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Bares, restaurantes y cafés literarios

Una deriva por algunos bares, cafés y restaurantes que homenajean escritores, escritoras y libros.

Por Valeria Tentoni.

En Córdoba, en febrero pasado, hacía un calor grumoso que se convertía en lluvia, en ríos desbordados. Yo iba buscando un lugar donde comer entre museo y museo. Hay una zona recoleta, majestuosa, donde se concentran varios. Venía de rebotar contra un cerco de baldes dispuestos para recibir el favor intermitente de las goteras en la entrada del Emilio Caraffa. Venía de encontrar dos obras de Valerio Adami en el Palacio Dionisi y de pensar en la suya que Juana Bignozzi tenía colgada en su casa: una mano sacando (¿o poniendo?) delicadamente un zapato, líneas gruesas negras, rosados, amarillos, naranjas. Bignozzi diciéndome que su marido tenía por costumbre regalarle originales. La querría mucho, porque había muchos. Ocupaban buena parte de las paredes. El que más me había gustado era el del italiano, a quien yo no conocía para nada antes de que ella pronunciara: “Este es un Valerio Adami”.

En ese zigzagueo cazador recolector, terminé en un McDonald’s. Me conseguí una mesa al lado de un ventanuco de vitraux de colores que, abierto, ofertaba una vista panorámica de la Plaza España y de los riegos del cielo aplastando sus verdes. El McDonald’s estaba ensartado en una gran casona antigua, con torrecita y todo. Esa es costumbre que suele mantener la cadena, la de colonizar edificios históricos. Cosa así ocurrió en Buenos Aires con el Trust Joyero frente al Obelisco. En Bahía Blanca, donde yo nací, tomaron una casona de esquina de 1910 y la destruyeron para distribuir en ese terreno sus paredes de durlock, sus empleados del mes, sus baños tibios y siempre limpios como quirófanos. En un arrojo de buena fe arquitectónica, segmentaron la cúpula de esa casona y la ubicaron como recordatorio Frankenstein en uno de los lados del estacionamiento.

Mientras tanto en Córdoba, después de sacar fotos a escondidas del Adami –turbias e inútiles, ¿para qué las saqué? ¿por qué me empeciné en sacarlas a escondidas de la cuidadora, tan amable ella, que me pidió no lo hiciera y le prometí “De ninguna manera, tranquila” y sin embargo lo hice?–, recorrí el Palacio Ferreyra, donde funciona el Museo Superior de Bellas Artes Evita. Lo hice en una especie de siesta lúcida, trepándome a sus escaleronas como una poseída.

Como las ovulaciones de las mujeres cuando pasan mucho tiempo juntas, no es extraño que en los museos los recorridos de los visitantes se alineen misteriosamente. Se ve que hay secretas solidaridades naturales tan imperiosas para la supervivencia humana que los cuerpos saltean las conciencias. Así fue con una familia de tres y conmigo, hicimos mismo camino aunque intentásemos, por turnos, abrirnos. Un padre y una madre, mayores, y un hijo suyo, que tendría mi edad y al que cuidaban con infinita dulzura los dos. El chico gritaba sin solución de continuidad, envalentonándose frente a ciertos colores y formas, ingresando en cruentas mesetas después. Pensé en él como en un murciélago que intentara hacer rebotar su voz contra los objetos para reconocer el espacio y moverse ahí. Su voz, sin embargo, era grave y lenta, aunque no salía distribuida en palabras.

No sé si se podía y no pedí permiso, me fui después de paseo por un gran jardín que hay alrededor de ese museo. Estuve sentada en un banquito de cemento. Ya no llovía. La humedad era como un espesante y yo me sentía ligada a todas las cosas del universo como en una receta que alguien improvisaba y no podría repetirse jamás.

Todo esto para decir que, mientras buscaba dónde comer en Córdoba, con un hambre total y con la vehemencia de quien tiene suspendido el deseo porque no ha encontrado aun a su destinatario, pasé frente a un local de comidas donde se leía MOLLY BLOOM. Pensé: perfecto.

Pero estaba cerrado.

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Frente a la Plaza Julio Cortázar, en Palermo, hay un bar que se llama Macondo. Está sobre la calle Jorge Luis Borges. La cartelería es más bien horrible y el sistema de colores del local es el mismo del que se vale el Chapulín Colorado para su disfraz.

Pasé a eso de las cuatro. Hacía calor, bastante. Até la bicicleta, también amarilla, a un poste. Crucé la calle: desde afuera veía el interior del lugar como una gran sombra densa en la que se agitaban dos hombres. Era una pecera de oscuridad en medio de la tarde lacerante. Me saqué los anteojos de sol con aumento, me puse los anteojos de miope ante luces artificiales. Sonreí. Dije: “Buen día”. Dije: “¿El dueño?”

