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Cinco postales napolitanas

Nápoles 1944, de Norman Lewis, es un libro espeluznante y divertido.

Por José María Brindisi.

“Habían hecho creer a los italianos entonces que esperaban un bombardeo naval seguido de un desembarco de los aliados en la ciudad. Ahora se supone que el verdadero motivo fue despejar la zona para poder minarla en secreto, y que minaron de esta forma gran número de edificios del paseo marítimo, que pueden estallar en cualquier momento. Lo que más nos preocupa ahora es que el nuestro sea uno de los edificios minados, una posibilidad desalentadora que se convirtió en probabilidad cuando nuestra portiere nos dijo que cuando había regresado después de los cuatro días de ausencia forzosa que había pasado con unos parientes que viven cerca de la puerta Capuana, había encontrado una serie de trozos de cable en el patio. Los ingenieros que andan dando vueltas de un lado para otro intentando afrontar la situación, examinarán el lugar en cuanto puedan, pero su capitán, con quien se puso en contacto el oficial de seguridad, creía que no se podía hacer nada. Los cimientos de un edificio tan antiguo como este debían de ser un laberinto, según dijo, con alcantarillas, sótanos y pozos abandonados. Aun en el caso de que hubiera minas, la posibilidad de localizarlas era de una entre diez. Su consejo es que abandonemos el lugar durante unos días y esperemos que dejen de explotar los edificios”.

 

La anécdota, extraordinaria de no ser por su inverosimilitud, es sin embargo rigurosamente cierta, una de las muchas –cientos, miles– que pueblan ese clásico silencioso que es Nápoles 1944, del inigualable Norman Lewis, y que de tan fabulosas o fabulescas merecerían pertenecer al terreno de la ficción. Pero no. Lewis, que nació y murió en Inglaterra pero que se pasó media vida –por cierto bastante larga: llegó a los 95– dando vueltas al globo, fue uno de los cronistas más grandes del siglo XX, autor de algunos libros insoslayables como Un imperio en Oriente, Donde las piedras son dioses o La Honorable Sociedad, que por lo general suelen ser encasillados como “crónicas de viaje” pero a los que esa categoría les queda corta, o directamente resulta desacertada. Lewis es muchas veces un novelista moderno, episódico, un documentalista narrativo, en un registro que por momentos crea la ilusión de parecerse sólo a sí mismo pero que sin duda ha hecho escuela, aun cuando muy pocos puedan medirse con sus dotes de humorista.

Porque ése José es el punto, o como mínimo uno de los núcleos fundamentales: ¿cómo reírse de lo que se ríe sin hacer el ridículo o destilar cinismo? Recapitulemos: Lewis integra el Servicio de Inteligencia británico y llega a la recién liberada Nápoles en octubre de 1943. Sus funciones no están demasiado claras, entre otras cosas porque los norteamericanos apenas les dirigen la palabra. Lewis se ve atrapado en situaciones de índole muy variada: de intervenir en una pelea marital a buscar la amnistía para un hombre que “sólo” ha robado cobre (un bien preciadísimo entonces). No demasiado lejos los alemanes siguen dando pelea, pero en la ciudad se vive un infinito caos, y muy en particular una hambruna fenomenal. Se han comido hasta los peces del acuario municipal, tal como se señala en la contratapa, en la que también aparece un extracto de una reseña que resulta una síntesis por demás precisa: “Un libro espeluznante y divertido”. El conector “y”, en lugar del más lógico adversativo (“pero”), alude con exactitud a esa combinación de acentos y sensaciones a las que nos arrastra Lewis sin que parezca afectado, o directamente efectista. Hay una suerte de naturalidad en la tragedia, sin duda determinada por el contexto, en la que casi todo es risible porque ya se ha tocado fondo. Sin embargo, Lewis maneja a la maravilla las oscilaciones del texto, y evita que se convierta en una enumeración estribillesca de patetismos deteniéndose en algunos personajes nucleares, familiarizándonos con sus historias. “Los napolitanos anteponen la comida al amor –señala en una de sus notas–, y la búsqueda de ambos es igualmente insaciable e ingeniosa”. ¿Detrás de qué otra cosa ir, en medio del derrumbe absoluto, cuando no se sabe si habrá otro día?

En su calidad de “asesor”, Lewis rotula como enfermo mental a un adolescente que “hizo todo el mal que pudo, y lo hizo por el führer” para que no lo fusilen; todos miran para otro lado y aceptan la farsa. “Por mucho que agrade a los generales que los consideren capaces de actos implacables, en la práctica a veces parecen deseosos de delegar la responsabilidad moral de las decisiones de este género”. Algunos días después, encuentra a dos hombres que han atado varias puertas para irse de pesca. Está prohibido aún que las barcas salgan al mar, “pero la proclama no dice nada de las balsas. Aquí todos improvisan y se adaptan”.

En otra de sus notas, cuenta la historia de un solado alemán perseguido por partisanos que toca a la puerta de un napolitano buscando refugio. El hombre no se anima a abrirle, y al día siguiente lo encuentra, muerto, junto a la entrada. Decide enterrarlo en su jardín. Pero ahora, algunos meses tarde, pide ayuda a Lewis porque piensa en vender la casa más adelante e imagina lo desagradable de encontrarse, en algún momento, con semejante sorpresa.

Un capitán del ejército conoce a una napolitana y empiezan una relación. Pero al tal Frazer le preocupa que esté llena de marcas en el culo. “¿Qué podría ser? Le tranquilicé: eran las marcas que dejaban las iniezione reconstituenti: inyecciones que ponen a muchas mujeres de clase media a diario en las farmacias de Nápoles para mantener la potencia sexual. Muchas veces las agujas hipodérmicas no estaban totalmente limpias, de ahí las cicatrices”. Por otra parte, la mujer le había explicado –mediante gestos– que con su difunto marido tenían relaciones no menos de seis veces por noche. “Y tenía una costumbre que aterraba a Frazer: se fijaba en el reloj de la mesita de noche mientras él actuaba. Le aconsejé que tomara yemas de huevo batidas con marsala (como hacían los napolitanos), y que se pusiera una medalla de san Rocco, patrón del coitus reservatus, que podía comprar en cualquier tienda de objetos religiosos”.

Como hubiese dicho Vonnegut: todo esto sucedió, más o menos. Es para reír, y para llorar. A veces al mismo tiempo.

 

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