Las primeras líneas

Miércoles 23 de setiembre de 2015
Sobre Un verano, de Damián Huergo (publicada por Notanpuän)
Por Egdardo Scott.
“Alguna vez habrá que hacer la historia de nuestras novelas de educación”, empezaba Ricardo Piglia el prólogo a la reedición de Nanina, de Germán García. Y es cierto, hasta se podría aventurar que después de la “novela política”, la denominada “novela de educación sentimental” –como variante de las “novelas de iniciación”– ocupa un lugar clave en la literatura argentina. Un verano, de Damián Huergo (Notanpuän), se inscribe en esa tradición donde brillan, entre otros títulos, la primera parte de Cicatrices, de Saer, En breve cárcel, de Sylvia Molloy, Crónica de un iniciado, de Abelardo Castillo, La pérdida de Laura, de Martín Kohan, y por qué no, la primera parte de Sobre héroes y tumbas, de Sábato.
Un verano cumple con la estructura imprescindible. Mauro, un chico de catorce años, hace su primera excursión al mundo; pasa un verano trabajando para un matrimonio amigo de sus padres que puso un lavadero en la costa. Hasta entonces, Mauro es uno de los tantos chicos del suburbio que sueñan con triunfar con la pelota (los tiempos cambiaron, y en el imaginario kirchnerista de la novela, la contraseña ya no es Maradona sino Messi; a Mauro le dicen Messi). Su padre ha motorizado y justificado el sueño no sin cierta exaltación nacional: “Lo único en común que tienen los argentinos es el fútbol”. Pero el cuerpo ha crecido, y a Mauro le interesa menos el fútbol que el amor. Lo encontrará ese verano y también encontrará las primeras dudas. En definitiva, intensidades propias, que Huergo en cada capítulo va desgajando con cuidado, sin perder ritmo.
Un verano vuelve a confirmar lo que ya en el '77 apuntaba Barthes en su Fragmentos de un discurso amoroso: que el discurso amoroso, practicado por miles y sostenido por nadie, "abandonado por los lenguajes circundantes", ha sido arrastrado al repetido y eminente lugar de la afirmación. Y en ese sentido la profusión de novelas de educación sentimental, más allá del registro o sus latitudes, parece más un síntoma cultural, que una insistencia temática. La causa amorosa, el ideal afectivo se revela como un ensueño de época. En Un verano, la atracción de/por lo sentimental –que a su vez se entrevera y confunde con el deseo– es el principal motor narrativo.
“La primera línea / que cruzó mi pecho / el primer sonido / que cruzó mi cable”, cantaba Palo Pandolfo en el '87, en el notable disco debut de Don Cornelio y la zona. La primera línea: el amor de la primavera alfonsinista espolvoreado con cocaína. Huergo nació en el ´83, ya pertenece a la generación que creció en democracia. Pero en estas décadas, los fantasmas jóvenes cambiaron de espíritu. Ya no hay cocaína en la costa de Un verano. La atmósfera es de parrilla, fernet, porro, playstation; goces y aventuras inofensivas. Como si el amor –y en sus vísceras, el sexo– fuera el mayor peligro. Su irresistible poder de alienación. La gran aventura contemporánea no es el viaje existencial ni la revolución ideológica, sino la peripecia sentimental. Tal vez por eso deba ayudarlo un ex–combatiente. En Un verano, el iniciador de Mauro, el avunculado lo ejerce un ex–combatiente de Malvinas. Y ese personaje es uno de los aciertos de la novela, porque elude varios lugares comunes: el suicida, el depresivo, el resentido, el facho, el loco. El ex–combatiente de Un verano es simpático, solitario y escucha boleros. También su verdadera guerra perdida parece haber sido el amor. Es un personaje construido desde un imaginario novedoso, quizá porque le debe menos al Nunca más que a Los Simpsons, y a una narrativa argentina que incluye a Pedro Mairal, Carlos Gamerro o Fabián Casas, a Ignacio Molina o Ricardo Romero.
Del amor se trata. Del amor: como aquel obsesivo tratado de Stendhal. El matrimonio averiado de los padres de Mauro, la pareja amistosa que lo recibe en la costa, la chica que es la Victoria del verano. Flaubert publicó La educación sentimental en 1869. Un verano es una buena muestra de su completa vigencia.
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