La aldea de las mujeres

Lunes 26 de octubre de 2015
Un paseo por la FILSA, donde pueden encontrarse libros como El hombre semen, el testimonio real de una mujer que vivía en un pueblo sin hombres.
Por Patricio Zunini.
El hombre semen, de Violette Ailhaud, me lo recomendó un italiano en el stand de las editoriales independientes de la Filsa, la Feria del Libro de Santiago de Chile. Me dijo que era el testimonio real de una mujer que había vivido en un pueblo sin hombres al que, tras años de soledad y desesperanza, llegaba un viajero. Habrá sido el título, la tapa, o la manera en que el italiano resumió el argumento, pero me atrajo como un imán.
En Chile los libros son caros, entre otras cosas porque pagan IVA. Un librero me contó que cuando salió 2666, de Roberto Bolaño, costaba 60 pesos en Argentina y en Chile el equivalente a 400: los santiaguinos lo compraban vía Mendoza. Es posible que la anécdota sea una exageración. El hombre semen está publicado por Edicola —aún no se consigue en Buenos Aires— y cuesta 5000 pesos chilenos (la relación es 680$ = 1 us$). Dependiendo de cómo se tome el cambio, cuesta alrededor de 100$ argentinos. Es un librito de 50 páginas de formato pequeño.
Como viajé invitado para participar en las Jornadas Profesionales, la organización me entregó un viático para cubrir mis comidas: llegué a casa con una valija llena de libros. Compré Colección particular, de Gonzalo Eltesch (Ed. Laurel), Qué vergüenza, de Paulina Flores (Hueders), Chilean Electric, el nuevo libro de Nona Fernández (Alquimia), Tratado sobre la infidelidad, del mexicano Julián Herbert (Montacerdos), dos o tres más.
En la feria hay un importante movimiento de editoriales independientes; ocupan el mismo espacio total que las grandes. Los escritores argentinos circulan por ellas: desde María Sonia Cristoff hasta Damián Tabarovksy, pasando por Francisco Garamona, Hernán Ronsino, Mariana Enriquez, Valeria Tentoni, Margarita García Robayo. Hay también antologías como La última gauchada o El tiempo fue hecho para ser desperdiciado, que incluye cuentos de Violeta Gorodischer, Marina Gersberg, Marina Mariasch, Santiago Llach. Y también hay editoriales argentinas —bien destacadas en los stands de sus distribuidores—: Eterna Cadencia, por supuesto, Adriana Hidalgo, Caja Negra, Mansalva, Páprika y más.
Odiseo y las amazonas
Violette Ailhaud tenía 16 años cuando el 2 de diciembre de 1851 Luis Napoleón Bonaparte, sobrino y presunto hijo natural del primer Napoleón, realizó un autogolpe de Estado. Mientras que en la capital la respuesta fue tibia, el sur del país se levantó en una revuelta que duró tres meses. Las fuerzas de Napoleón fueron devastadoras: pueblos completos de la Provenza quedaron vaciados de hombres —muertos o deportados a África—, habitados sólo por niños, solteras, viudas y ancianas. Uno de esos pueblos fue el de Ailhaud.
En la idea de una aldea de mujeres subyace una sensación de claustrofobia y pesadilla. Quizá porque sea más natural pensar en ambientes proclives a la homosexualidad masculina —el ejército, altamar, el deporte. El pueblo de Ailhaud hace pensar en las películas de Night Shyamalan.
No hay hombres: ni ladrones, ni autoridades, tampoco curas. Pasan los años y en aquel pueblo las mujeres van cayendo en la desesperación. Primero por la pérdida del amor, luego por la falta de sexo. «Mi corazón y mi cuerpo están vacíos», dice Ailhaud. «El primero llora al hombre perdido. El segundo al hombre que no viene.» La autora se mueve entre la elipsis y la metáfora para desarrollar una erótica que no afloja. La tensión alcanza su clímax cuando llega Juan (sólo Juan), que se aloja en el granero de Ailhaud y de su madre. Las mujeres del pueblo, entonces, hacen un pacto. Deciden que Juan «se va a quedar sin que lo hayamos hablado nunca con él. Nunca sabremos si huye de algo o si está de caza. Con Juan, la felicidad hizo su nido en nuestra desgracia y el resto no le importa a nadie.»
¿Será una historia real o un invento del primer editor (que además fue quien puso el título)? El libro se publicó recién en 1952 y se convirtió en un éxito de ventas. Por aquellos años la sexualidad femenina empezaba a romper barreras (Buenos días tristeza, por ejemplo, es de 1954). Dice el mito que Violette Ailhaud escribió esta novela-testimonio en 1919, ya octogenaria, cuando su pueblo volvió a quedarse sin hombres por causa de la Primera Guerra Mundial. Ailhaud lo guardó bajo llave y dejó expresas instrucciones para que fuera entregado a la mayor de sus descendientes mujeres, 27 años después de su muerte. Aquel pacto necesitaba tiempo para ser revelado.