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John Hersey y Tomás Eloy Martínez en Hiroshima

A 70 años de la bomba.

Por Mónica Yemayel.

Pisaron Hiroshima. Sabían qué buscaban. La historia de unos pocos hombres y mujeres que resumieran la suerte de toda la humanidad. Sólo uno de cada seis habitantes había sobrevivido. Se quedaron allí, junto a los gembakusho. Sabían qué buscaban. Un relato perfectamente indestructible. Los dos cronistas registraron, con estilos diferentes y años de distancia, las huellas de lo que fuimos, de lo que somos.

Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino.

 

Así comienza Hiroshima, del escritor y periodista John Hersey (1914-1993). La crónica se publicó en el New Yorker el 31 de agosto de 1946 y poco después fue un libro que se transformó en un clásico. Hersey se detiene en los detalles mínimos de la memoria de seis sobrevivientes para hacer retroceder el tiempo: allí está la señorita Toshiko; más allá, la señora Nakamura; ahora, estalla la bomba; sientan el calor que irradia; y la pena infinita -diría el periodista Anthony Lewis recordando a Hersey- por el dolor de saber cuánto daño es capaz de causar un ser humano a otro.

La señora Nakamura estaba de pie, mirando a su vecino, cuando todo brilló con el blanco más blanco que jamás hubiese visto… sus reflejos de madre empezaron a empujarla hasta sus hijos… trozos de madera le llovieron encima cuando cayó al piso, y una lluvia de tejas la aporreó; todo se volvió oscuro, porque había quedado sepultada… Escuchó a un niño que gritaba ¡Mamá, ayúdame!

La señora Nakamura logró liberarse y corrió hacia él, y mientras lo hacía comprendió que ninguno de sus otros hijos la llamaba. En 1985, 40 años después, Hersey volvió a Hiroshima para encontrarse con los mismos hombres y mujeres; quería escribir qué había sido de sus vidas. La crónica se llamó “Hiroshima: Las consecuencias” y también fue publicada por el New Yorker, el 15 de julio de ese mismo año.

Exactamente entre los dos viajes de Hersey, en 1965, el periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez (1934-2010) viajó a Hiroshima para escribir una crónica que, en julio de ese año, publicó la revista Primera Plana. "Los sobrevivientes de la bomba atómica" se incluyó, años después, en el libro Lugar común la muerte.

Hiroshima era como una mano, con seis flacos dedos de agua. Estaba situada al centro del golfo de Seto, entre dos poblaciones menores, Otake y Jure. Hacia 1594, los adivinos del príncipe Mori Terumoto aplicaron la quiromancia para desentrañar el porvenir de la aldea, poblada entonces con 120 familias de pescadores: le presagiaron una vida larga y sin zozobras, libre de inundaciones y abundante en conquistas.

Con un augurio equivocado. Así comienza la crónica que se va construyendo sobre el contrapunto entre los recuerdos y el presente de los sobrevivientes. Y es allí, donde parece imposible que algo pueda superar el horror del pasado, que el cronista revela la cotidianeidad de esas vidas y descubre una duda silenciada: ¿están realmente vivos?

Todos los sobrevivientes de la bomba saben que alguna oscura partícula de su condición humana les fue arrebatada aquel día de verano: poco a poco fueron dándose cuenta de que estaban condenados al aislamiento y a la pobreza… No les es fácil ser reconocidos como enfermos atómicos y hasta 1957 se negó oficialmente que sus anemias y cánceres tuvieran algo que ver con la explosión. Es que el 3 de septiembre de 1945, durante una conferencia de prensa en Tokio, el brigadier general Thomas Farrell informó que "ya nadie padece en Hiroshima y Nagasaki los efectos radiactivos de la bomba. Quienes los recibieron están muertos".

En un apartado al final del libro hay una serie de testimonios que no fueron incluidos en la crónica. En la introducción, Tomás Eloy Martínez explica su decisión: «Los testimonios más patéticos sobre el exterminio atómico fueron excluidos de la historia que volví a escribir para este libro porque no siempre el énfasis de la realidad contribuye a su verosimilitud». Uno de esos testimonios, el de Shogo Nagaoka, registrado en 1964, comienza así: «Lo peor de todo fue la tranquilidad que sucedió al estallido. No se oían gritos de pena ni horror. Entre las infinitas enfermedades que cayeron, la bomba sembró también la enfermedad de la apatía».

En mayo pasado, María Moreno presentó en Chile el libro Escrituras a ras de suelo, crónica latinoamericana del siglo XX (Universidad de Finis Terrae). Allí decía que el gesto de Tomás Eloy Martínez al escribir "Los sobrevivientes de la bomba atómica" podía leerse como «una práctica crítica contra el olvido de los grandes cronistas». Relevar al maestro en el territorio, decía. Un modo de no olvidar a Hersey, de no olvidar los temas fundamentales.

Han pasado 70 años. Como cada agosto, serán miles los que llegarán hasta el Parque Conmemorativo de la Paz de Hiroshima. Reivindicarán la paz, escucharán el sonido de las campanas y verán la suelta de palomas. Y mientras miren hacia el cielo no olvidarán que hasta las 8.15 horas, la mañana del 6 de agosto de 1945 había sido clara sobre Hiroshima.

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