ubicado a unos cincuenta kilómetros de la ciudad por una ruta en la que se acuestan, en el horizonte, las sierras color lavanda de Tandil. Cuando llegó, y antes de visitar la iglesia justo a la hora de la sexta –la misa del mediodía, a la que se da inicio con campanadas y que consiste en una serie de cantos gregorianos–, lo primero que hizo fue entrevistar a un monje. Recién después de haber cubierto algunas páginas del anotador espiralado que lleva a todos lados, decidió sentarse en uno de los largos bancos de ese templo. Lo hizo en silencio, como si su cuerpo apenas pesara sobre el mundo. «Tuve un hermano varón que era cura. Murió joven, en un accidente de autos. Hace muchos años ya. Fue cura, y yo no. Yo fui para la Facultad de Filosofía», dice, y agrega que, de todos modos, su papá no era practicante y su mamá no lo era tanto, «no al punto de tener un hijo cura, pero él se fue para ahí».

En el cuento «Las abejas son rendidoras», hay un chico que se quiere hacer cura. Le ofrecen ser sacerdote «para apaciguar las almas». Hay ahí un cura que no entiende el latín, porque como eran pocos seminaristas lo mandaban a cuidar a los conejos durante las clases. El curita ese siente culpa al no entender el breviario.

¿Y qué cornos es Eli, Eli, Lamma Sabacthani? Una expresión bíblica, del arameo, traducible como «Dios mío, dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Puede pensarse en cómo aullaban esa frase, en The sounds of silence, Simon & Garfunkel de espaldas a la cámara y de frente al camino, para siempre, en la portada del disco. «Mis palabras se filtran desde una herida / que no tengo ninguna intención de sanar», cantan. El arameo es, además, lengua de nómades. «Solo rezan los que creen que hay Dios o los que tienen miedo de que no lo haya», aparece en el cuento homónimo de Uhart.

«Mi abuela materna sí era muy creyente. Tenía en la cama todas las estampas de los santos y les rezaba como si fuera un juego de cartas, los ponía sobre la cama a los santos. Y ahí rezaba», cuenta. Se llamaba Teresa, y ese es el nombre que Hebe hubiese preferido llevar. «María Teresa me hubiera gustado me pongan. Y sí, tal vez por ella. Mi abuela hablaba cocoliche, decía mételo cua, ponlo lá, mételo cui. Después decía, cuando le pedían dinero o algo así, viste que había un banquero europeo que se llamaba Rothschild, ella decía: “¡Yo no soy Roshilde!” Hablaba así. Era de mucho carácter, es que son inmigrantes, habían venido ya a los 15 años acá. Y hay una cosa que sí me quedó: viste que a veces solo avanzás más, vas más ligero que con otros, si vas a trabajar y todo eso. Bueno, ella decía: “Yo, da mi sola”. Entonces yo ahora a veces pienso, cuando viajo, como mi abuela: yo, da mi sola, porque voy más ligera. Claro, porque de repente reflexionás que vas siempre sola. O te pregunta alguien: ¿vas a todos lados sola? Y yo digo sí. Y pienso: como mi abuela».

Cuando viaja, prefiere ir antes a hotel que a casa de familia: «Me levanto a la hora que quiero, hago lo que quiero. Yo me levanto muy temprano, y si estoy en casa de familia y ellos se despiertan, no sé, a las nueve y media, estoy dos horas papando moscas, esperando que se levanten porque ya que estoy en una casa quiero charlar, y están durmiendo. No me gusta, no porque no quiera a la gente, me han recibido siempre muy bien, pero el hotel es más independiente».

Uhart trabajó como docente toda su vida. Lo hizo en los niveles primario, secundario y universitario. Ahora sólo da talleres literarios. «He trabajado en la universidad con grupos muy buenos, tanto en la de Buenos Aires como en la de Lomas. He trabajado con amigos. Sí, me gustó la docencia. Lo único que no me gustó fue la docencia secundaria, porque me hicieron de todo. Son desesperantes. Si sos buena, si sos bondadosa, blanda, te joroban. El chico te pide límites, el adolescente. Entonces te prueban: “¿Abro las ventanas o las cierro?” Y si vos decís “Dejá nomás la ventana…” ¡Nooo! Ahí te agarraron. Vos les hacés hacer una carpeta, después te olvidaste y te preguntan dónde ponemos esto, en qué rubro, y a vos te da por responder “Pónganlo en cualquier lado”, ¡zac! No… El adolescente tiene que tener un encuadre, te lo pide. Y yo soy medio laxa». Así que, para definir, resume: «La primaria me gustó, el secundario no, la universidad sí». Entre otras clases, dio de latín en el Nacional Buenos Aires. Clases que le hubiesen venido bien al curita culposo. «Me tocaba la última hora, y daba clase de comidas latinas, costumbres. Yo creía que les explicaba una cosa sublime, que a mí me intrigaba; la costumbre de los latinos de poner un bicho adentro de otro. En un cordero te ponían un pollo, adentro del pollo te ponían una rana, viste. Una mamushka de alimento, así y todo. “¡Qué asco!”, eso me decían en voz alta. E insistía con que pegaban todo con miel, porque conocían el huevo pero no el poder pegativo del huevo. Me decían “¡Ay, no, qué asco por favor!” Un poco menos que cállese y váyase, pero como a mí me encantaba se los contaba pensando que se iban a quedar muy contentos. Sí, eso hacía».

