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Los primeros retratos fotográficos a escritores

¿Cuándo empezaron a posar ante la cámara los escritores? Un breve recorrido posible, con imágenes.

Por Valeria Tentoni.

Victor Hugo por Vacquerie 1856 "Victor Hugo leyendo frente a una pared de piedra" por Auguste Vacquerie, 1853. Musée D’Orsay

Derivado de la pintura y con una prehistoria en los bustos y estatuas (se cree que la más antigua en este orden es la del príncipe Gudea, gobernador de Lagash, Sumeria, del Siglo XXI a.C.) y en las monedas persas del Siglo V a.C., el retrato fotográfico se popularizó a partir de la aparición del daguerrotipo, hacia 1840. Deudor quedó, sin embargo, durante años, de la manera en que esa representación interpretada de una personalidad se conseguía con óleos y tintas. Como género, el retrato pictórico comenzó por obtener sus modelos de las clases dominantes; sólo ellas podían pagarlos, y lo hacían a modo de subrayado de poderío, como símbolo de pertenencia y como pasaje, vía imagen, a la inmortalidad. Entre otros usos, puede citarse el caso de Velázquez y los retratos de la infanta Margarita de Austria, a quien iba calcando cuidadosamente año tras año para enviar esas pinturas a su tío, el emperador Leopoldo I, que la tenía prometida como esposa y podía observar de ese modo el progreso de su belleza (en una serie que incluye esa pieza tan útil para el pensamiento contemporáneo, "Las meninas").

No fue sino hasta el desarrollo de cámaras más ágiles y livianas que la contextura de los retratos comenzó a modificarse, independizándose, con las nuevas posibilidades de captura que se inauguraban por estos medios, de las maneras en que los cuerpos se disponían ante la lente. El pelotazo inicial para esta carrera fue la aparición de la cámara Kódak, que George Eastman patentó en 1888 bajo el slogan “Presione el botón, nosotros hacemos el resto”, eligiendo para su marca una palabra que pudiese pronunciarse del mismo modo, prácticamente, en casi todos los idiomas del mundo –lo que demuestra, a su paso, que el triunfo es una cuestión de tenerse confianza. Cámaras hogareñas como esas canalizaron la fotografía amateur. Y, claro, una libertad inédita. Así, aparecieron fotógrafos como Jacques Henri Lartigue, un chico rico francés de siete años que volvía loca a su niñera pidiéndole que salte y se tire de la escalera para fotografiarla, o que sorprendía a las señoras de París con sus perritos de paseo. Lartigue pudo capturar, en su infancia, los instantes decisivos y el movimiento, innovando con encuadres caprichosos e imprimiendo velocidad y contundencia a los retratos.

Pero desde antes de estos portentos el género se utilizó, como la pintura, con un ojo puesto en la representación de las personas persiguiendo efectos en sus vidas (fines sociales; de vinculación, de constitución del status, de pertenencia y de inflamación de la vanidad) y tras su muerte (como pasaje a un tipo de inmortalidad económica, como recuerdo para los sobrevivientes, cuentas de ábaco en la cronología de una estirpe). Muy común, al principio, el retrato post mortem –muchas personas pasaban toda su vida sin ser fotografiadas, desde que era tan caro, y en el fin se hacían retratos familiares o del finado, en el cajón. Hay algunos dando vueltas en internet de bebés y nenes muertos, con sus juguetes, inclusive algunos con sus hermanitos vivos, de pie, al costado, en una mímica de la vida que podría ir a parar más bien a la deep web que a un resultado automático de Google: son tremendos. Entre los escritores, de hecho, existen algunos casos.

Nadar, uno de los más grandes fotógrafos del Siglo XIX, tomó retratos de Victor Hugo en su lecho de muerte en París, el 22 de mayo de 1885: “Gracias a un excelente tratamiento de la luz y los contrastes, parece reflejar las últimas palabras pronunciadas por Victor Hugo: ‘veo una luz negra’”, encontramos como memoria de esa serie de fotos en la página web de la casa museo del escritor. Allí también puede hallarse un retrato que se le tomara en 1853, llamado “Victor Hugo escuchando a Dios”, cuyo autor es Auguste Vacquerie. Se trata de una fotografía en papel salado a partir de negativo en vidrio tratado con colodión. Durante el exilio en Jersey, Victor Hugo instalaría un taller de fotografía con Vacquerie y sus hijos en el invernadero de Marine Terrace, gracias a Edmont Bacot, un fotógrafo de Caen: “La fotografía se convierte en un asunto de familia. Hugo muestra una gran curiosidad por este arte incipiente. Es consciente de su utilidad política a la hora de difundir su imagen de exiliado en toda Francia. También descubre las promesas editoriales que encierra la fotografía. (…) Si bien existen algunos daguerrotipos que demuestran el interés del poeta por la fotografía desde finales de la década de 1840, será en el exilio cuando Victor Hugo entre en auténtico contacto con la fotografía. Esta actividad se mantiene en Hauteville House, Guernsey a partir de 1855, donde instalan un pequeño laboratorio entre el salón de tapices y el taller”, leemos. Sus proyectos de fotografía romántica pueden verse en el Musée d’Orsay. El autor de Los miserables fue retratado muchas veces; con woodburytipio (o fotogliptia, proceso de impresión fotomecánica creado en 1864 por Walter Bentley Woodbury) por Étienne Carjat en 1876, por Walery en 1875, por Bacot y por Charles Hugo, hacia 1850, por mencionar algunos.

Otros escritores fueron retratados post mortem. Por lo menos dos: Domingo Faustino Sarmiento, en 1888, en su casa de Asunción del Paraguay, y León Tolstoi, en 1910, en Yasnáia Polyana.

