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El espíritu de mi madre sigue subiendo en la lluvia

Mezcla de memoria, autobiografía y crónica, Marta Dillon cuenta en Aparecida (Sudamericana) cómo recuperó los restos de su madre, desaparecida por la dictadura en 1977.

Por Patricio Zunini.

El 28 de enero de 1977, Montoneros puso una bomba en la seccional de Ciudadela, que mató al comisario y dejó varios policías heridos y también a una mujer y su hijo. La represalia fue rápida y cruenta. Los diarios de la época reportan en la jerga de entonces que durante la semana siguiente casi 30 subversivos fueron abatidos por las fuerzas de seguridad en diferentes enfrentamientos. Todos esos enfrentamientos, en realidad, fueron ficticios. Uno se dio en la intersección de dos calles paralelas, otro incluyó a una pareja en fuga que chocó contra nada y así. Según esos registros, Marta Taboada debería haber sido una de las bajas del tiroteo del 2 de febrero, pero la realidad es distinta. Esa noche un grupo de tareas entró a su casa en Moreno —sus cuatro hijos dormían en uno de los cuartos— y la secuestró junto a su novio y a una amiga. Marta Dillon tenía 10 años, era la hija mayor. Recuerda que se despertó sobresaltada por los ruidos, pero que la chica que los cuidaba la tapó con una almohada: «Quedate quieta, cayó la cana. El Negro está herido, tu mamá está bien».

 

Cuánto dura una búsqueda. En qué momento se deja de reclamar la aparición con vida para pedir, al menos, la restitución de los restos. En 2010, más de tres décadas después de «la última vez que la abrazamos», Marta Dillon estaba de viaje en España cuando recibió una llamada del Equipo Argentino de Antropólogos Forenses (EAAF) en donde le dicen que hallaron los huesos de su madre. En rigor: el cráneo, el maxilar, tibias, fémures, radios y cúbitos. Son pocos; los necesarios para considerar que ha dejado de ser una incógnita, que existe, que está, que tiene entidad. Dillon, integrante de HIJOS, pareja de la directora Albertina Carri, periodista de Página/12 ha esperado —ha ansiado— este momento en cada uno de los casos que le tocó cubrir: «El periodismo», escribe, «siempre me había servido para acercarme a lo que deseaba, pero sobre todo iba a abrazar esos huesos recuperados, igual que otro montón de hijos e hijas de desaparecidos, como si me pertenecieran». En Aparecida (Sudamericana), mezcla de crónica, memorias y autobiografía, Dillon registra el arco de tiempo que va desde la recuperación de los restos de su madre hasta el entierro: «desde el anonimato hacia el territorio de los muertos recordados».

El día que las Abuelas de Plaza de Mayo encontraron al “nieto 114”, Guido Montoya Carlotto —nieto de Estela de Carlotto—, Marta Dillon escribía en primera persona el peso de la presencia constante del desaparecido:

En torno de ellos no se organiza el duelo, las familias no lloran juntas en el mismo momento, no se despiden. Cada quien siente el aleteo intermitente de la presencia y de la ausencia, una locura que lleva a mirar cada tanto el pasaje de un colectivo con una esperanza vacua; a lo mejor, tal vez, la tortura le quitó el juicio, esa mujer sentada en el fondo por un instante, un mínimo parpadeo de locura capaz de alterar el tiempo, podría ser mi madre. ¿Y acaso es fácil abandonar esa ilusión? ¿Desprenderse de ese milímetro de esperanza aunque sea vana? No es fácil, aunque tampoco es fácil confesar que se la mantiene, que en algún lugar del corazón o de la mente se la alienta como se sopla una brasa tapada de cenizas.

Cuenta Sebastián Hacher en la muy recomendable crónica Cómo enterrar a un padre desaparecido (Marea, 2012), que la mujer de Manuel Corral, desaparecido en 1978, tardó en asimilar la situación y «hasta entrados los 80, y a pesar de haber presentado varias denuncias y habeas corpus, cada vez que salía a la calle dejaba un cartel en la puerta de su casa: Manolo, escribía, si volvés por favor esperame». Cuando Marta Dillon llamó a uno de sus hermanos para decirle que habían encontrado los restos de la madre, él se largó a llorar desconsolado. Más tarde él le explicaría lo que sintió: «Ese fue el momento en que mamá murió».

La narración a veces es desprolija, a veces se pierde en los laberintos de los recuerdos. Por qué, entonces, Aparecida es tan relevante. Marta Dillon pone en primer plano la intimidad de la tan transitada tragedia pública: la tristeza, los miedos, los silencios, las angustias, hasta las sospechas. «Del estudio que compartían mi papá y mi tía Graciela en el centro de Buenos Aires salió la patota con ellos tirados en el suelo del auto. Alguien tuvo que dar la dirección de Moreno, alguien señaló el auto de mi mamá que siguió de largo cuando vio movimientos en la puerta.» Dillon no es magnánima, pero tampoco inicia una caza de brujas. No tiene la necesidad de ajustar cuentas.

Mariana Enriquez cierra Alguien camina sobre tu tumba (Galerna, 2013) con el entierro de Marta Taboada. Con un lenguaje más directo que el de Dillon, relata la breve peregrinación desde la plaza de Moreno hasta donde los tres militantes fueron asesinados —se dejaron unas baldosas conmemorativas— y de ahí al cementerio de La Reja, donde la urna, decorada como un alhajero, encontró su lugar en la bóveda familiar. «Qué hermosos son los cementerios», escribe Enriquez. «Donde quedan el nombre y la fecha, una voz que dice: estuve, fui. A lo mejor ya nadie sabe mi nombre, pero alguna vez alguien me recordó».

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