El hombre que estaba más cerca de la puerta no detuvo sus movimientos. Dije: “Soy periodista” (cosa que surte efecto casi siempre para detener a alguien en sus movimientos y conseguir respuestas), me dijo “Ah”. Pregunté: “¿Por qué se llama Macondo?” y recibí “Por la novela esa”. "¡No me diga!", casi le largo, pero no tenía cara de soportar mis gracias. Me pregunté (hacia dentro, no hacia fuera) cuál de las dos, si La Hojarasca, si Cien años de soledad. “¿Usted es el dueño?”, insistí. Me dijo que no y que él tenía un bar mejor que ese. Después dijo que era un chiste. Y que no me podía atender. Miré la carta: ningún plato tenía ninguna referencia especial a García Márquez ni a un cuerno. No había un trago que se llamara, por ejemplo “Aureliano” ni otro que se llamara “Arcadio”. Ningún plato de la casa que se llamara “Mierda” con una sopa de gallo como entrada.

Fue un chico que me daba besos a escondidas en mi adolescencia el que destruyó mi lectura de El coronel no tiene quien le escriba. Me visitó una vez. Mi habitación era amarilla, también. Curioso. Tomó de la mesa de luz el libro. Sacó el señalador como quien destapa una cerveza, fue directo a la última página y, antes de leérmela a los gritos, sobreponiéndose a mis aullidos porfavorporfavornomecuenteselfinal, anunció: te lo voy a arruinar.

Daba lindos besos, pero, y creo que lo perdoné.

 

Así que desaté mi bicicleta y seguí camino. Bajando por Borges, como venía, me encontré con El Aleph. Era tan obvio todo que casi no me detengo pero me detuve. Até mi bicicleta, me saqué los lentes de sol, entré. En el interregno de manchones, porque no encontraba los anteojos y ya tenía delante a la camarera preguntándome qué quería, respondí que hablar con el dueño y creo que lo tuve delante, me presenté, lo saludé, y me ignoró. Se dio la vuelta y se metió en el fondo. Parecía atareado. Encontré mis anteojos. ¿Estuvo ahí ese hombre corpulento, de pie, ignorándome? ¿Habrá sido una confusión? Estuvo, estuvo, porque la camarera me miró con esa cara que ponen las personas cuando se disculpan en nombre otro, una cara que dice infinitas cosas a la vez con poquísimos elementos, como un haiku. Mi vana devoción lo había exasperado, se ve.

Dije: “¿Lo puedo esperar?”, dijo “Sí”. Sin embargo, no se le pasaba esa cara. Como si me quisiera decir: “No, pero sí” o "Sí, pero en realidad no". A veces queremos decir las dos cosas a la vez. Yo la comprendí porque aprendí a comprender cuando me comprendieron a mí y ahora casi siempre comprendo. Al menos lo intento. En las paredes del café había dos bibliotecas cumpliendo funciones decorativas y engalanadas con esas lucecitas de navidad que ahora se le ponen a toda cosa. También un póster con una cita de El Principito.

Le pedí la carta a la chica, por intentar algo. Y porque me esperaba, ansiosa, como si quisiera ayudarme pero mi necesidad fuera un cubo de Rubik. No encontré nada de Borges (no miré muy bien, confieso, porque me sentía urgida por la necesidad de irme: había una única pareja dentro del café y estaban discutiendo casi a los gritos, todo esto mientras la chica me miraba con su cara de planeta fuera de carril. Supuse que era ese tipo de discusiones que se llevan a lugares públicos para no irse a las manos, para no revolearse con algo en medio. Hablaban de dinero. Mi hipótesis principal es que estaban en pleno divorcio). Encontré en la carta, pero, otra cosa. Rara, como encendida: empanados especiales. Horneados y “para compartir”, escrito entre comillas, porque no puede faltar en la carta de ningún alimentadero el uso dadaísta de las comillas. Dos opciones con salmón: “Saint Exupéry ‘dichoso’” y “Saint Exupéry ‘maravillosamente’”.

Al momento cuento e intento aprovechar tres máquinas perfectas de la literatura, y sigo en búsqueda. No soy nada original ni pretendo serlo, calma. La fórmula de Bartleby; el Aleph, de Borges; y, justamente, la caja con tres agujeros en la que se dibuja el cordero de El Principito. Hubiese querido entregar una caja de zapatos a esa pareja y decirles: “La solución para sus disputas está aquí dentro”. Y luego: “Si miran por uno de estos agujeritos, podrán entablar un diálogo con todos los amantes que fueron, y reconciliarse”. Por supuesto, me hubiese gustado por respuesta que preferirían no hacerlo.