Tolstoi

Tolstoi, como escritor retratado, es a su vez un caso particular por la cantidad de imágenes suyas que se conservan. Y es que su mujer, Sofia Behrs, era fotógrafa amateur, además de escritora, copista (fue quien copió la obra de su marido, ¡Guerra y paz incluida, y siete veces!) y madre de sus trece hijos, de los cuales sobrevivieron ocho. Son más de 1000 las placas que tomó de su esposo, al que le manejaba las finanzas y le cocinaba especialmente (como Kafka, Tólstoi era vegetariano). Antes de morir, él decidió donar todos sus bienes y derechos a la humanidad en vez de a su familia y la dejó con la prole y el desparramo. Mucho tuvo que ver ahí su editor, Vladimir Chertkov. Así que Tolstoi era un pacifista puertas afuera. Nunca negoció el pedido de esta mujer de intentar métodos anticonceptivos, por ejemplo. “Sus sermones sobre el amor y la bondad lo han vuelto indiferente a su familia”, se lee en los diarios de Sofia. "Fue humillada por su marido durante casi cincuenta años", escribe Hinde Pomeraniec. En fin, que esta mujer multiplicada es la responsable de buena parte de la cantidad de imágenes con que contamos del maestro. Lo podemos ver en su estudio, frente a su escritorio, rodeado de libros, pero también lo detuvo, Sofía, en la intimidad de su casa: esos retratos son efecto de una intimidad específica, y por tanto particularísimos. Caminando por los jardines, descansando en el balcón, jugando con sus hijos o al ajedrez con Chertkov, en bicicleta (aprendió a andar a los 67).

Tolstoy y su esposa, Sonia. Crimea, 1902.Tolstoi y su esposa Sofía. Crimea, 1902.

Otro de los primeros escritores en ser fotografiados fue Charles Baudelaire: estuvo, como Victor Hugo, ante las cámaras de Nadar y de Carjat. El primero tomó muchas fotografías del poeta, al menos durante tres sesiones diferentes entre 1855 y 1858: "Nadar y Baudelaire se conocían desde hacía unos quince años, a principios de la década de 1840, y pese a las desavenencias de dos caracteres fuertes, permanecerían unidos por una amistad muy sólida hasta la muerte del poeta, amistad que Nadar relata en una obra póstuma publicada en 1911 Charles Baudelaire íntimo: el poeta virgen. Baudelaire posaría de nuevo y por última vez en 1862 ante el objetivo de Nadar, una de las pruebas obtenidas en ese entonces será llevada al grabado por Manet", leemos.

El que sigue es el retrato de Carjat: un woodburytipo de 1862. "Este retrato no es perfecto, porque la perfección es imposible, pero rara vez he visto algo así", escribió Baudelaire en sus cuadernos.

Baudelaire por Etienne Carjat Baudelaire por Etienne Carjat

Por el estudio de Nadar pasaron también Julio Verne, Stéphane Mallarmé, George Sand y Alejandro Dumas. Su nombre real era Félix Tournachon y había nacido en Lyon en 1820. Estudió medicina. Era, además, periodista y caricaturista, y fue el primero en la historia en sacar fotos con luz artificial y en tomar imágenes aéreas, desde un globo aerostático, en 1858. Julian Barnes le dedica atención entre otros aeronautas en Niveles de vida.

Maestro del retrato, inventó, por ejemplo, el método "foto-interviú": consistía en tomar 21 fotos al entrevistado, mientras respondía sus preguntas, obteniendo así nuevos gestos y movimientos. "La teoría fotográfica se aprende en una hora, las primeras nociones de práctica en un día. Lo que no se aprende es la inteligencia moral de lo que se va a fotografiar", escribió. Nadar nunca quiso colorear sus retratos. Se valía, exclusivamente, de dos elementos: la luz y el gesto. Su naturalismo, que lo acercaba en estilo a las ejecuciones pictóricas, también lo puso delante de otro escritor con el que de ese modo se familiarizaba, Émile Zola.

Julio Verne por Nadar, 1878 Julio Verne por Félix Nadar, 1878

El autor de Los tres mosqueteros era el ídolo de infancia de Nadar: su papá había publicado su primera novela y un retrato del autor estaba colgado en la habitación del fotógrafo, de chico. La obra que abajo se observa, probablemente, fue destinada a la venta en copias. Dumas era un autor reconocido, desde que ya había publicado, para entonces, El Conde de Montecristo: "Dumas es representado como un hombre vital y vibrante. El autocontrol de sus manos cruzadas, descansando sobre una silla que desaparece en las sombras, parece un intento por contenter una corriente subterránea de energía ilimitada que amenazaba con arruinar la quietud necesaria de la pose y parece haber encontrado un escape a través del pelo de Dumas. Por los días de esa toma, el prolífico Dumas y Nadar estaban planeando una colaboración en un espectáculo teatral, que finalmente nunca se montó", se lee en la web del Getty Museum.

Alexander Dumas por Nadar Alexander Dumas por Nadar, 1875

George Sand, primera en tantas cosas (en separarse de su marido y obtener el divorcio, por ejemplo, llevándose a sus hijos con ella a París, donde circulaba disfrazada de hombre entre los hombres necios que acusaban a la mujer sin razón para hacerse lugar en el mundo, al tiempo que perdía sus beneficios de baronesa), sería también una de las primeras damas en quedar inmortalizadas frente a una cámara. La autora de Indiana Lélia, protectora de Flaubert, era muy amiga de Nadar. Él le dedicó, de hecho, su libro Cuando yo era estudiante, "con entusiasmo ferviente y profundo respeto". La retrata por primera vez en 1864. Ella tenía ya unos 60 años. Acá la vemos (link mental caprichoso):

George Sand por NadarGeorge Sand por Nadar, 1864

*

(continuará)

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