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Diez libros de poesía chilena de la segunda mitad del siglo XX

Por Diego Alfaro Palma

Rojas, Parra, Teillier, Lihn y más: una selección de quien estará a cargo del taller de lectura de poesía chilena,  el poeta Diego Alfaro Palma. Cuatro encuentros para leer a Nicanor y Violeta Parra, Enrique Lihn, Cecilia Vicuña, Elvira Hernández y Raúl Zurita. ¡Ya te podés anotar!

Por Diego Alfaro Palma.

 

Aquí, una lista de lectura mientras esperamos el taller de Diego Alfaro Palma (Limache, Chile, 1984), quien publicó los libros de poemas Litoral Central (Audisea | Pez Espiral, 2017), Tordo (Ediciones del Dock, 2016 | Editorial Cuneta, 2014) y Paseantes (Ed. Temple, 2009), la plaquett Los sueños de los sueños de Kurosawa (Cuadro de Tiza, 2017) y el libro-objeto Bolsas (Hojas Rudas, 2017). También realizó la antología de la Poesía reunida de Cecilia Casanova (Ed. Universidad de Valparaíso, 2014) y reeditó la Antología de Ezra Pound en Chile (Universitaria, 2011). Tradujo El pensamiento zorro, prosa de Ted Hughes (Limache250, 2013). Sus ensayos han aparecido en El horroroso Chile. Ensayos sobre las tensiones políticas en la obra de Enrique Lihn (Alquimia, 2014) y en revistas de Chile y el extranjero. Su libro Tordo recibió el Premio Municipal de Santiago en 2015 su traducción al inglés por el poeta Lucian Mattison fue seleccionada por la Academia Norteamericana de Poesía (poets.org) en 2018.

 

 

1.Poemas y antipoemas de Nicanor Parra (1954)

Es justo y necesario comenzar esta lista con uno de los libros más radicales publicados en Chile, un libro que se convirtió en un camino de 17 años, en el que Nicanor Parra llegó a beber de las fuentes de la cultura inglesa, la poesía de Walt Whitman, la filosofía de Wittgenstein y los modelos de la mecánica cuántica; todo esto preparado en un gran menjunje adobado por la picardía del habla popular, la poesía del campo y el delirio surrealista. Poemas y antipoemas rompe conscientemente con una tradición lírica, “nerudiana” si se quiere, y le prende fuego a la casa de la poesía.

 

2. Contra la muerte de Gonzalo Rojas (1964)

Un torrente, un río que lleva consigo un puente, una lluvia que no para, lugares húmedos, mujeres oscuras, niños que nacen, amigos que mueren, poetas que mueren en la pobreza, un padre que vuelve del trabajo: Contra la muerte son las mil visiones del humano moderno, las mil visiones de la muerte en la ciudad y en el campo, en los puertos y en las minas, la búsqueda de una sola respuesta en la insondable realidad, en la que cada uno arma su pequeño negocio, goza en otros cuerpos y respira. 

 

3. Últimas composiciones de Violeta Parra (1966)

Algunos dirán que este no es un libro, que es un disco, y bueno, no se equivocan, pero su interior carga con algunos de los mejores poemas escritos en Chile. “Volver a los diecisiete”, “El Rin del Angelito”, “Maldigo del alto cielo” y, obviamente, “Gracias a la vida” se convirtieron en himnos de la memoria popular latinoamericana, pero son también el resultado de años de investigación de la canción campesina chilena e indígena, de largas caminatas por desiertos y bosques lluviosos, playas, llanos y de dar imagen y sonido a los desplazados, con una honestidad tan alta como un ventisquero: de su agua helada aún bebemos y riega los valles y hondonadas.  

*Ojo: Las relaciones entre poesía y música no se han roto: no se nos puede escapar el gran Mauricio Redolés.

 

4. Crónicas del forastero de Jorge Teillier (1968)

Alguien mira el canal por donde pasa el agua, ve “pasar un rostro desconocido”, piensa: “Ese rostro será mi rostro un día”. De pronto, los trenes comienzan a moverse, llueve (en todos estos poemas llueve), se divisa a lo lejos una muchacha que una vez se amó y, a través “del espejo de la tarde”, ese forastero se encuentra con su versión más joven. Así son estas Crónicas, numeradas, casi prosaicas, con casas llenas de libros y fantasmas que un día fueron colonos; con versos tremendos como “La noche era un trozo de carbón a punto de arder” o “Ninguna ciudad es más grande que mis sueños”. Este es un libro para llevarlo en la mochila en un viaje a la Patagonia o a un pequeño pueblo, casi desaparecido e invocar en la oscuridad las palabras: “La muerte será una hoguera / junto a la cual nos agruparemos”.

 

5. La musiquilla de las pobres esferas de Enrique Lihn (1969)

Si alguien escribió un libro para terminar con cualquier fiesta, ese fue Enrique Lihn. En plena fascinación con el proceso cubano y el comienzo de las transformaciones socialistas en Chile, Lihn duda, tanto como para decir: “Trabajadores del mundo, uníos en otra parte / ya os alcanzo”. Un libro cien por ciento salvaje con su época y aún para la nuestra, con cojones, de amores furtivos, de escupitajos en la escudilla, un libro que cuestiona los procedimientos mismos de la poesía y los resultados materiales de cualquier optimismo. Pero ante todo, un libro que tiene un himno irremplazable, “Porque escribí”: “Porque escribí no estuve en casa del verdugo / ni me dejé llevar por el amor a Dios / ni acepté que los hombres fueran dioses / ni me hice desear como escribiente”.