Como si todo eso hubiese ocurrido salí, desaté mi bicicleta.

Me rendí por el resto del día. Lindo día, había sol. Rendirse en un día lindo no es tan grave.

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Trixie

Al editor: “¡¡Y además hay una hamburguesería que se llama Trixie, como la Señorita Trixie de La conjura de los necios, mi favorita!!”

El editor: “Pero… Me parece que es por Meteoro, eh.”

Al editor: “Ah.”

Al encargado de Trixie: “¿Por qué Trixie?”

A mí: “Trixie por la novia de Meteoro, pero principalmente porque nos gustaba cómo sonaba.”

Al editor: “Es por Meteoro.”

El editor: “Te dije.”

Al editor: “Me dijiste, sí.”

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Igual, si voy, voy a comer ahí pensando en el escritorio y en los pelos desordenados y en Levy Pants y en las bolsas de la Señorita Trixie.

Y nadie puede impedírmelo.

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Ahora, como habrán leído, ostento estos anteojos de sol que conseguí a buon mercato, con los que me siento una actriz de cine fatal, capaz de todo, pero que me traen tantos problemas porque no manejo bien el cambio de comando. No los tuve sino hasta hace unas semanas. Camino a retirarlos, en Almagro, bajando por calle Medrano, pasé frente a una esquina en la que estaban en obra, ultimando detalles. Lo más grande del cartel, media cara de Cortázar en silueta; debajo decía “Café Cortázar”, y a sus costados, "BAR" y "BAR". El bar café bar no estaba listo pero debe de estarlo estando por estos días.

Me acerqué y consulté al que estaba haciendo el fileteado de la ventana: “¿Usted es el dueño?” Dijo: “Naaaaa, qué voy a ser el dueño”, y siguió en lo suyo. Misma pregunta a dos hombres, adentro, similar respuesta. ¡¿Pero dónde están los dueños de los bares, de los cafés, de los negocios, de las cosas del mundo?! ¿Dónde está la gente que responde preguntas, dónde estuvo durante todas estas aventuras la gente que podría haberme dado algún dato, alguna pista, una anécdota, algo de lo que agarrarme y chapotear como sobre un palito de helado en el océano embravecido de las ciudades? ¡¿Por qué no me sale esta nota del demonio?! ¿Qué tipo de discapacidad periodística me humilla en este calor, en esta deriva, en esta impericia? "¿Cómo es posible que de tan intensa búsqueda / me queden imágenes tan pobres?", le copio a Paula Peyseré en la mente, para lamentarme.

Unas cuadras después me entregaron mis anteojos y retomé la confianza en mí misma, en mis capacidades, en el universo, en el calor, en el verano, en la cerveza fría, fría, fría.

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Del uno al diez, ¿nivel de mal gusto de ponerle a casi todas las cosas –restaurantes, hoteles, balneario, carpas– que están alrededor del lugar donde Alfonsina Storni se internó en el mar para no salir jamás el 25 de octubre de 1938 el nombre “Alfonsina Storni”?

Vamos caminando la costanera con dos poetas, venimos de un festival. Hay uno que hace gestos enérgicos para decir casi todo, hasta para preguntar la hora, mamarrachos italianísimos con las manos, señala las cosas (los edificios, los puentes, las luminarias, los surfistas) como si pudiera tomarlas con solo apuntar su dedo hacia ellas, arrancarlas de cuajo de la tierra y arrojarlas al mar con comba, haciendo sapito. Cuando sonríe las cosas del mundo parecen reverenciarlo (quizás tengan miedo de que las señale). Hay otro que es Matías Moscardi, nacido y criado frente a ese mar. Dice: “Los voy a llevar al lugar desde donde mejor se ve”. Y cumple. Hay un monumento en honor a la poeta. Estamos los tres en lo alto, mirando hacia abajo. Pasan muchas cosas en medio y olvido todo, así que después tengo que preguntarle si era cierto que había un restaurante que se llamaba Alfonsina ahí. Dice, en audio de WhatsApp, a media mañana: “Es mucho más interesante el nombre del restaurante, porque se llama Vía Storni; o sea que no solo hace alusión a ella sino al camino, a esa procesión suicida”.

Matarse y desparramar un nombre, volcarlo, pienso. Palabras, como el mar, salando el borde de la tierra. Cabalgando cosas que otros aprovechan y desprecian y olvidan. Cosas sobre las que se sientan a hacer pedidos y a alimentarse con lo que consiguen con esas órdenes, a mirar por la ventana, a esperar a alguno. Lugares frente a los que otros se fotografían o gesticulan como electrocutados.

Un nombre como una marea que erosiona con paciencia, sin parar, hasta que no quede nada nada, apenas algo más que un grano de arena, el holograma de una vida.

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