Hebe describe las personalidades con una precisión demoledora, como si reuniese información desparramada alrededor de los seres y les diese borde y contensión en las oraciones con las que los hace aterrizar en sus páginas: «La señora que entregaba los cheques tenía muy buenos modales, era correcta y hasta personal en su trato. A pesar de los buenos modales y de la cortesía, parecía ofendida por algo, llevaba una ofensa muy atrasada y estaba dispuesta a vengarse secamente sin que ella ni su víctima supieran de qué se estaba vengando».

«Cuando uno escribe, si es bueno, le termina llegando el reconocimiento. Mirá que voy a ser la mejor escritora de la Argentina, ¿qué quiere decir eso? Nada», le respondió a Mariana Enríquez. Y es que las contratapas de sus libros, en las notas que se le dedican, en las reseñas y en las presentaciones se repite, como un mantra, una línea que estrenó Fogwill: «Hebe Uhart es la mejor escritora argentina».

«Cuando uno que va a escribir hipertrofia su rol, es decir lo agranda, lo sobredimensiona, eso es inversamente proporcional a lo que es capaz de hacer». Hebe desconfía de esa palabrita, escritora. La mira como se miran las cartas ajenas cuando llegan por debajo de la puerta: «Indudablemente, cuando las cosas tienen un nombre se usa. El que escribe, escribe. Pero yo quiero hablar en contra de la idealización de la figura del escritor, porque se lo considera como un ente especial o algo por el estilo, y hay tantas variedades de escritores como variedades de personas. La gente tiene una idea platónica del escritor y no es así, ni tampoco debería estar eximido de juicios morales, como por ejemplo; bueno, él puede hacer eso porque es un escritor. ¡Es absurdo, como si fuera un rey!».

A ella, por otra parte, no es una palabra que le sirva para lo que hace. Cuando viaja, cuando se cuela en la música de un lugar, lo que quiere es pasar desapercibida, pegarse a la escenografía. El alarde, sabe, no sólo no combina con su espíritu sino que tampoco le conviene: «Si vas a hacer una nota y te presentás como escritor de manera muy concluyente, la gente te va a armar una vida en función de que escribís… Aunque un poco sea inevitable, porque vas a hacer una nota. Pero si vos sos muy centro, la gente te va a contar otra cosa. Si te ve que sos igual, te va a compartir lo suyo, te va a contar una cosa más verosímil a nivel igualitario, te va a dar un producto más fidedigno, creo yo. Si no, va a agrandar para impresionar».

Otro de los modos de ganarse la vida de Hebe fue, y es, el de escribir crónicas de viaje. Lo hizo para, por ejemplo, El país de Montevideo. Publicó Visto y oído y Viajera crónica, y ahora saldrá un tercero que, dice, todavía no sabe cómo se va a llamar: «El anterior se llamó, porque puso el nombre la editorial, Viajera crónica, título que a mí no me gusta, porque parece alguien que ve una valija y se va volando a todo lo que da, como una cosa compulsiva. Me suena a borracho empedernido, fumador consuetudinario, viajera crónica. Pero les gustó a ellos y yo los dejé».

«Me largué para Tapalqué sin ningún contacto, puro designio. Bajé del micro y le pregunté a la señorita de la ventanilla: -Por favor, ¿me puede recomendar algún hotel modesto, limpio, con baño privado?». Una imagina que esa es la pregunta que repite Hebe llegando a los lugares, los tres elementos que ha condensado para conseguir lo que quiere exactamente. «Cuando tenía veinte años hice mi primer viaje al exterior: fui en tren a La Paz, tardamos tres días en llegar y se podía hacer sociabilidad dentro del tren», se lee en la crónica de ese lugar. Y hay muchísimas más, su recorrido es caprichoso y en apariencia inconexo, si bien se distingue, claramente, una predilección por los lugares pequeños y medianos, una aversión a las grandes urbes.

