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SPAM en el mensaje en la botella

Una lectura de Los condenados de la pantalla, de Hito Steyerl, publicado por Caja Negra en su colección Futuros próximos.

Por Valeria Tentoni.

“Una suerte de misión de reconocimiento, una cartografía en proceso de la tierra baldía de la imaginación congelada, pero también una cartografía de la nueva sensibilidad emergente”, dice Bifo Berardi en el prólogo de esta serie de ensayos tomados de publicaciones en la revista e-flux, compilados y traducidos por Marcelo Expósito, que componen la primera aparición de Hito Steyerl en una edición argentina.

Caja negra lo publicó junto a Volverse público, de Boris Groys, en su colección Futuros próximos: una suerte de lectura obligatoria (si por obligatorio se entiende pertinente, útil y deseable) para comprender el momento, la era en la que braceamos, según su hipótesis, en la condición de caída libre. Una era que define como de “paparazzi masivos y de voyeurismo exhibicionista”, en la que acabamos “representados hasta hacernos pedazos”, y donde las cámaras se vuelven “herramientas de desaparición”, porque “cuanto más se representa a la gente, menos queda de ella en realidad”. Pero no todas son malas noticias: Steyerl sugiere que de modo casi imperceptible se está produciendo ya un éxodo, una retirada. Diagnostica así un momento que encuentra al borde de convertirse en otro. De hecho, las “imágenes pobres” de las que habla en el segundo ensayo, víctimas en su alta fidelidad del trasheo al que las somete su circulación, ya mismo son otras, aunque esto no invalide sino que subraye el análisis al que las invita.

 

“La realidad en la que vivimos consiste en imágenes, porque las imágenes, en cierto punto, empezaron a cruzar la pantalla y materializarse”, entiende, y también que no lo han hecho sin transformaciones. Los textos aquí aglutinados avanzan en sus investigaciones sobre la materialidad de lo digital, los efectos de los ciclos de reciclaje, edición y mutación en los que entra al circular. Y avanzan sobre el producto de esta circulación en tanto afecta a las perspectivas, la normalidad visual, la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo, la soberanía y el control sobre los espacios que habita ese cuerpo, nuestros modos de vincularnos laboralmente (ningún trabajador freelance debería terminar la semana sin leer los ensayos centrales “El arte como ocupación” y “Liberarse de todo”) y de sobrevivir en un sistema que requiere de nosotros una participación activa que nos compromete a la reproducción.

La Doctora en Filosofía y profesora del New Art Media de la Universidad de Berlín escribe: “El campo del artes es un espacio de violenta contradicción y de tremenda explotación”. Sobre esa idea se despacha en un ensayo riquísimo donde utiliza conceptos como los de “trabajo de choque” o “vagabundos digitales” que aceitan nuevos caminos para pensar la actualidad. “Lo que antes era trabajo se está convirtiendo cada vez más en ocupación", y propone “observar lo que el arte hace, no lo que muestra”. “Si el arte contemporáneo es la respuesta, la pregunta es ¿cómo embellecer al capitalismo? (…) El arte contemporáneo, por tanto, no solo refleja sino que también interviene activamente en la transición hacia un nuevo orden mundial”, agrega párrafos después, y revitaliza la discusión sobre el vínculo arte-política.

Steyerl observa la bolsa de trabajo del arte y problematiza con lucidez y valentía:

"Yo diría que --dejando a un lado el trabajo doméstico y de cuidados a personas-- el arte es la industria con mayor índice de trabajo no remunerado. Se sostiene en base al tiempo y la energía de becarios sin salario y sujetos autoexplotados en casi todos los niveles y en casi todas las funciones. El trabajo gratuito y la explotación sin control son la materia oscura visible que mantiene en funcionamiento el sector cultural. (...) La fuerza de trabajo del arte contemporáneo consiste ampliamente en gente que, aun trabajando de modo constante, no se corresponde con ninguna imagen tradicional del trabajo".

“¿Dónde está la realidad?”, cuestiona. Esta crítica y artista alemana no ignora el desfasaje entre la estampida de imágenes para unos y la completa ausencia para otros, “personas privadas de derechos, invisibles o incluso desaparecidas y ausentes”, ni la paradoja de los lumpenfreelancers, los entusiastas autoexplotados, tracción a sangre del cine de imágenes en alta rotación.

Así, se ensucia las manos con los desperdicios de nuestras comunicaciones inalámbricas, ruinas en JPEG que se hunden en el fondo de ese océano infinito que es la deep web: la basura digital, tan distinta y tan igual, a la vez, a la otra que producimos y se agolpa en basurales a presión bajo la tierra. Steyerl nos presenta en uno de los últimos ensayos una silueta del spam que se parece a la de cardúmenes confusos y vehementes en el mar del cielo, compitiendo como espermatozoides en carrera por llegar a nuestro aparato de deseo, pero también hacia lo que todavía no ocurrió, lo que no podremos desear porque ya no estaremos entre las cosas para querer tomarlas. “La imagen-spam es nuestro mensaje al futuro”, anota, pero también advierte que el spam funciona como negativo de la humanidad, como retrato de lo que no es. Y ese es un negativo que no puede revelarse. “Salgan del radar y hagan lo que tengan que hacer”, dicen las imágenes que se ofrecen en nuestro lugar para sufrir el control. ¿Hay manera de hacerles caso a tiempo?

Steyerl se encarga de la sobreexplotación, de la velocidad, del desorden, del abismo –la caída libre, como mencionamos, es una figura que aparece desde el primer ensayo y auxilia otras--, de un sistema “que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra”: todo esto que también está, desde el prólogo de Sartre, en Los condenados de la tierra de Fanon, de quien ella toma no solo el título sino también el modo: “Lejos de lanzar un grito de alarma, hacer un diagnóstico”. Y lo que decía Sartre entonces podría decirse sobre ella ahora: “No oculta nada; ni las debilidades, ni las discordias, ni las mixtificaciones”.

Caja Negra se propone con esta colección “reconsiderar las categorías con las que tradicionalmente pensamos a la sociedad, la política y el arte”, publicando trabajos que permitan “elaborar un repertorio de recursos críticos que nos ayude a leer las transformaciones del mundo que nos rodea. Y, por sobre todas las cosas, a sobrevivir en él”. Definitivamente, Los condenados de la pantalla augura un catálogo de lectura imprescindible a estos fines y seguramente a muchos otros que podamos proponernos, acompañados, si la calidad de la propuesta, como es de esperarse, se mantiene con aparatos de pregunta receptivos, arriesgados, solventes y, a la vez (¡al fin!) “cargados de afecto”.

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