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Tuyo es el Reino

Aún no estando a la altura de las anteriores, El Reino, la nueva novela de Emamnuel Carrère (publicada por Anagrama) consigue mantener la tensión del lector e invitarlo a pensar.

Por Bob Chow.

De todas las novelas escritas en colaboración, ninguna ha merecido tanta atención —y la traducción a 2.500 idiomas— como La Biblia. Lo que sí lleva a desconfiar de la humanidad es que su personaje central Cristo, el Mesías, el Ungido, el Hijo del Hombre, Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos (I.N.R.I, por sus siglas en latín) tenga sólo una cosa para ofrecer: El Reino.

El Reino de Dios, tal como lo presenta Jesús, es de otro mundo y su llegada es inminente. El Reino, de Emmanuel Carrère (Anagrama), son quinientas páginas que bien destiladas hubieran dado unas ciento cincuenta mejores. En su deformidad también podría haber atractivos: la novela es informativa, se mete con personajes abismales y esquizofrénicos, inmensos, Pablo de Tarso, Nerón, Jesús mismo; roza la mística de los primeros cristianos; es libro de consulta e inspiración; tiene destellos de oficio de escritor. Lo que posiblemente no tenga es magia, línea, tensión argumental, un diseño ergonómico; es un equipo de superestrellas que juega mal. Carrère hace trucos de mago con galeras transparentes.

 

Aun así, saltando sus extraños pozos, cumple en lo esencial: en días en que la atención humana se vuelve un bien escaso, no solo se la puede atravesar, también hace pensar. ¿Y qué sería lo que inspira esta lealtad del Año Cero hacia Jesucristo? Supongamos que no es el encanto de caminar sobre las aguas sino la seducción de ir al socorro irrefrenable de los parias, de los que han hecho todo mal, de los que no valen nada, de los moribundos y de los arrepentidos. Cristo va hasta lo más bajo, lo insalvable. Como un enfermero sirio, Cristo es el Rey del Dolor.

El dolor es un gran maestro pero pocos quieren tomar lecciones con él. Tan sólo unas mujeres siguen hasta la Cruz a quien revolucionariamente se ocupó de ellas. Pero Christus mortuus est. Supongamos que toda religión es miedo a la muerte. Y que negar ese vacío con eficiencia ha sido esencial a la supervivencia de la especie. Abramos un poco los ojos, es basura lo que recubre al mundo. Supongamos que El Reino que podemos conocer esté aquí y se deje a ver sólo a veces, evanescente como un momento, como insinúa Carrère, en la risa de un niño mogólico.

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