En Viajera Crónica aparece Victoria, a orillas del Paraná; Córdoba, a orillas del río Suquía; Formosa, sobre el río Paraguay; Rosario, con el puente Rosario-Victoria (Graham Greene estuvo en Rosario y escribió sobre Rosario, cuenta Hebe): la información de los cursos de agua linderos es casi siempre la primera que da Uhart en las crónicas, y pensamos, de nuevo, en la lengua de los arameos que claman por el dios que abandona, los del Aram de los dos ríos, los nómades. También hace descripciones de los puentes, de la rutas de acceso a los lugares que visita: es como si se hiciera un plano de escape antes de entrar a cualquier lado, por el medio que fuera, agua, tierra o aire. Como si no quisiera llegar a ningún lugar del que no se pueda ir, a ningún lugar que la detenga.

Para escribir, consulta a todo mundo; pregunta a los transeúntes (una puede imaginarla sola, deteniendo gente en la calle, mejorando sus técnicas de aproximación), se cita con historiadores o contactos para entrevistas que programa desde Buenos Aires. Compra libros del lugar, no pocas veces los de refranes y dichos, cuando está en el extranjero. «Es interesante la actitud del que va a viajar. Hay que tratar de desprenderse del lugar del que se vino. Yo no traigo computadora, yo no traigo teléfono, nada, nada, porque me dejo invadir por el lugar nuevo. Hay que tener en cuenta, cuando uno viaja, que todas las ciudades y pueblos, por lindos que sean, son fachadas. Hay que mirar siempre alrededor». Uhart puede extrañarse de la lengua de los otros, observarla. Evita los taxis y toma medios de transporte públicos para mezclarse, levantar el tono, escuchar. Después, les desgrabará la música  al escribirlos (aunque es un decir, porque no usa grabador, solo su anotadorcito y no siempre). Pero, por otro lado, también sabe extrañarse de la propia música de conversación. Lo hace, por caso, en el relato «Stephan en Buenos Aires»: «Qué se yo. Asimismo ellos dicen. Dicen: Vamos a ver. Primera vez que yo escuché Vamos a ver me vino la esperanza de ver alguna cosa, mas no: ellos dicen Vamos a ver y no existe cosa para ver».

En una entrevista en vivo con la periodista Soledad Vallejos dijo: «Decido a dónde viajar, generalmente, por intuición, por olfato. Tengo ganas de conocer una ciudad chiquita, más abracable, mas vivible, no me siento bien en una ciudad muy grande. Y a partir de eso voy. Yo no voy a ningún lugar cultural, la cosa cultural o culturosa me importa nada. No me da por ahí, voy a ver lo que me da la gana», y siguió: «En los lugares chicos te hablan hasta los perros, te hablan todos. En Los Toldos, por ejemplo, un señor que no conocía, iba yo por la calle y me gritó: “¡Abríguese!” Están esperando que les preguntes para contarte qué están haciendo. Los pueblos chicos son muy divertidos, muy lindos. Los viajes tienen de bueno que la realidad te depara cosas insólitas, cosas que no pensás que pueden llegar a existir de ninguna manera. Viajar te saca los cassettes que tenés en la cabeza».

En esos periplos, además de conseguir material para sus crónicas, retiene cosas para sus cuentos. Hay un ejemplo delicioso de cómo, con la misma fuente, elaboró dos producciones, una por género. Y es que Irazusta, el pequeñísimo pueblo de su crónica, se parece mucho a la descripción de Iramain que hace en Del cielo a casa, en “Un holandés errante”, con la zorra de la vía y las nutrias y el pueblo visible de un golpe de ojo. De hecho, en su crónica de Irazusta se habla de un holandés visitante: la cronista se pregunta por él. Podría decirse que para responderse lo escribe como ficción.

«El primer día que uno llega a un lugar no es como los otros: el primer día todas las cosas parecen desconectadas entre sí, como si tuvieran aristas filosas, y a medida que pasan las horas y los días esas aristas se van armonizando. Eso era lo que más le gustaba de los viajes: al tercer día, hasta el mismo cielo de un lugar, que al principio parece raro y desconocido, después se vuelve amistoso, como si dijera: Soy el mismo cielo que cubre toda la tierra».

«Uno nunca sabe lo que puede llegar a hacer y menos en lugares extraños, soy muy sensible a los lugares», leemos en «Iorá», en El gato tuvo la culpa, compilación de cuentos realizada por Blatt & Ríos, de los que no están incluidos en los Relatos reunidos de Alfaguara (2010). Damián Ríos explica que, para armarlo, tuvieron que bucear varias bibliotecas hasta encontrar las primeras ediciones de Eli, eli, Lamma Sabacthani (Editorial Goyanarte, 1963), La gente de la casa rosa (Compañía General Fabril Editora, 1973), La elevación de Maruja (Editorial Cuarto Mundo, 1974), El budín esponjoso, de misma editorial que el anterior pero de 1977, La luz de un nuevo día (Centro Editor de América Latina, 1983), Guiando la hiedra (Simurg, 1997), Señorita, misma editora dos años después, Camilo asciende y otros relatos (Interzona, 2004). Y es que, a muchos de estos, ni siquiera Hebe los tenía en copia en sus propios estantes. En el segundo de sus libros hay un prólogo de Haroldo Conti, y de allí tomaron el texto de solapa los editores de ese equisito tomo azul eléctrico: «Su escritura es tan simple que por momentos parece infantil. Pero de simpleza en simpleza uno penetra en honduras y laberintos donde sólo puede avanzar si participa de la magia de ese nuevo mundo».