 

6.Sabor a mí de Cecilia Vicuña (1973)

El prólogo de la primera edición de este libro, publicado en Londres, abre así: “Sabor a mí, libro precario y peligroso, es el primer aullido de la conciencia creativa chilena, apareciendo a escasos dos meses de haber sido violado el presente y el futuro chileno”. Inclasificable por derecho propio, Vicuña convierte en un happening la historia reciente, la desmaterializa, juega con el collage, en un intento de echar el tiempo atrás, de recuperar lo perdido. Entrecruzado por sus dibujos,  crónicas personales y sus poemas eróticos (herederos de la revolución beat), el libro se dispara como la intervención de un espíritu libre apresado por la contingencia, por un proyecto de país que muere; de aquí en adelante todo el trabajo de la poeta estará enfocado en la reconexión con la historia, la tierra, el cuerpo y los antepasados. 

*A propósito de la relación poesía-tierra-antepasado, digno es nombrar Ayllú de Soledad Fariña y las perfomances de Vicuña reunidas en el libro Lo precario.

 

7. La nueva novela de Juan Luis Martínez (1977)

Proyecto imposible de la poesía chilena, La nueva novela es una caja con dinamita: en ella se puede encontrar todo lo necesario para hacer volar cualquier concepción lineal de la poesía o incluso de la escritura. En la portada el nombre de su autor yace tachado y en el interior se incluyen fotos de Marx y Rimbaud, de Sogol (perro protector de este libro), un par de anzuelos de pesca, bolsas con tierra del valle central de Chile, trasparencias, problemas matemáticos, lingüísticos y visuales; una familia que desaparece dentro de una casa; un lenguaje real: el pajarístico; dos preguntas y dos respuestas en la solapa: “¿Qué es la realidad? ¿Cuál es la realidad? R1: Lo real es la base, pero sólo la base. R2: Lo real es aquello que te chocará como realmente absurdo”.

*A propósito de esto buscar: Concreto azul de Ennio Moltedo, Poesía reunida de Rubén Jacob, Proyecto de obras completas de Rodrigo Lira y la poesía visual de Guillermo Deisler.

 

8. La ciudad de Gonzalo Millán (1979)

Es posible que La ciudad haya creado una nueva manera de respirar al leer un poema. De por sí, se lo debe entender como un gran mantra, una enorme enumeración de acciones y lugares, la reinvención de un espacio que ha sido vencido, tomado por asalto, secuestrado. Desde el exilio en Canadá, Millán desglosa estos 68 poemas que se hilan unos con otros, en un lenguaje objetivo, sólido como un pedazo de concreto: “El profesor pasa la lista. / Sacan al profesor de la sala. / Sacan piedras de la cantera”. Un libro lírico, antilírico, político y un poema en especial, el 48, que muchos chilenos recordamos todos los 11 de septiembre, al abrir un libro de Millán o al escucharlo en una apasionada lectura filmada por el documentalista Patricio Gúzman y que comienza así: “El río invierte el curso de su corriente”.

*Hay un libro anterior, maravilloso, que también habla de la ciudad, aunque en otra clave: El panorama ante nosotros del gran Alfonso Alcalde. Precursores en este uso del lenguaje objetivo y sintético, podrían considerarse a Cecilia Casanova, la “Emily Dickinson chilena”.

 

9. Anteparaíso de Raúl Zurita (1982)

Irrumpen los cañaverales, las playas son movilizadas por la marea, las cordilleras marchan, giran sobre sí mismas, los ríos se desbordan, surge el Anteparaíso, segundo libro de Zurita. “Bienaventurados serían así los verdes pastos de Chile […] Felices porque ellos podrían mirar todo el verdor del universo” canta el poeta, mientras entre la geografía que nombra aparecen las vidas quebradas por la violencia, los arrojados al mar, los torturados, los clandestinos. Anteparaíso es una gran formula matemática para limpiar a esas voces y al territorio del dolor, de su secuestro simbólico; es una pátina de esperanza, pero de una esperanza que sólo puede nacer tras haber reconocido lo terrible.

* Otros libros políticos de la época: “Aguas servidas” de Carlos Cociña y “Bobby Sands desfallece en el muro” de Carmen Berenguer, entre otros.

 

10. La bandera de Chile de Elvira Hernández (1980-1991)

La bandera es una mujer que camina por la ciudad, hambrienta, intentando alimentar a sus hijos, un pedazo de tela honrada, pero a la que también se pisotea, mientras flamea al viento. La bandera de Chile es también un libro breve, pero quizás uno de los más subversivos alguna vez escritos. No hay nada aquí que no pueda insultar a un militar o a un represor, no hay nada que no nos siga hablando del presente, del uso y desuso de los símbolos que constituyen una identidad, un colectivo, una nación. Es un proyecto a la vez lúdico, cargado de humor negro, de versos en movimiento, algo que es una marca en la escritura de Elvira Hernández, esa capacidad de imbuir en lo serio una torcedura, un espacio para el pensamiento. Pero este artículo ya se acaba y como yo, “La bandera de Chile declara                  dos puntos / su silencio”.  

 

 

Bonus Track: La visión comunicable de Rosamel del Valle (1956)

Rosamel del Valle es el poeta de las sombras, alguien que perfectamente habría podido vivir dentro del capullo de una flor o transfigurarse en un mar de oriente. En cada uno de sus versos existe una realidad profundísima, un conocimiento casi esotérico sobre la fugacidad de la vida, sobre la presencia de algunos fantasmas entre nosotros: “Somos la oscura ceniza, el eco de las cuerdas / de un misterioso instrumento en el fondo del mar”. Todo en él es flujo de lo invisible, el secreto que guardan los insectos; Rosamel y su “Visión” es portal, cruce y realidad entre la vigilia y el sueño.

 

 

 

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