Una pregunta pequeña, una respuesta maravilla: ¿qué te hubiese gustado hacer, si no era escribir? «Si no era escribir, ser etóloga. Estudiar las costumbres de los animales, más precisamente de los monos chimpancés. Me hubiera gustado sí, he leído bastante de eso. Prácticamente son humanoides, porque los crían con humanos, los observan todo el tiempo. Los expertos en monos, que vienen de la reflexología, la teoría del reflejo condicionado, creían que los monos aprenden 100 palabras y nada más. Pero no solamente eso: arman frases. Se asustan con el perro negro, en vez del cuco. Los monos son muy quilomberos; les dicen mirá que viene el perro negro y se calman. Le hacen chistes al coordinador, le esconden cosas para ver qué cara pone. Eso es la búsqueda de un efecto, un juego muy elaborado. Reconocen a una persona despues de muchísimo tiempo: vos podrás decir por el olor, pero el olor corporal cambia con el tiempo. Después de veinte años reconocen a una persona. Eligen en función de salud, es decir: los animales eligen en función no de belleza sino de salud. Les hacen revistas, tipo Playboy y Playgirl, bueno, Monoboy y Monogirl. De monos, de sexo y comida. Pintan figurativo, pintan una casita o algo así. Si pintás figurativo formás imagen. Las órdenes las cumplen, el chimpancé es sumanente inteligente», asegura. En Guiando la hiedra, Hebe dejó el cuento «El mono Alberto y la antropóloga norteamericana» como testimonio de ese gusto.

«El perro es más inteligente que el gato, pero el gato entiende valija. Entiende que te vas. Yo he tenido gatos. Entienden valija y entienden algo, que uno no sabe por qué; cuándo yo me iba cerca, para hacer un mandado en la cuadra o en el barrio, distinto que cuando me iba lejos. Uno debe hacer movimientos preparativos que él entiende. Y después, se relaciona con las personas de manera distinta con cada uno. No es igual con toda la gente. Hay una serie de cosas muy intersantes del gato, muchos gemidos y sonidos distintos. Y los perros cantan, ¿no viste cómo cantan? Los gatos es más bonito, se deslizan silenciosos. Ademas viste cómo se sientan, con la colita. ¡¿Mirá si tuviéramos cola?!». En «Organización de eventos», perteneciente a Del cielo a casa, encontramos el pasaje:

«Ahí empecé a pensar en las personas como en animalitos que tienen ciertas costumbres y a adivinarlas: cuando veía a una mujer con el vestido muy floreado, zapatos de color y el pelo como peinado por el viento y que no acertaba rápido a entender las cosas, yo decía: “Seguro que quiere ir al río”. Y si veía a un hombre correctamente vestido, pero llevando la ropa como quien se cubre nomás, con la vestimenta un poco gastada y en tonos de gris y marrón, yo pensaba: “Ruleta”. Y casi siempre acertaba».

Quizás, a Hebe le interese observar los animales para observar, por su intermedio, también a las personas. En «Mi gato», por ejemplo, resuelve: «Tal vez toda la inteligencia humana no haya sido más que vencer el terror, todas las fórmulas de cortesía, qué tal, cómo le va, sólo sean fórmulas para aventar el terror que nos produce otro ser humano».

«La felicidad es algo muy genérico y difuso; nadie puede saber a ciencia cierta si es feliz», escribe. Hebe (y no Teresa, y no el apodo que dice logró sacarse después de años de odiarlo y no cede a repetir), en la mitología griega es la hija de Zeus y Hera («la diosa de blancos brazos»), personificación de la juventud. «Los dioses celebraban asamblea sentados junto a Zeus sobre el áureo pavimento, y en medio de ellos la augusta Hebe escanciaba néctar». También aparece Hebe en el Canto V de la Illíada, preparando el carro para que viaje Hera, hermoseándolo con oros y platas.

Hebe, la que prepara los viajes.

«A mí me encanta vivir» dice, mientras toma notas en el auto, cruzando el Parque Sarmiento. Lo último que aparece en el grabador es su voz, apurando para salir a la ruta: «Bueno ya está. ¿Nos vamos?».

 

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